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domingo, 26 de julio de 2026

¿Sabías que...? Tal día como hoy, 26 de julio de 1932: el Sindicato de Transportes de La Línea llamaba a la unión de los trabajadores

 







Tal día como hoy, 26 de julio de 1932, hace 94 años, circulaba por La Línea de la Concepción un manifiesto que nos permite asomarnos a una faceta especialmente interesante de la historia social de nuestra ciudad: la organización del movimiento obrero linense durante los primeros años de la Segunda República.

El documento, impreso en La Línea y encabezado por las siglas F.N.T., llevaba un título que no dejaba lugar a dudas sobre sus destinatarios:

«A los obreros del ramo del Transporte»

Era un llamamiento realizado por el Sindicato de Transportes de La Línea, organización adherida a la Federación Nacional del Transporte, dirigido principalmente a aquellos trabajadores del sector que todavía permanecían al margen de la organización sindical.

No estamos únicamente ante una hoja reivindicativa. Leída casi un siglo después, constituye una pequeña fotografía de la realidad laboral, política y social de aquella La Línea de 1932, una población donde los trabajadores de numerosos oficios comenzaban a organizarse en sociedades, sindicatos y agrupaciones profesionales para defender colectivamente sus intereses.

Un llamamiento a los trabajadores que todavía no estaban organizados

El manifiesto comienza dirigiéndose directamente al trabajador con un significativo «Compañero...».

A partir de ahí, la Directiva explica que el Sindicato de Transportes, cumpliendo lo que considera un deber social, quiere dirigirse especialmente a «todos los obreros no organizados».

Según los redactores del documento, permanecer fuera de una organización obrera provocaba un doble perjuicio: afectaba al propio trabajador y, al mismo tiempo, debilitaba al conjunto de sus compañeros.

El sindicato entendía que la dispersión de los trabajadores facilitaba que la denominada en el documento «clase patronal» pudiera aprovechar esa falta de organización para obtener el máximo rendimiento del trabajo en beneficio de sus propios intereses.

Frente a esa situación, el manifiesto proponía una solución muy concreta: organizarse y actuar colectivamente.

El Sindicato de Transportes se presentaba así como el instrumento a disposición de los trabajadores para defender sus intereses y reivindicaciones.

Un sindicato formado por diferentes oficios

Otro detalle interesante del documento es la manera en que describe su propia organización.

No se trataba únicamente de agrupar a trabajadores dedicados exactamente a una misma ocupación. El Sindicato de Transportes estaba estructurado mediante secciones afines de oficios y profesiones, intentando reunir bajo una misma organización a diferentes trabajadores vinculados de una u otra manera con el sector.

La intención era crear una estructura sólida en la que las distintas actividades relacionadas con el transporte pudieran actuar conjuntamente.

El manifiesto defendía además una amplia libertad de pensamiento entre sus integrantes, aunque siempre dentro de la orientación sindical y de clase que caracterizaba a la organización.

Su lenguaje refleja perfectamente el clima político y sindical de aquellos años. Aparecen conceptos como lucha de clases, emancipación obrera, explotación, organización gremial o socialización de la industria, expresiones habituales en buena parte de la propaganda obrera del periodo.

El transporte como pieza fundamental de la economía

El texto contiene además una reflexión particularmente interesante sobre la importancia económica del transporte.

Los responsables del Sindicato lo definían como un:

«factor primordial en el desenvolvimiento comercial».

Esta afirmación adquiere especial significado si pensamos en la situación de La Línea de la Concepción y el Campo de Gibraltar en aquellos años.

El transporte era indispensable para el movimiento de personas y mercancías, para el abastecimiento, para las comunicaciones y para una actividad comercial estrechamente relacionada con la posición geográfica de la ciudad y su proximidad a Gibraltar.

Por ello, los redactores consideraban contradictorio que quienes desempeñaban una actividad tan necesaria para el funcionamiento económico permanecieran dispersos y sin una organización común capaz de defender sus intereses.

Su propuesta era clara: unificar a los trabajadores del ramo.

Una generación nacida en plena transformación

El manifiesto señala igualmente que los trabajadores del transporte estaban viviendo un periodo de profunda «revolución técnica y económica».

Resulta una expresión muy reveladora.

Durante las primeras décadas del siglo XX, los sistemas tradicionales de transporte convivían con nuevas formas de movilidad y comunicación. El desarrollo del automóvil, los camiones y los servicios mecanizados estaba transformando progresivamente las ciudades y las relaciones comerciales.

Los redactores del manifiesto consideraban que aquella nueva generación de trabajadores, precisamente por su juventud y entusiasmo, debía avanzar al mismo ritmo que esos cambios.

Pero para hacerlo —según defendían— era imprescindible organizarse en secciones gremiales, coordinadas bajo una dirección común.

Una reivindicación que iba mucho más allá de La Línea

Aunque el documento estaba dirigido específicamente a los trabajadores linenses, sus autores situaban aquella iniciativa dentro de un proyecto sindical mucho más amplio.

La Federación Nacional del Transporte pretendía, según se explica en el manifiesto, extender sus organizaciones por todo el país e incorporar a trabajadores de las diferentes actividades relacionadas con el transporte.

De esta manera, el sindicato local se concebía como una pieza de una estructura de mayor alcance.

Lo que estaba ocurriendo en La Línea formaba parte, por tanto, de un fenómeno que se desarrollaba simultáneamente en numerosas ciudades españolas: la expansión de las organizaciones obreras y la agrupación de los trabajadores por ramas profesionales.

El Sindicato de Transportes tenía su sede en Pablo Iglesias, 9

Y entre las grandes declaraciones políticas y sindicales encontramos uno de esos pequeños detalles que convierten estos documentos en fuentes extraordinariamente valiosas para reconstruir la historia cotidiana de nuestra ciudad.

El manifiesto proporciona la dirección exacta del Sindicato:

Pablo Iglesias, número 9.

Allí se encontraba en julio de 1932 el domicilio social del Sindicato de Transportes de La Línea.

El documento anunciaba que, desde el mismo momento de hacerse pública aquella hoja, se recibirían en esa sede las adhesiones de todos aquellos trabajadores que quisieran incorporarse a la organización.

Es fácil imaginar aquel local sindical en la La Línea de 1932: trabajadores entrando y saliendo, reuniones, conversaciones sobre salarios y condiciones laborales, afiliaciones, asambleas y discusiones sobre los problemas de los diferentes oficios.

Una simple dirección conservada en un documento nos permite hoy situar físicamente una pequeña parte de aquella intensa vida asociativa.

«Solamente la unión constituye la fuerza»

Todo el contenido del manifiesto desembocaba finalmente en una frase que resumía perfectamente la filosofía de sus redactores.

La Directiva se dirigía nuevamente a los trabajadores y les advertía:

«Tened en cuenta compañeros, que los obreros diseminados no tienen ningún valor y que solamente la unión constituye la fuerza.»

Era, en definitiva, la idea central de todo el documento: frente a la actuación individual, organización colectiva.

El manifiesto terminaba firmado simplemente por:

LA DIRECTIVA

y debajo aparecía la fecha:

La Línea, 26 de julio de 1932.

Impreso también en La Línea

Hay todavía otro pequeño detalle que merece ser destacado.

En la parte inferior de la hoja aparece:

«Imprenta OBRERA – La Línea»

Por tanto, no solo nos encontramos ante un documento producido por una organización sindical linense, sino también ante una publicación impresa en nuestra propia ciudad.

Este tipo de impresos —manifiestos, reglamentos, convocatorias, hojas informativas y proclamas— desempeñaba un papel fundamental en una época en la que no existían los actuales medios de comunicación.

Las hojas podían repartirse entre los trabajadores, colocarse en determinados establecimientos o circular de mano en mano.

Gracias a la conservación de algunos de aquellos documentos podemos conocer hoy directamente, sin intermediarios, qué decían aquellas organizaciones y cómo se dirigían a los trabajadores de La Línea.

La Línea obrera de 1932

El documento del 26 de julio debe contemplarse además dentro de una realidad mucho más amplia.

La Línea de comienzos de los años treinta era una ciudad en la que existía una importante tradición de sociedades obreras, agrupaciones profesionales, sindicatos y entidades de socorro y ayuda mutua.

Trabajadores pertenecientes a distintos gremios se organizaban para afrontar problemas que individualmente resultaban mucho más difíciles de resolver: condiciones laborales, accidentes de trabajo, enfermedad, desempleo, asistencia a las familias o defensa de determinadas reivindicaciones profesionales.

Algunas organizaciones tenían un carácter fundamentalmente asistencial; otras eran claramente sindicales y reivindicativas. En muchos casos ambas funciones podían encontrarse estrechamente relacionadas.

El manifiesto del Sindicato de Transportes pertenece claramente a esta segunda vertiente. Su lenguaje no es simplemente mutualista: plantea una concepción política y social del trabajo y reivindica la organización de los trabajadores como instrumento para transformar sus condiciones.

Por eso este documento tiene un interés que supera ampliamente la historia de un sindicato concreto.

Nos habla de cómo pensaban, cómo se organizaban y cómo se expresaban algunos sectores del movimiento obrero linense en 1932.

Un pequeño papel que conserva una parte de nuestra historia

Han transcurrido 94 años desde aquel 26 de julio de 1932.

Muchos de los nombres, establecimientos, asociaciones y locales que formaban parte de aquella ciudad han desaparecido. Las calles han cambiado, también las formas de trabajar y, naturalmente, las relaciones laborales.

Pero documentos como este permanecen.

Una sencilla hoja impresa nos proporciona una fecha, una organización, una dirección, una imprenta y, sobre todo, el pensamiento y las reivindicaciones de un grupo de trabajadores de nuestra ciudad.

Es precisamente ahí donde reside buena parte del valor de estos documentos aparentemente modestos.

Porque la historia de La Línea de la Concepción no está formada únicamente por grandes acontecimientos, autoridades, edificios o celebraciones. También la construyeron los trabajadores, sus asociaciones, sus reuniones, sus problemas cotidianos y las organizaciones que crearon para intentar mejorar sus condiciones de vida.

Y aquel 26 de julio de 1932, desde su domicilio social de Pablo Iglesias, número 9, el Sindicato de Transportes lanzaba a los trabajadores linenses un mensaje que resumía toda su filosofía:

la fuerza estaba en la unión.





lunes, 22 de junio de 2026

¿Sabías que...? Tal día como hoy, en 1988: la Tertulia Literaria mostraba la intensa actividad cultural de La Línea

 







La Tertulia Literaria y la vida cultural de La Línea en 1988

Entre las colaboraciones incluidas en el Libreto Oficial de la Velada y Fiestas de La Línea de 1988 figuró un artículo titulado “La Poesía y las letras en La Línea”, firmado por Beli Moya dentro del apartado “Tertulia Literaria”. El texto constituye un interesante testimonio de la actividad cultural desarrollada en la ciudad durante aquellos años y refleja el esfuerzo de un grupo de escritores y aficionados a la literatura por mantener vivo el interés por la poesía y las letras.

La autora situaba el encuentro en el Círculo Mercantil, lugar donde se reunía la Tertulia Literaria, una iniciativa que llevaba aproximadamente un año de funcionamiento y que comenzaba a consolidarse como punto de encuentro para personas interesadas en la creación literaria. A través de una serie de preguntas y respuestas, el artículo permitía conocer las opiniones de varios de sus integrantes, así como el ambiente que se vivía en aquellas reuniones.

La primera entrevista estaba dirigida a Antonio Granados, presidente de la tertulia, quien explicaba que la actividad había comenzado aproximadamente un año antes. Aunque reconocía exigirse cada vez más en su labor organizativa, señalaba que el verdadero trabajo correspondía a los propios participantes, cuya implicación hacía posible el funcionamiento del grupo. La respuesta reflejaba una visión colectiva de la actividad cultural, basada en la colaboración y el esfuerzo compartido.

Posteriormente intervenía Atilio, uno de los miembros de la tertulia, quien manifestaba sentirse plenamente integrado en el grupo. Destacaba especialmente la acogida dispensada a todas las personas que se acercaban a participar, la sencillez de sus integrantes y el ambiente de compañerismo existente entre ellos. Sus palabras transmitían la imagen de una asociación abierta, donde el intercambio de ideas literarias se desarrollaba en un clima de respeto y cordialidad.

El artículo continuaba con la participación de Chicón, identificado como uno de los primeros miembros de la tertulia. Al ser preguntado por su grado de satisfacción con la experiencia, respondía que se encontraba más cómodo que nunca. A continuación compartía una reflexión poética sobre el tipo de poesía que más le atraía, describiéndola como aquella capaz de abrir caminos hacia horizontes nuevos mediante voces y suspiros. Su respuesta revelaba una sensibilidad literaria orientada hacia la búsqueda de emociones y significados profundos.

La conversación se dirigía después a Rafael, quien mostraba una visión optimista sobre el futuro de la tertulia. Según explicaba, existían muchas esperanzas depositadas en el proyecto y se estaba trabajando para consolidar una gran agrupación literaria en la ciudad. Aquellas palabras reflejaban las aspiraciones culturales de un grupo que deseaba contribuir al enriquecimiento intelectual de La Línea.

Especialmente llamativa resultaba la breve entrevista realizada a Amigo Jurado, conocido como el “niño de los años 40”. Preguntado acerca de si se sentía más poeta desde que participaba en la tertulia, respondía afirmativamente. Cuando se le interrogaba sobre el momento en que había nacido su vocación poética, contestaba con sencillez: “Cuando nací”. A la pregunta sobre cuándo encontraba mayor inspiración, señalaba que era en la soledad, a la que consideraba la mejor compañía del hombre. Estas respuestas condensaban una concepción romántica de la creación literaria, vinculada a la reflexión personal y al recogimiento interior.

El texto concluía con unas palabras especialmente emotivas de Beli Moya, quien lamentaba la ausencia de muchos poetas que no podían estar presentes en aquel momento. Sin embargo, utilizaba una hermosa metáfora para definir la labor colectiva de la tertulia. Según expresaba, cada poeta representaba un pétalo y todos juntos habían formado una flor llamada poesía. Con esta imagen sintetizaba el espíritu de colaboración y unión que caracterizaba al grupo.

La publicación de este artículo en el libreto festivo de 1988 demuestra que la Velada y Fiestas no solo constituía un acontecimiento lúdico y popular, sino también una oportunidad para dar visibilidad a las iniciativas culturales de la ciudad. La presencia de la Tertulia Literaria en sus páginas evidenciaba la existencia de un tejido cultural activo, integrado por personas que dedicaban parte de su tiempo a la creación poética, la reflexión literaria y la promoción de las letras.

Vista desde la actualidad, esta colaboración ofrece una valiosa instantánea de la vida cultural linense a finales de los años ochenta. Más allá de las celebraciones festivas, muestra a un grupo de hombres y mujeres unidos por su amor a la literatura y por el deseo de crear espacios de encuentro donde la poesía pudiera seguir teniendo un lugar destacado dentro de la sociedad local.

Tal día como hoy en La Línea

La presencia de la Tertulia Literaria en el libreto de la Velada de 1988 constituye un valioso testimonio de la intensa actividad cultural que vivía La Línea durante aquellos años. Mientras las calles se preparaban para la celebración de las fiestas, un grupo de poetas, escritores y aficionados a las letras mantenía vivo el interés por la creación literaria y el intercambio de ideas.

Décadas después, aquellas reuniones celebradas en el Círculo Mercantil siguen recordando una etapa en la que la poesía y la literatura encontraron en la ciudad un espacio de encuentro y convivencia. La Tertulia Literaria representó el esfuerzo de muchos linenses por mantener viva la cultura local y demostrar que, junto a la música, las tradiciones y las fiestas populares, las letras también formaban parte esencial de la identidad de La Línea de la Concepción.





domingo, 14 de junio de 2026

¿Sabías que...? Tal día como hoy, 17 de junio, en 1929: Los obreros del carbón de La Línea reclamaban un reparto más equitativo del trabajo para combatir el desempleo


 










Reunión de la Sociedad de Obreros del Carbón Mineral “La Igualdad” (17 de junio de 1929)

El día 16 de junio de 1929, la Sociedad de Obreros del Carbón Mineral “La Igualdad”, con sede en La Línea de la Concepción, comunicó oficialmente a la Subdelegación Gubernativa la celebración de una junta general ordinaria que tendría lugar al día siguiente, 17 de junio, a las diez de la noche.

El escrito, firmado por el presidente de la entidad, Antonio Delgado, informaba de que la reunión se desarrollaría conforme al orden del día habitual de la organización. Entre los asuntos previstos figuraban la lectura y aprobación del acta anterior, la correspondencia recibida, las altas y bajas de asociados y el tratamiento de diversos asuntos generales relacionados con la vida interna de la sociedad.

Recibida la comunicación, el Subdelegado Gubernativo de La Línea dictó providencia con fecha 17 de junio de 1929, ordenando que se trasladara el expediente al Inspector Jefe de la Policía Gubernativa para que designara un agente encargado de asistir a la reunión en representación de la autoridad. Esta práctica era habitual durante la Dictadura de Primo de Rivera y los últimos años de la Monarquía de Alfonso XIII, cuando las reuniones obreras y sindicales quedaban sometidas a vigilancia administrativa.

La junta se celebró finalmente en el local social y a la hora anunciada, bajo la presidencia de Antonio Delgado, asistiendo aproximadamente sesenta asociados. También estuvo presente el agente designado por la autoridad gubernativa, encargado de informar posteriormente sobre el desarrollo de la sesión.

Una vez abierta la reunión, se procedió a la lectura del acta de la sesión anterior, que fue aprobada por los asistentes sin objeciones. Del mismo modo, se dio cuenta del estado de las cuentas de la sociedad, que también obtuvo la conformidad de los presentes.

A continuación se leyó una comunicación remitida por Nicanor Fonseca, mediante la cual solicitaba su baja como afiliado de la organización, exponiendo en la propia carta las razones que motivaban su decisión. La asamblea quedó enterada de dicha renuncia.

Entre los asuntos de mayor interés tratados durante la sesión figuró la lectura de una instancia elevada por la propia sociedad al Excmo. Sr. Ministro de Trabajo. En dicho escrito, los obreros del carbón solicitaban que en las faenas relacionadas con el carbón mineral se implantara un turno riguroso de trabajo, medida que consideraban necesaria para aliviar la crisis laboral que afectaba al sector y repartir de manera más equitativa las escasas jornadas disponibles entre los trabajadores.

La petición reflejaba la preocupación existente entre los obreros linenses por la falta de empleo y por las dificultades económicas que atravesaban numerosas familias dependientes de los trabajos portuarios y del movimiento de carbón, actividades estrechamente ligadas al tráfico marítimo de la Bahía de Algeciras y Gibraltar.

No habiéndose presentado más asuntos para deliberación, la reunión quedó concluida a las once y media de la noche, sin registrarse incidentes ni alteraciones del orden.

Al día siguiente, 18 de junio de 1929, el Agente-Jefe José Mateo elevó el correspondiente informe a la Subdelegación Gubernativa, dejando constancia del normal desarrollo de la asamblea y de los acuerdos y comunicaciones tratados durante la misma.

Desde el punto de vista administrativo, esta reunión constituye un ejemplo de la actividad desarrollada por las organizaciones obreras linenses a finales de la década de 1920, así como de la estrecha vigilancia ejercida por las autoridades sobre las asociaciones de trabajadores. Al mismo tiempo, pone de manifiesto la preocupación existente por el desempleo y la búsqueda de fórmulas de reparto del trabajo en un sector especialmente sensible para la economía local, como era el relacionado con el carbón mineral y las actividades portuarias del Campo de Gibraltar.

Tal día como hoy en La Línea

A finales de la década de 1920, el carbón seguía desempeñando un papel fundamental en la economía marítima del Campo de Gibraltar. Aunque la navegación comenzaba a experimentar transformaciones tecnológicas, numerosos buques continuaban utilizando carbón como combustible, lo que generaba una intensa actividad de carga, descarga y suministro en los puertos de la zona.

La Línea mantenía una estrecha relación con estas actividades. Muchos trabajadores obtenían su sustento en los servicios portuarios vinculados al abastecimiento de barcos, especialmente aquellos que recalaban en Gibraltar o transitaban por la Bahía de Algeciras. El trabajo del carbón era duro, físicamente exigente y dependía en gran medida del movimiento marítimo internacional.

Las dificultades económicas que afectaban al sector durante aquellos años provocaban frecuentes reclamaciones relacionadas con el reparto del empleo. El establecimiento de turnos obligatorios era una de las fórmulas más demandadas por las organizaciones obreras para evitar situaciones de desigualdad y garantizar que un mayor número de trabajadores pudiera acceder a las pocas jornadas disponibles.

La actividad de la Sociedad de Obreros del Carbón Mineral “La Igualdad” refleja además el importante grado de organización alcanzado por los trabajadores linenses. Estas sociedades no sólo defendían reivindicaciones laborales, sino que actuaban como espacios de ayuda mutua, representación colectiva y defensa de los intereses de sus afiliados.

La presencia obligatoria de representantes de la autoridad en las reuniones obreras ilustra igualmente el clima político de la época. Durante los últimos años de la Dictadura de Primo de Rivera y el periodo final de la Monarquía, las autoridades mantenían un estrecho control sobre el movimiento obrero, supervisando sus actividades y registrando los acuerdos adoptados en sus asambleas.

Así, aquel 17 de junio de 1929, mientras sesenta trabajadores del carbón debatían en su local social sobre la necesidad de repartir el trabajo de forma más equitativa, quedaba reflejada una de las principales preocupaciones de la sociedad linense de la época: la lucha contra el desempleo y la búsqueda de soluciones que permitieran garantizar el sustento de las familias dependientes de las actividades portuarias del Campo de Gibraltar.


Fotografía generada por IA



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Transcripción del documento:

Señor Subdelegado Gubernativo de esta Ciudad

Tengo el honor de poner en conocimiento de V. S. que esta organización celebrará junta general ordinaria el día 17 del corriente, a las diez de la noche, para tratar el siguiente orden del día:

1.º Lectura del acta anterior.
2.º Lectura de correspondencia.
3.º Altas y bajas.
4.º Asuntos generales.

Lo que ponemos en su conocimiento para los efectos de la Ley.

Dios guarde a V. S. muchos años.

La Línea, 16-6-29

Antonio Delgado
Presidente

(Sello: Sociedad de Obreros del Campo “La Igualdad”, La Línea)

Dirigido al:

Señor Subdelegado Gubernativo de esta Ciudad


Providencia de la Subdelegación Gubernativa

La Línea, 17 de junio de 1929

Pase al Señor Inspector Jefe de la Policía Gubernativa de esta plaza para que nombre Agente que me represente en dicha reunión, dándome cuenta del resultado de la misma.

El Subdelegado Gubernativo

(Firma y sello oficiales)


Informe del Agente de Vigilancia

Señor Subdelegado Gubernativo:

La reunión a que se refiere este escrito se celebró en el local y hora que en el mismo se indican, bajo la presidencia de Antonio Delgado, con asistencia de unos 60 asociados, del que suscribe como Delgado de su autoridad.

Se procedió a dar lectura al acta de la sesión anterior, que fue aprobada, como también el estado de cuentas.

Se leyó también una carta de Nicanor Jaureca dándose de baja en la organización, fundamentando su actitud en aquella carta.

También dio lectura a una instancia dirigida por la Sociedad al Excmo. Señor Ministro del Trabajo, en la cual suplican se imponga en los trabajos del carbón el turno riguroso para aliviar la crisis de trabajo que existe.

Y no habiendo otros asuntos de que tratar, se terminó la reunión sin ocurrir novedad, siendo las 23:30 horas.

La Línea, 18 de junio de 1929

El Agente-Jefe

José Mateo











¿Sabías que...? Tal día como hoy, 17 de junio, en 1958: El Imperial Cinema proyectaba La senda de los elefantes, uno de los grandes éxitos de aventuras protagonizados por Elizabeth Taylor

 











La proyección de La senda de los elefantes en el Imperial Cinema (17 de junio de 1958)

El lunes 17 de junio de 1958, el Imperial Cinema de La Línea de la Concepción anunció en su cartelera la exhibición de la película La senda de los elefantes (Elephant Walk), una de las grandes producciones de aventuras y drama realizadas por Paramount Pictures durante la década de 1950. La película se proyectó en sesiones continuadas desde las siete de la tarde, en Technicolor y para todos los públicos, ocupando el lugar principal de la programación cinematográfica de la jornada.

La elección de este título situaba en las pantallas linenses una producción protagonizada por tres figuras destacadas del cine internacional: Elizabeth Taylor, Peter Finch y Dana Andrews, nombres que garantizaban una notable atracción para los espectadores de la época.

Una gran producción de aventuras y melodrama colonial

Estrenada originalmente en 1954 bajo la dirección de William Dieterle, La senda de los elefantes combinaba el melodrama romántico con la aventura exótica ambientada en el entonces Ceilán británico, territorio que actualmente corresponde a Sri Lanka.

La historia seguía a Ruth Wiley, interpretada por Elizabeth Taylor, una joven inglesa que contraía matrimonio con John Wiley, un poderoso propietario de plantaciones de té encarnado por Peter Finch. Tras la boda, Ruth abandonaba Inglaterra para trasladarse a la inmensa hacienda conocida como Elephant Walk, una propiedad levantada en medio de la selva y marcada por la figura dominante del difunto padre de su esposo.

La llegada de la protagonista a aquel mundo desconocido provocaba un profundo choque cultural. La mansión, las costumbres coloniales y el aislamiento de la plantación generaban una creciente sensación de soledad. A ello se sumaba la relación cada vez más distante con su marido, obsesionado por mantener intacto el legado familiar.

El conflicto sentimental

En ese ambiente hostil aparecía la figura de Dick Carver, interpretado por Dana Andrews, capataz de la plantación y hombre de confianza de la familia. La amistad entre Ruth y Carver evolucionaba progresivamente hacia una atracción sentimental que añadía tensión al relato.

Mientras el triángulo amoroso se desarrollaba, la película introducía otro elemento fundamental: el enfrentamiento entre el ser humano y la naturaleza. La mansión había sido construida precisamente sobre una antigua ruta utilizada durante generaciones por los elefantes salvajes para desplazarse hasta los cursos de agua.

La obstinación del fundador de la plantación por imponer su voluntad sobre el territorio había alterado un equilibrio natural que acabaría reclamando sus derechos.

La naturaleza como protagonista

Uno de los aspectos más recordados de la película fue la forma en que convertía a la naturaleza en un personaje más de la narración.

A medida que avanzaba la historia, una grave sequía agravaba la situación de la región. Los elefantes, privados del acceso tradicional al agua, comenzaban a mostrar una creciente agresividad. Paralelamente, una epidemia de cólera afectaba a la población local, aumentando la sensación de peligro y aislamiento.

El desenlace llegaba cuando una enorme manada de elefantes emprendía una estampida para recuperar su ruta ancestral. Los animales atravesaban la plantación y destruían la gran mansión de los Wiley en una secuencia que se convirtió en uno de los momentos más espectaculares del cine de aventuras de los años cincuenta.

La destrucción del edificio simbolizaba el fracaso de la pretensión humana de dominar completamente la naturaleza y servía además como punto de inflexión para los protagonistas, que encontraban la posibilidad de reconstruir sus vidas sobre nuevas bases.

Un rodaje lleno de dificultades

La producción de La senda de los elefantes estuvo marcada por una circunstancia que despertó gran interés en la prensa cinematográfica internacional.

La protagonista inicialmente elegida había sido Vivien Leigh, una de las grandes estrellas del cine británico. Sin embargo, durante el rodaje sufrió una grave crisis de salud que obligó a suspender su participación. La productora decidió entonces sustituirla por Elizabeth Taylor, quien tuvo que incorporarse rápidamente a la filmación.

Este cambio obligó a repetir numerosas escenas ya rodadas y elevó considerablemente los costes de producción, aunque el resultado final consolidó la película como uno de los trabajos más recordados de la joven actriz estadounidense.

Ficha artística principal

El reparto estuvo encabezado por:

  • Elizabeth Taylor como Ruth Wiley.
  • Peter Finch como John Wiley.
  • Dana Andrews como Dick Carver.
  • Abraham Sofaer como Appuhamy.
  • Abner Biberman como el doctor Pereira.
  • Noel Drayton como Atkinson.
  • Rosalind Ivan como la señora Lakin.
  • Philip Tonge como John Ralph.

La cartelera cinematográfica de La Línea

La programación publicada el 17 de junio de 1958 muestra además la intensa actividad cinematográfica que existía entonces en La Línea de la Concepción. Junto a La senda de los elefantes en el Imperial Cinema, los espectadores podían elegir entre otras películas exhibidas simultáneamente en distintos locales de la ciudad:

  • Las novias de Fu-Manchú, en el Parque de Verano.
  • Espía a la fuerza, en el Cine Levante.
  • Matt Helm, agente muy especial, en el Cine Nuevo.
  • El próximo estreno de Camino de Oregón, anunciado como gran atracción futura.

La presencia simultánea de varias salas y de estrenos nacionales e internacionales reflejaba la importancia que el cine tenía en la vida cultural linense durante aquellos años, cuando acudir a las sesiones cinematográficas constituía una de las principales formas de ocio de la población.

Una aventura inolvidable en la pantalla del Imperial

La exhibición de La senda de los elefantes permitió a los espectadores del Imperial Cinema contemplar una superproducción de gran espectacularidad visual, rodada en color y protagonizada por algunas de las mayores estrellas del momento. Su mezcla de romance, aventura, exotismo colonial y escenas de acción con elefantes convirtió la película en uno de los títulos más populares de la década, manteniendo durante muchos años un lugar destacado en la memoria de los aficionados al cine clásico.

Tal día como hoy en La Línea

A finales de la década de 1950, La Línea de la Concepción vivía una auténtica edad dorada de las salas cinematográficas. El cine se había convertido en el entretenimiento más popular y cada jornada ofrecía a los espectadores la posibilidad de elegir entre distintos géneros, horarios y locales repartidos por toda la ciudad.

El Imperial Cinema ocupaba un lugar destacado dentro de aquella red de salas. Inaugurado en febrero de 1940 por iniciativa de Pedro García Fernández, se convirtió rápidamente en uno de los principales referentes culturales de la ciudad. Su amplia capacidad y la calidad de sus instalaciones permitieron proyectar muchas de las grandes producciones nacionales e internacionales que marcaron la historia del séptimo arte.

Las carteleras de la época muestran una programación extraordinariamente variada. En una misma jornada podían coincidir películas de aventuras, dramas románticos, cine de espionaje, westerns y producciones históricas. Esta diversidad permitía atraer a públicos de todas las edades y convertir las salas de cine en auténticos puntos de encuentro social.

La proyección de La senda de los elefantes resulta especialmente significativa porque refleja la enorme influencia que ejercía el cine de Hollywood sobre los espectadores españoles de aquellos años. Las grandes producciones rodadas en Technicolor, protagonizadas por estrellas internacionales y ambientadas en lugares exóticos despertaban una enorme fascinación entre el público.

Al mismo tiempo, la cartelera constituye un magnífico retrato de la vida cotidiana de la ciudad. Cada anuncio cinematográfico permite reconstruir los gustos, preferencias y hábitos de ocio de varias generaciones de linenses que acudían regularmente a los cines acompañados de familiares y amigos.

Aquel 17 de junio de 1958, mientras las luces se apagaban en el Imperial Cinema y comenzaba la proyección de La senda de los elefantes, centenares de espectadores se disponían a viajar, a través de la gran pantalla, hasta las lejanas plantaciones de Ceilán. Una experiencia que formó parte de la memoria colectiva de la ciudad y de la historia cultural de La Línea de la Concepción.






sábado, 6 de junio de 2026

¿Sabías que…? Tal día como hoy, 8 de junio, en 1950, Antonio Mairena actuaba en el Teatro-Cinema Trino Cruz de La Línea

 


















Antonio Mairena en el Teatro-Cinema Trino Cruz: cuando el cante jondo llegó a La Línea

Los días 8 y 9 de junio, el Teatro-Cinema Trino Cruz de La Línea de la Concepción anunció uno de los acontecimientos flamencos más importantes que podían contemplarse en los escenarios españoles de la época. Bajo el reclamo de “¡Colosal acontecimiento!”, el público linense tuvo la oportunidad de asistir a un espectáculo encabezado por Antonio Mairena, acompañado por Maruchi Martín, Enrique Montoya y un amplio cuadro de artistas flamencos y de variedades.

La compañía presentaba una gran gala titulada “Cante, Bailes y Coplas”, un formato muy popular durante las décadas de 1950 y 1960, en el que se reunían algunas de las figuras más destacadas del flamenco, la canción andaluza y el baile español. Sin embargo, por encima de todos los nombres sobresalía uno que ya comenzaba a ser considerado una auténtica referencia del arte jondo: Antonio Mairena.

El cantaor más completo de la actualidad

El programa no dudaba en definirlo como “el cantaor más completo de la actualidad”, una afirmación que no respondía únicamente a una estrategia publicitaria. En aquellos años, Antonio Cruz García, conocido universalmente como Antonio Mairena, ya era reconocido dentro del mundo flamenco como uno de los intérpretes más rigurosos y respetados del género.

Nacido en Mairena del Alcor (Sevilla) en 1909, había dedicado gran parte de su vida a recuperar estilos antiguos del cante flamenco que estaban desapareciendo. Mientras otros artistas orientaban sus carreras hacia fórmulas más comerciales, Mairena emprendió una labor casi arqueológica, recorriendo pueblos andaluces, fraguas, cortijos y reuniones familiares para aprender directamente de los viejos maestros.

Aquella tarea de investigación permitió conservar numerosos estilos que, de otro modo, probablemente se habrían perdido para siempre.

Cuando llegó al escenario del Trino Cruz, Antonio Mairena se encontraba en plena madurez artística. Su voz poseía la profundidad, el conocimiento y la autoridad que solo alcanzan los grandes maestros del flamenco.

Una velada de arte andaluz

La función estaba concebida como un recorrido por las distintas expresiones del folclore andaluz.

El espectáculo combinaba cante, baile, guitarra y humor, siguiendo una estructura muy habitual en las grandes compañías de variedades de la época. Los artistas iban apareciendo sucesivamente sobre el escenario, alternando actuaciones individuales con números colectivos que culminaban en grandes finales flamencos.

El público podía disfrutar de seguiriyas, soleares, fandangos, cantes festivos y coplas populares interpretadas por figuras de primer nivel.

Lejos de tratarse de una obra teatral convencional, la gala funcionaba como una sucesión de cuadros artísticos diseñados para mostrar las diferentes facetas del arte andaluz.

Maruchi Martín y Enrique Montoya

Junto a Antonio Mairena figuraban dos artistas de gran prestigio.

Maruchi Martín era presentada en el programa como “un torbellino de simpatía, temperamento y gracia”. Su presencia aportaba elegancia escénica y capacidad interpretativa, convirtiéndose en uno de los grandes atractivos del espectáculo.

Por su parte, Enrique Montoya, perteneciente a una de las grandes sagas flamencas andaluzas, destacaba por un estilo propio que combinaba tradición y personalidad. El folleto subrayaba precisamente su condición de creador de un cante de “personalísimo estilo”.

La unión de ambos con Antonio Mairena permitía reunir sobre un mismo escenario tres sensibilidades diferentes del flamenco y la canción andaluza.

Un amplio cuadro artístico

La compañía estaba formada además por numerosos artistas que enriquecían la representación.

Entre ellos destacaba la bailaora Isabel Romero, anunciada como una de las figuras más atractivas del espectáculo.

También participaba la pareja de danza clásica Coral-Quiroga, que aportaba variedad coreográfica a la función.

Los bailaores El Trompo y El Negro añadían fuerza y espectacularidad a los cuadros flamencos, mientras que Maruja de Triana contribuía con su arte gitano a reforzar el carácter folclórico de la representación.

El apartado humorístico recaía sobre Dogma, descrito como “humorista moderno”, cuya misión consistía en mantener la continuidad del espectáculo durante los cambios de escena y aportar momentos de distensión entre las actuaciones musicales.

La parte instrumental corría a cargo de El Poeta, guitarrista y cantaor, mientras que la dirección musical estaba encomendada al Maestro Moradiellos.

El flamenco antes de la Llave de Oro

La actuación en La Línea resulta especialmente interesante porque tuvo lugar antes de que Antonio Mairena alcanzara uno de los mayores reconocimientos de toda la historia del flamenco.

Pocos años después, en 1962, recibiría la histórica III Llave de Oro del Cante, una distinción extraordinaria reservada únicamente a figuras excepcionales.

La concesión de aquella Llave de Oro confirmó oficialmente lo que muchos aficionados ya pensaban: que Antonio Mairena era uno de los grandes guardianes del cante tradicional andaluz.

Sin embargo, cuando actuó en el Trino Cruz, el reconocimiento institucional aún no había llegado. El público linense pudo contemplarlo precisamente en el momento en que su prestigio artístico alcanzaba la plenitud.

El mairenismo y la defensa del cante jondo

Más allá de sus actuaciones, Antonio Mairena ejerció una influencia decisiva sobre varias generaciones de artistas.

Su visión del flamenco defendía la conservación de los estilos tradicionales y el respeto a las formas heredadas de los viejos cantaores.

Aquella corriente, conocida posteriormente como mairenismo, marcó profundamente la evolución del flamenco durante la segunda mitad del siglo XX.

Gracias a su labor investigadora y a su ejemplo artístico, numerosos cantes antiguos fueron preservados y transmitidos a las nuevas generaciones.

Una visita histórica para La Línea

La presencia de Antonio Mairena en el Teatro-Cinema Trino Cruz constituye uno de los episodios más destacados de la programación flamenca desarrollada en La Línea durante aquellos años.

No se trataba simplemente de una actuación más dentro de una gira artística. El escenario linense recibió a uno de los hombres que acabarían transformando la historia del flamenco y cuyo nombre quedaría asociado para siempre a la defensa y conservación del cante jondo.

Aquellas funciones de junio permitieron a los aficionados de la ciudad escuchar en directo a un artista que, con el paso del tiempo, sería considerado una de las figuras esenciales del patrimonio cultural andaluz.

Hoy, contemplando aquellos programas de mano conservados, resulta fácil comprender por qué el anuncio hablaba de un “colosal acontecimiento”. La expresión no era una exageración publicitaria. Sobre las tablas del Trino Cruz actuaba uno de los grandes maestros del flamenco del siglo XX, acompañado por un elenco que representaba lo mejor del arte andaluz de su tiempo.

Tal día como hoy...

El 8 de junio de 1950, el público de La Línea de la Concepción tuvo la oportunidad de asistir en el Teatro-Cinema Trino Cruz a una actuación histórica encabezada por Antonio Mairena, acompañado por Maruchi Martín, Enrique Montoya y un amplio cuadro de artistas flamencos.

Aquellas funciones constituyeron uno de los acontecimientos musicales más destacados de la temporada y permitieron a los linenses escuchar en directo a quien años después sería reconocido como una de las máximas leyendas del flamenco universal.










¿Sabías que…? Tal día como hoy, 30 de junio, en 1922, se defendió en las Cortes la creación de una Zona Franca para La Línea de la Concepción
















 


La defensa de La Línea en las Cortes: José Luis Torres Beleña y la batalla parlamentaria por una Zona Franca (30 de junio de 1922)

El 30 de junio de 1922 se desarrolló en el Congreso de los Diputados una de las intervenciones parlamentarias más significativas relacionadas con la historia económica de La Línea de la Concepción. En aquella sesión, el diputado José Luis Torres Beleña, representante del distrito de Algeciras, tomó la palabra para exponer ante la Cámara la difícil situación que atravesaba el Campo de Gibraltar y, de forma muy especial, la ciudad de La Línea.

Su discurso no se limitó a una simple petición administrativa. Constituyó una extensa defensa de una población que, a su juicio, sufría las consecuencias de unas circunstancias económicas excepcionales y que necesitaba una respuesta urgente por parte del Estado. El eje central de su intervención fue la propuesta de crear una Zona Franca o Depósito Comercial Franco, medida que consideraba imprescindible para asegurar el futuro de la ciudad.

Una ciudad construida alrededor de Gibraltar

Torres Beleña comenzó describiendo las particularidades de La Línea. Recordó que se trataba de una población relativamente joven que había experimentado un crecimiento extraordinario desde su fundación. Durante décadas, buena parte de su prosperidad había estado ligada a la actividad económica de Gibraltar, donde miles de trabajadores españoles encontraban empleo en el Arsenal, en los muelles, en los depósitos de carbón y en numerosos servicios relacionados con la actividad portuaria y militar británica.

Aquella circunstancia había permitido el desarrollo de la ciudad y el sostenimiento de miles de familias. Sin embargo, los cambios que se estaban produciendo en la colonia británica estaban reduciendo progresivamente las oportunidades de trabajo para los obreros españoles. El resultado era un incremento constante del desempleo y una creciente preocupación social.

El diputado explicó que la situación afectaba especialmente a los trabajadores más humildes, que veían desaparecer las posibilidades de empleo que durante años habían encontrado al otro lado de la frontera. Para una ciudad cuya economía dependía en gran medida de esa realidad, el problema adquiría proporciones alarmantes.

El drama de la emigración

A medida que avanzó su intervención, Torres Beleña describió las consecuencias humanas de aquella crisis. Según expuso ante la Cámara, numerosos vecinos se estaban viendo obligados a abandonar sus hogares para buscar oportunidades en otros lugares.

Argelia, Marruecos francés y distintos países de América se habían convertido en destinos habituales para muchos trabajadores del Campo de Gibraltar. Aquella emigración no respondía a un deseo de aventura ni a la búsqueda de mejores condiciones de vida, sino a una necesidad imperiosa de supervivencia.

El diputado presentó esta realidad como una auténtica tragedia social. Familias enteras quedaban separadas y numerosos jóvenes abandonaban su tierra ante la falta de perspectivas laborales. La emigración aparecía como la única salida para muchos hogares que no encontraban recursos suficientes para subsistir.

Una población laboriosa y patriótica

Lejos de ofrecer una imagen de dependencia o resignación, Torres Beleña quiso destacar las virtudes de los habitantes de La Línea. Describió a los linenses como una población trabajadora, emprendedora y profundamente vinculada a España.

Insistió en que el crecimiento de la ciudad había sido fruto del esfuerzo de sus vecinos y de su capacidad para aprovechar las oportunidades económicas existentes. Recordó que en pocas décadas La Línea había pasado de ser un pequeño núcleo de población a convertirse en una de las ciudades más importantes de la provincia de Cádiz.

En varios momentos de su intervención rechazó los prejuicios que, desde algunos sectores, asociaban a la ciudad con intereses extranjeros o con una supuesta falta de sentimiento nacional. Según afirmó, los linenses habían demostrado reiteradamente su españolidad y merecían el mismo apoyo que cualquier otra población del país.

La falta de tierras y de alternativas económicas

Uno de los aspectos más importantes del discurso fue el análisis de las limitaciones estructurales que sufría La Línea.

Torres Beleña explicó que el término municipal era extremadamente reducido y que apenas disponía de tierras cultivables. A diferencia de otras localidades que podían absorber parte del desempleo mediante actividades agrícolas, La Línea carecía de esa posibilidad.

La escasez de terreno hacía imposible desarrollar una economía agraria capaz de proporcionar trabajo a miles de obreros. Las pequeñas huertas existentes resultaban insuficientes para afrontar una crisis de aquellas dimensiones.

Esta circunstancia convertía a la ciudad en un caso excepcional que requería medidas igualmente excepcionales. A juicio del diputado, el Gobierno no podía aplicar las mismas soluciones previstas para otras regiones porque la realidad linense era completamente distinta.

Las restricciones aduaneras como obstáculo al progreso

El parlamentario dedicó una parte importante de su intervención a denunciar las limitaciones impuestas por la legislación aduanera.

Según explicó, las Ordenanzas de Aduanas prohibían el establecimiento de determinadas industrias dentro de una franja próxima a la frontera. Esta normativa afectaba directamente a La Línea y a parte del término municipal de San Roque.

Como consecuencia de estas restricciones, numerosas iniciativas empresariales no podían desarrollarse en la zona. La ciudad quedaba atrapada en una situación paradójica: no disponía de agricultura suficiente para generar empleo y tampoco podía industrializarse debido a las limitaciones legales existentes.

Torres Beleña sostuvo que aquella normativa, diseñada para prevenir el fraude y el contrabando, terminaba castigando injustamente a una población que necesitaba con urgencia nuevas oportunidades económicas.

La propuesta de una Zona Franca

Llegado este punto, el diputado presentó la solución que defendía ante las Cortes.

La creación de una Zona Franca permitiría establecer depósitos comerciales, industrias de transformación y actividades mercantiles orientadas al comercio internacional. Gracias a esta medida podrían instalarse empresas dedicadas al procesamiento de materias primas y al intercambio de mercancías con Marruecos y otros mercados cercanos.

Torres Beleña argumentó que la privilegiada situación geográfica de La Línea constituía una ventaja extraordinaria que estaba siendo desaprovechada. Convertir la ciudad en un centro comercial de carácter franco permitiría atraer inversiones, crear empleo y diversificar la economía local.

Para el diputado, aquella propuesta representaba la única alternativa realista capaz de responder a la magnitud de la crisis que atravesaba la comarca.

La oposición del Gobierno

La propuesta fue respondida por el ministro de Hacienda, Francisco Bergamín, quien reconoció la existencia de dificultades económicas en la zona y manifestó su disposición a estudiar posibles medidas de apoyo.

No obstante, el ministro rechazó la idea de establecer una zona franca. Argumentó que una medida de ese tipo podría favorecer el contrabando y generar nuevos problemas fiscales para el Estado. Además, expresó el temor de que una mayor libertad comercial terminara reforzando la influencia económica de Gibraltar sobre el territorio español.

Aquellas objeciones reflejaban una preocupación que llevaba años presente en distintos organismos de la Administración. La proximidad de Gibraltar hacía que cualquier iniciativa económica relacionada con la frontera fuese examinada con especial cautela por parte de Hacienda.

Un alegato final en defensa de la ciudad

Lejos de resignarse, Torres Beleña insistió en que los riesgos señalados por el Gobierno no podían justificar la inacción.

Recordó que numerosos expertos habían estudiado anteriormente la posibilidad de implantar un régimen especial para la comarca y sostuvo que los beneficios económicos superarían ampliamente los posibles inconvenientes.

Su discurso terminó convirtiéndose en una apasionada defensa de La Línea y de sus habitantes. Reclamó que el Estado atendiera las necesidades de una población que había contribuido al desarrollo nacional y que ahora solicitaba apoyo para superar una situación extraordinariamente difícil.

El rechazo de la propuesta y su legado histórico

Finalmente, la Cámara no tomó en consideración la proposición defendida por Torres Beleña. La creación de una Zona Franca para La Línea quedó descartada y la iniciativa no prosperó.

Sin embargo, el debate dejó una profunda huella en la historia de la ciudad. A través de aquella intervención quedaron reflejadas muchas de las cuestiones que marcarían la evolución económica del Campo de Gibraltar durante décadas: la dependencia laboral respecto a Gibraltar, la búsqueda de alternativas industriales, las limitaciones derivadas de la frontera y la necesidad de medidas específicas para una comarca con características únicas.

Más de cien años después, aquel discurso continúa siendo uno de los testimonios parlamentarios más importantes sobre la problemática económica de La Línea de la Concepción. La intervención de José Luis Torres Beleña permanece como un ejemplo de la defensa realizada desde las Cortes en favor de una ciudad que luchaba por encontrar un camino propio de prosperidad y desarrollo. 


De Izquierda a derecha José Cruz Herrera, Luis Ramírez Galuzo, José Luis de Torres Beleña, Cayetano Ramírez y Francisco Ramos Fernández de Córdoba



Transcripción Literal:

Intervención de José Luis Torres Beleña en el Congreso el 30 DE JUNIO DE 1922

El Sr. TORRES BELENA: Perfectamente; pues entonces, con la venia de la Presidencia, voy a apoyar mi proposición, lamentando no poder ser sobrio al exponer, porque la índole del asunto quizá me exija ser extenso.

Señores Diputados, como primer firmante de la proposición que se ha leído, me cabe el honor de apoyarla, a pesar de que todos y cada uno de los dignísimos parlamentarios que, libremente, han puesto su firma tras la mía, podrían, mejor que yo, infinitamente mejor que yo, defender la justa causa que la proposición entraña.

Esta proposición, Sres. Diputados, más que a una excitación, más que a una petición, más que a una demanda circunstancial dirigida al Poder público, encamínase a llamar la atención del Gobierno de S. M. sobre la crítica y difícil situación en que se encuentra una comarca española, amenazada de riesgos de alguna gravedad que pudieran resultar inevitables en plazo no lejano, por lo que es imprescindible y necesario marcar un rumbo para que, dentro estrictamente de la ley, en la órbita de la esfera legal, pueda desenvolverse la vida de un pueblo condenado a la ruina si persisten las actuales circunstancias y urgentemente no se pone remedio al mal que puede provocarla.

Yo, señores, no tendría necesidad de molestar la atención de mis compañeros evocando antecedentes, porque bien reciente está un debate en el que expuse con toda clase de detalles y con toda clase de argumentos cuál era la angustiosa situación del Campo de Gibraltar, donde hay alguna urbe populosa que, viviendo hasta ahora al amparo del trabajo de una vecina población extranjera, ve que ese trabajo va disminuyendo por semanas, por días, por horas, creándose con ello en la clase jornalera una situación que ahora, en estos críticos momentos, es difícil, pero que quizá mañana sería mortal si ese trabajo llegara a paralizarse por completo y la previsión del Gobierno, atendiendo los clamores de los de allí y las advertencias de los de aquí, no buscase medios legales y prácticos para sustituirlo.

La Línea de la Concepción es de las poblaciones del Campo de Gibraltar la que más directamente sufre la hondísima crisis que atraviesa hoy aquella región. Esa ciudad cuenta entre sus habitantes con un contingente obrero de notoria importancia numérica, y la mayor parte, casi la totalidad de los trabajadores que en La Línea tienen su albergue ganan su sustento con el trabajo del puerto de Gibraltar, especialmente en los servicios del Arsenal y en la carga y descarga de carbón para los buques surtos en la bahía, trabajo que ha ido poco a poco disminuyendo, y eso, unido a otras circunstancias, entre ellas a la exclusión del obrero español en algunas de las industrias de la plaza y a la limitación de otras labores, obliga al obrero, habitante de La Línea, a ir poco a poco abandonando esa población, pues no le queda otro recurso que emigrar.

Esa emigración se realiza en condiciones lamentables, una vez que no pueden salvaguardarse los que se ven obligados a abandonar el suelo patrio con la observancia de las prescripciones a las que forzosamente deben sujetarse los embarques en puertos españoles. Nuestras Autoridades, por no afectar a su jurisdicción, difícilmente pueden actuar cuando el obrero español al que es sumamente fácil el paso de aquella frontera sin necesidad de documento alguno y con medios sobrados para proveerse de los que se exigen en un puerto extranjero, para dar con sus cuerpos en los entrepuentes y bodegas de buques de distintas nacionalidades, no cuentan con otro amparo que el del Consulado de su país, que no puede multiplicarse ni atender con la solicitud que quisiera a cuantos sobre sus dignos y escasos funcionarios pesa.

La emigración, repito, es uno de los males que produce la falta de trabajo, y esta emigración, que no puede encauzarse ni orientarse, como ya en otro debate he dicho; hacia nuestra zona de protectorado en Marruecos, porque no se encuentra hoy en condiciones para poder recibir a los trabajadores, menos aún puede encauzarse al interior de nuestra Patria, porque precisamente de diferentes regiones de la Península emigra a diario, atraída, muchas veces, con falaces ofrecimientos la clase trabajadora. Por eso esta emigración se dirige a la Argelia, a la zona del protectorado francés de Marruecos o a la América del Sur, y no siempre en condiciones ventajosas, ni mucho menos, para los infelices emigrantes.

La población de La Línea de la Concepción tiene un censo real, efectivo, de cerca de 70.000 almas. Hace poco más de setenta años, cuatro barracones fueron los cimientos, la base, por decirlo así, de aquella población, que ha ido creciendo y desarrollándose hasta el punto de haber llegado a ser la tercera de la provincia de Cádiz, y esa población está compuesta en su totalidad de gente trabajadora, porque allí todos trabajan, y con la ayuda del trabajo se han creado modestas fortunas, se ha ido poco a poco desarrollando el comercio y adquiriendo medios de vida las profesiones liberales.

La Línea ha necesitado para su bienestar, para su desarrollo, de Gibraltar, del trabajo de Gibraltar, pues nadie ignora que en dicha plaza se construyeron obras que consumieron muchos millones, y en todas ellas el trabajo español, que tenía La Línea por hogar, fué el principal factor; pero también hay que reconocer que Gibraltar en todas las épocas ha necesitado y necesita de La Línea.

Y así, poco a poco, dignificados por el trabajo, los habitantes de La Línea dirigieron todas sus iniciativas a engrandecer la población en que vivían, y, por lo mismo que estaban tan inmediatos a suelo extranjero, en ellos existió siempre, con intensidad admirable, el cariño a un perfecto desastre, en España; no puede seguir esto así, y mientras el Parlamento no provea a esa necesidad con la urgencia que la misma necesidad exige por una ley bien sea la que está presentada o modificándola en la forma que el Parlamento acuerde, pero sin una provisión inmediata a esa necesidad urgente, no tendrá solución el problema, porque repare S. S. en que las Compañías no hacen estas cosas por gusto; su interés es que las mercancías lleguen a tiempo, y que no haya reclamaciones, que han alcanzado cifras fantásticas, como he tenido ocasión de decir al tratar de, contendiendo, con mucho honor para mí, con S. S. De modo que esta es la consecuencia ineludible de la situación de desorganización en que nos encontramos en España en materia de transportes: se trata de ser o no ser, y hay que resolver.

El Sr. NÁCHER: Pido la palabra.

El Sr. PRESIDENTE: La tiene S. S. para rectificar.

El Sr. NÁCHER: Para dar las gracias al Sr. Ministro de Fomento por su solicitud, y, al mismo tiempo para encarecerle que si esas gestiones no dieran resultado, prosiga en su laudable empeño, y, al propio tiempo, significar que me reserve la Mesa la palabra para el próximo día, con objeto de hacer una pregunta al Sr. Ministro del Trabajo respecto a la cuestión social agraria de Motril, que está en estos momentos alcanzando tal magnitud, que bien pudiera dar lugar a días de luto, si el Poder público no interviene en forma adecuada.


Medidas para solucionar la crisis por que atraviesa el Campo de Gibraltar, y especialmente la ciudad de La Línea de la Concepción

Leída nuevamente la proposición no de ley del Sr. Torres Beleña, relativa al expresado asunto (Véase el Apéndice 3.º al Diario número 13), dijo:

El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Torres Beleña tiene la palabra para apoyar su proposición.

El Sr. TORRES BELEÑA: Señor Presidente, yo he de rogar a S. S. que me permita plantear una cuestión previa.

La proposición que he de apoyar es de gran trascendencia para una importante región española; quizá sea oportuna una declaración de Gobierno, y aunque el Gobierno no está, como siempre, muy dignamente representado en el banco azul, es posible que sea la voz de su ilustre jefe, o, por lo menos, la del Sr. Ministro de Hacienda, la que deseen escuchar, al par que yo, las significadas personalidades cuyas firmas avaloran esta proposición.

Sometiéndome anticipadamente a lo que decida la Presidencia, puesto que para acatar sus disposiciones soy siempre el primero, desearía que se aplazara unos momentos el debate, puesto que ha anunciado su venida el Sr. Presidente del Consejo de Ministros, quien ayer me ofreció hacerse cargo del contenido de nuestra demanda, y sin faltar al Reglamento, puesto que podría apoyarla antes de entrar en el Orden del día, podría aceptarse ese breve aplazamiento.

El Sr. PRESIDENTE: En el aplazamiento no hay ninguna dificultad. En lo que sea tan sólo por algunos momentos, sí pudiera haberla, porque vamos a entrar en una interpelación que yo no sé el tiempo que invertirá y que pudiera exigir que el derecho del señor Torres Beleña se trasladara a otro día, si es que no quedaba tiempo bastante después de la interpelación. De modo que S. S. puede optar, sin comprometerme, porque no depende de mi voluntad, si no, con mucho gusto lo haría, a que dentro de pocos momentos pueda su señoría apoyarla, una vez iniciado el debate a que he aludido.

El Sr. TORRES BELEÑA: Yo, Sr. Presidente, he dicho que de antemano me someto a lo que la Presidencia acuerde, pero he de hacer observar que quizá la declaración que yo deseo que surja del banco azul sería más concreta haciéndola el Jefe del Gobierno o el Ministro del Ramo y la discusión estaría más en armonía con la finalidad que la proposición entraña, pues no he de limitarme a molestar la atención del Congreso, haciéndole escuchar un discurso más, sino después de hacer resaltar la justicia de la demanda y obtener una categórica declaración de Gobierno, que aunque significara una repulsa habría de fundamentarse y razonarse.

El Sr. PRESIDENTE: Pues puede aplazarse; pero yo no respondo de que quede tiempo después para que S. S. la apoye, en cuyo caso quedaría para la próxima sesión, o sea el martes, en que haya horas destinadas a ruegos y preguntas.

El Sr. TORRES BELEÑA: Pues como es probable que vengan a la Cámara el Sr. Presidente del Consejo o el Sr. Ministro de Hacienda, si no tiene inconveniente la Presidencia iré desarrollando la tesis y exponiendo antecedentes, por si entretanto cualquiera de ellos se digna llegar a tiempo de contestarme. Con ello molestaré un poco más a la Cámara. Considero preciso hablar en la sesión de hoy, porque quizá la índole de los debates que están pendientes y que van a irse desarrollando, absorban por completo la atención del Congreso y no resulte pertinente ni oportuno en las próximas sesiones intercalar una discusión sobre tema más secundario. Por tanto, Sr. Presidente, prefiero, a un aplazamiento indeterminado, apoyar la proposición, cumpliendo, como sabe S. S., un deber ineludible, resultante de un imperativo mandato.

El Sr. PRESIDENTE: Pues apoye el señor Torres su proposición, sin perjuicio de que si el Sr. Presidente llega a tiempo, recoja para su Patria, para su España, dándose el caso extraño de que, a pesar de la proximidad y del trato íntimo y continuo con súbditos ingleses, es raro, contadísimo, el habitante de La Línea que hable otra lengua que la lengua castellana.

Pues bien: en esa ciudad española todos los ojos se vuelven hoy al Parlamento español, esperando que sus iniciativas sean acogidas por el Gobierno de la Nación y constituyan un rayo de esperanza que disipe negruras y alarmas, harto justificadas, que asaltan a todos aquellos habitantes, mucho más cuando han visto cerrarse el camino a peticiones legítimas, apoyadas por mí, durante muchos años, cerca de las Cortes y de los Gobiernos; cuando aún hieren sus oídos palabras pronunciadas por labios de Consejeros de la Corona, que parecían encaminadas a destruir todas sus esperanzas, para que, ensanchada la órbita de trabajo honrado, llegara aquel pueblo a su completa dignificación.

Los firmantes de la proposición sometida en estos instantes a la Cámara pretenden que se estudie una solución práctica al conflicto que ahora renace, que se busquen medios para que en La Línea, en San Roque, se pueda, por lo menos, vivir, y esos medios se esbozan en el texto de la proposición que defiendo, en la que no se pide que el Congreso, no ya exija ni señale al Poder público en forma imperativa lo que debe hacerse para que la crisis en el Campo de Gibraltar latente no continúe, sino que sólo de la Cámara se suplica que ruegue al Gobierno de S. M., en vista de tan excepcionales circunstancias, que estudie, a ser posible, entre otros remedios urgentes, la manera de aplicar a aquella región las disposiciones legales que regulan los depósitos comerciales y las zonas francas.

No se trata, Sres. Diputados, de una petición que al formularse pueda causar extrañeza y ser objeto de la más insignificante repulsa; porque tales anhelos, reflejados en unas cuantas líneas en la proposición que se debate, han sido estudiados, meditados, por las insignes personalidades que conmigo suscriben la demanda, y que no la hubieran suscrito si se tratase de utopías o exabruptos. Es una petición justa, una petición absolutamente legal y, sobre todo, absolutamente necesaria, como no he de cansarme de demostrar a los Sres. Diputados.

El término municipal de La Línea de la Concepción es muy reducido; puede decirse que el término municipal es la urbe, o sea toda la parte urbanizada, elegida, como se merece, por cuantos la visitan, como elogian a las Corporaciones que administran los intereses comunales, por la limpieza y policía de sus principales calles y por estar atendidos mejor que en algunas capitales de provincia todos los servicios municipales. Actualmente se está construyendo un hospital civil, iniciativa de una celosa autoridad militar, del coronel Díaz Enríquez, que cuando esté terminado habrá muchas poblaciones de primera categoría que no lo tengan igual. Y sólo se debe su creación a las dádivas del vecindario y a las subvenciones de las Sociedades populares. Allí la beneficencia y la enseñanza son atendidas en cuanto permite el presupuesto municipal; hay una oficina de urgencia y una instalación admirable debida a la caritativa institución de la Cruz Roja, con todo el material necesario y sin subvención alguna ajena a la población.

El Ayuntamiento de La Línea de la Concepción ha tenido la virtud del ahorro. ¿Qué poco puede decirse esto de todos los Municipios de nuestra Nación! ¡Qué satisfactorio sería poder decirlo! Y la prueba de lo que indico está en que acaba de adquirir una finca magnífica, ya construida, rodeada de jardines, para Palacio municipal, invirtiendo en ella sus economías, como las invirtió antes adquiriendo el mercado público, que explotaba una entidad particular. En ese Palacio se han cedido construcciones anejas a Corporaciones dedicadas a la enseñanza. Eso demuestra que la Administración municipal de La Línea de la Concepción se preocupa de cumplir sus deberes y su actuación, susceptible siempre de mayor mejora, encamínase a solucionar problemas locales, como la traída de aguas y el saneamiento urbano, que parecían hasta hace poco insolubles.

Pero, como he dicho, aquel término municipal es reducido; es decir, que no hay, como en otras poblaciones, terrenos de cultivo de extensión bastante para explotaciones agrícolas que contribuyeran a que en la población viviesen en mejores condiciones. Sólo hay unas cuantas huertas que surten a la población y a Gibraltar y que poco a poco han ido formándose.

A pesar del anhelo constante de los habitantes de La Línea de la Concepción para establecer allí centros industriales y fabriles, existe una imposibilidad legal para lograrlo. Hay un valladar para que esos anhelos se realicen, y es la prescripción de nuestras Ordenanzas de Aduanas que impiden el establecimiento de fábricas y centros industriales a menos de 10 kilómetros de la frontera, y como La Línea de la Concepción empieza y nace en la misma frontera inglesa, no ya a todo su término municipal, sino hasta al mismo término municipal de la inmediata ciudad de San Roque, alcanza el veto del precepto férreo y a la vez arcaico, de las Ordenanzas de Aduanas, que impiden que allí pueda haber medios para que la vida industrial se desarrolle en la forma que se desarrolla en todas las poblaciones nacientes.

De no modificarse ese precepto como tantas veces he intentado y de no llegarse a soluciones que armonicen los intereses fiscales con la realidad, resultará que la vida industrial de La Línea no podrá nunca llegar a ser lo que merece ser, porque quien no ha podido aquí conseguir, a pesar de sus esfuerzos, la total habilitación de una Aduana, menos podrá conseguir la derogación de disposiciones aduaneras que sólo tienen vida ante el santo temor a la defraudación.

Resulta demostrado, Sres. Diputados, que es imposible que los males presentes creados por las circunstancias en que se encuentra aquella población puedan tener solución, ni fomentando la agricultura, por mucha intensidad que se le quisiera dar, porque falta el suelo cultivable, que es la primera materia, y menos tampoco por el desarrollo de la vida industrial, porque de no existir las trabas fiscales, por la proximidad de Marruecos, en los terrenos areniscos que circundan La Línea de la Concepción podrían establecerse fábricas, telares mecánicos, para poder surtir en condiciones ventajosas, con los productos que allí se manufacturaran y se elaboraran, a la región africana, dada la facilidad de los transportes y su baratura, puesto que esos productos podrían transportarse aunque fueran en veleros, sin tener que sufrir el encarecimiento de crecidos fletes.

No existe, pues, más que una solución, y es la que se indica en la proposición sometida al Congreso.

Existen disposiciones legales que regulan la creación de zonas francas, el establecimiento de depósitos comerciales, y yo pregunto a la Cámara y al Gobierno: ¿es que es por ilegal irrealizable esa solicitud, esas ansias del pueblo de La Línea de tener una zona franca para que en ella se pudieran establecer factorías, establecimientos y medios industriales para transformar las primeras materias? Voy a examinarlo bajo dos aspectos: bajo el aspecto político y bajo el fiscal o aduanero.

Sería impolítico si atentase al interés patrio, por tratarse de fronteras y proyectarse sobre La Línea la sombra del Peñón.

Pero de tal índole ni existe ni puede existir inconveniente alguno que altere la más insignificante fibra del sentimiento nacional.

Así lo han entendido también los firmantes de la proposición, todos ellos tan españoles como yo; no digo más, porque no hay quien me aventaje en el amor ferviente a la Patria. Por la vecindad a la plaza inglesa no hay el peligro más insignificante, y los hechos lo demuestran hasta la saciedad. Aquellos prejuicios arcaicos, aquellas ideas que en otros tiempos pudieron justificar ciertos recelos, hoy han desaparecido en absoluto. Durante años y años se llegó hasta privar a La Línea de todo medio de comunicación. Se reputaba casi como un delito de lesa patria hablar, no ya de construcción de carreteras, sino hasta de intentar componer caminos y veredas, y la vía que comunicaba La Línea y Gibraltar era vergonzosa.

A poco de jurar, en 1910, el cargo de Diputado, y cumpliendo el compromiso que contraje con mis electores del distrito de Algeciras de procurar por todos los medios que aquella región saliese del aislamiento, y que entre San Roque y La Línea se construyese una carretera decorosa, hube de oír en un despacho oficial, a persona de gran prestigio, a hombre de gran cultura y de probados servicios a nuestra Patria, el consejo amistoso de que variase de rumbo; que no solicitase carreteras o caminos para el Campo de Gibraltar, sino más bien que se abriesen simas y zanjas, porque La Línea era un barrio inglés, y era atentar contra la Patria, que estaba por encima de todo interés regional o político, el que aquella población tuviera fácil comunicación con la Península.

Yo quedé anonadado y estupefacto cuando, de labios tan prestigiosos como los que estas palabras pronunciaban, de persona para mí de respeto y autoridad, se me aconsejaba que cesara en absoluto en mis gestiones, y que tenía que abjurar de mis errores y faltar a los compromisos contraídos con mis electores. Afortunadamente, el prejuicio se borró mediante una actuación intensa y el altísimo amparo de quien desde puesto elevadísimo veía con clarividencia y justicia el problema, y las Cortes de 1910 votaron lo preciso para que cesara el aislamiento de aquella zona, y el Poder ejecutivo hubo de cumplimentar lo que acordó el Parlamento y sancionó S. M. el Rey.

Tengo la esperanza de que la misma gestación tenga el arduo problema del depósito o de la zona franca, que daría medios extraordinarios de vida a aquellas gentes laboriosas y honradas, dignas del apoyo de los Poderes públicos, y no del olvido y del desvío con que se reciben sus súplicas. Si hubiera el más insignificante temor de que el interés patrio resultase lesionado, ni aun ligeramente ensombrecido, tengan los Sres. Diputados por seguro que, a pesar de mi representación, no sería yo quien apoyase tal demanda, y hubiera sido el primero en oponer una negativa cerrada a quienes me la hubieran formulado; pero todos los firmantes de la proposición estamos plenamente convencidos de que si prosperase, si el Gobierno atendiera el ruego que en ella se formula (puesto que la proposición se limita a pedir que el Gobierno, con urgencia, estudie, pero ni siquiera que ejecute), si saliera del banco azul una palabra de esperanza, serviría para calmar la excitación de los ánimos de los habitantes del Campo de Gibraltar, que, por actuaciones parlamentarias no lejanas, se creen condenados a la miseria, y se han dirigido a hombres de buena voluntad del Parlamento, a las primeras figuras de la política, para que apoyen, en estas horas de tribulación y de amargura para aquéllos, las pretensiones que sin vocerío rebelde, sino con clamor digno y sereno, formulan, y sepan de una vez si el Gobierno de España está con ellos o los repudia como a hijos espurios.

Nada que afecte al altísimo sentimiento de la Patria se opone para que el Gobierno en este instante aconseje se tome en consideración esta proposición. En cuanto al interés fiscal, las últimas palabras de la proposición dicen claramente que sus firmantes aspiran a que los intereses del Tesoro se salvaguarden en forma que no pueda haber el menor riesgo para esos sagrados intereses. Lo que se solicita del Gobierno es que, armonizándolos con la concesión que se pretende, se adopten aquellas medidas necesarias para que con todo celo defiendan al Fisco los que deben defenderlo.

¿Dónde está el riesgo para los intereses fiscales? ¿Es que siempre va a surgir el interés aduanero, o el de aquellos que lo dirigen o monopolizan, para oponerse a la más insignificante de las concesiones que pretende obtener La Línea de la Concepción?

Es verdaderamente irritante, señores Diputados, que cuando se viene aquí año tras año defendiendo una causa justa con el tesón que emplea todo aquel que cree que cumple con su deber, el tope, el valladar, la barrera que se oponga a que se acuerden disposiciones fiscales justas, lo constituya el interés aduanero.

Pero ¿quién atenta a ese interés aduanero? Ya en otro debate lo he dicho. Esos altos funcionarios que lo invocan son los primeros interesados en que se cumplan las leyes, y con las leyes dictadas sobre materia para evitar el fraude si todos cumplen sus deberes. ¿Qué miedo les puede dar el que se habilitasen las ventanillas de la Aduana para el adeudo de toda clase de mercancías? ¿Qué les podía importar que, de prosperar la petición que ahora se sostiene, retrocediera la Aduana unos centenares de metros más hacia el interior, para que estuviera establecida de modo que las aguas inglesas no azotasen, como hoy azotan, los cimientos de la actual Aduana?

Mucho más atrás, estaría emplazada en terrenos bañados por aguas españolas, y de esta forma actuaría con más eficacia el Resguardo marítimo, y sería más eficaz también la vigilancia de la frontera, aun cuando hoy no cabe mayor vigilancia, pues por las puertas de la Aduana sólo puede entrar lo que se deje entrar.

Sabe muy bien la Cámara que no puede haber defraudación, que no puede existir esa defraudación aduanera sin complicidades; y de existir complicidad, con habilitación, sin habilitación, con zona franca o con recinto amurallado, se defraudará al Tesoro. Por eso, señores Diputados, ha sido mayor mi estupefacción cuando año tras año, visitando los despachos de los Sres. Ministros de Hacienda —la mayor parte de ellos personas que me dispensaban una amistad sincera—, después de oír que sentían por la petición que les formulaba vivísima simpatía y les convencía con mis argumentos, después, tras la inevitable conferencia del Ministro con los defensores de la Renta, surgía la obligada negativa a mis pretensiones.

Tras esa conferencia, el Diputado no iba ya a pleitear por una causa legítima; el Diputado no formulaba un ruego, creyendo de buena fe que se limitaba a servir únicamente los intereses del pueblo; el Diputado era ya una persona sospechosa, que no venía inconscientemente a apadrinar y proteger intereses bastardos de los que preparaban sus ataques a los intereses sagrados del Tesoro, en lo más sagrado que para el Tesoro puede haber: en la recaudación del impuesto de Aduanas.

La Cámara me perdonará que no ahonde en lo que pueda tener relación con la defensa de los intereses fiscales, porque, Sres. Diputados, si tocamos este tema —lo digo sinceramente— acaso no pueda dominarme. Yo procuro siempre decir aquello que deba decir; pero a veces la pasión se exalta y el freno que la prudencia suele poner en los labios desaparece. Entonces el apasionamiento se desborda y se pueden hacer manifestaciones que acaso sean inconvenientes.

Por eso, porque este tema es escabroso, no lo quiero tocar. Me basta con haberlo iniciado para que todos los Sres. Diputados traduzcan mis palabras.

El mayor anhelo de La Línea de la Concepción, la mayor de las finalidades que pretende es: que desaparezca el estigma infamante que pesa sobre aquella región laboriosa y digna, que, como es natural, aspira solo a desarrollarse, a vivir y desenvolverse. ¿Es que solamente por la frontera de la plaza de Gibraltar puede atentarse a los intereses del Tesoro? Hacer semejante aseveración constituye un lugar común que, desgraciadamente, se repite; yo lo he escuchado, a veces con amargura, y otras con indignación, porque, al fin y al cabo, me cabe la honra de representar muchos años en el Parlamento aquel territorio.

Señores Diputados, yo me he deleitado hojeando las páginas de un novelista ilustre de nuestra Patria, de un escritor valenciano de renombre mundial, y he leído, como seguramente muchos de los que me escuchan, la novela “Flor de Mayo”, donde se describe el contrabando que, con una intensidad verdaderamente pasmosa, se hace en otros parajes de la costa levantina, y no hace mucho he leído también telegramas de Prensa donde se hablaba hasta de cuestiones personales surgidas entre distintos representantes del Fisco; en la región nordeste, precisamente por algo que pudiera relacionarse con la mayor o menor vigilancia, o con la mayor o menor impunidad de los dedicados a defraudar al Tesoro.

En esos mismos periódicos se han publicado hace poco telegramas extensos, dando cuenta de grandes alijos por parte bien lejana de La Línea de la Concepción. Dice un refrán: “Camino robado, camino seguro”. Es muy fácil, Sres. Diputados, echar sobre una región el peso infamante de calificativos que no merece, y que, en cambio, todos esos atentados a los intereses del Tesoro se cometan en sitios que nada tienen que ver con aquellos lugares citados; con lo propio, a los cuales parece que se les quiere aislar para que, en forma alguna, obtengan las ventajas que se conceden a los demás.

¿Y para qué volver a hablar de la célebre Sociedad contrabandista, de 20 millones de capital, descubierta por el Sr. Cambó? Tampoco tenía su domicilio en La Línea.

Señores, pido perdón a la Cámara por la extensión dada a mis palabras, con el exclusivo objeto de hacer tiempo para que llegaran el señor Presidente del Consejo o el Sr. Ministro de Hacienda, a quienes, cumpliendo el encargo de mis representados, hube de exponer sus deseos, haciendo llegar hasta ellos sus clamores. Puesto que ya se encuentra en la Cámara el Sr. Ministro de Hacienda, innecesario es que espere la llegada del Sr. Presidente, jefe del Gobierno, y pueda ya, Sres. Diputados, ahorraros la molestia de seguir escuchándome.

Conozco bien —con amargura tengo que decirlo— el pensamiento de S. S., Sr. Ministro de Hacienda, pero tengo que seguir cumpliendo con mi deber y solicitar que una voz autorizada cierre en absoluto el paso a las pretensiones de toda una comarca o tenga para ella algún aliento de justicia.

Es preciso que la Cámara forme juicio, y éste no puede formarse escuchando a una sola de las partes; es preciso que oiga la otra voz, que en este caso tiene importancia grandísima, por ser la del Gobierno, a la cual después, modesta y sinceramente, como siempre, opondré la réplica adecuada a su respuesta.

Aunque supongo lo que me va a contestar, espero la respuesta del Sr. Ministro para deducir de ella las oportunas consecuencias. Y no digo más.

El Sr. Ministro de Hacienda (Bergamín): Pido la palabra.

El Sr. PRESIDENTE: La tiene S. S.

El Sr. Ministro de Hacienda (Bergamín): La proposición de mi particular amigo y correligionario el Sr. Torres tiene dos extremos, a uno de los cuales se adhiere el Gobierno de una manera incondicional. Todo lo que sea fomentar por cualquier medio que esté al alcance del Estado elementos de vida para la población de La Línea, tan digna como todas las demás de España de la atención del Poder ejecutivo, tiene desde luego nuestro absoluto beneplácito, y esperamos que se traduzca en algo concreto de petición para demostrar que no es vana la promesa, y que los hechos responderán a las palabras.

Pero la orientación que tiene en el segundo extremo, aquella de establecer en La Línea una zona franca, es, a mi juicio, tan digna de estudio, como que de antemano todo Ministro de Hacienda sentiría respecto de ella una gran prevención. No hay que olvidar dónde se encuentra La Línea, que sin poder remediarlo es el punto de choque necesario, indispensable, entre los elementos que en Gibraltar no se preocupan mucho del cumplimiento de nuestras leyes fiscales y las ambiciones y el deseo natural que todo el mundo tiene de aprovechar las ventajas que eludir el impuesto fiscal proporciona.

Extender con una zona franca la esfera de acción de Gibraltar sería en un doble aspecto peligroso: en el aspecto puramente fiscal, peligrosísimo; pero en otro orden de ideas, aún más grave el peligro, porque sería extender el radio de acción de la plaza de Gibraltar a toda esa zona que se le diera como zona franca. Y claro está, en ese último extremo de la proposición, el Gobierno no puede aceptarla, ni permitir que sea tomada en consideración, a no ser que la Cámara opinara lo contrario.

El Sr. TORRES BELEÑA: Pido la palabra.

El Sr. PRESIDENTE: La tiene S. S. para rectificar.

El Sr. TORRES BELEÑA: Me había anticipado a la respuesta de mi respetable amigo el Sr. Ministro de Hacienda, y ya me adelanté a cuanto se relacionaba con ese temor que asalta al Sr. Bergamín, que es el que para mí tiene más importancia, porque aun cuando lo que pueda relacionarse con el interés fiscal y con ese temido choque de in tereses legítimos y falsos, no deja de tener gravedad, mucha mayor la tiene, Sr. Ministro de Hacienda, lo que S. S. ha manifestado, o sea el temor del Gobierno de que la petición que la proposición entraña pueda dañar un interés que está por encima de todos los intereses.

El Sr. Bergamín conoce admirablemente el Campo de Gibraltar, conoce La Línea de la Concepción y conoce Gibraltar, y sabe perfectamente que lo que se pretende, que lo que se busca en la proposición es precisamente lo contrario de lo que él teme. Hoy día, ¿no entran y salen los individuos que en Gibraltar habitan, con toda libertad? ¿No tienen propiedades del otro lado de la frontera? ¿No pueden usar de sus derechos al amparo de la Constitución y de las leyes? ¿No es de hecho La Línea una prolongación de Gibraltar? ¿Es que puede dañar la zona franca al interés patrio? Lo único que puede haber es que la proximidad permita que aquellos que en la zona franca se dediquen o pretendan defraudar al Tesoro lo hagan como hoy pueden hacerlo en las inmediaciones de Port-Bou e Irún, en Navarra y en la raya de Portugal. Eso ocurrirá en las proximidades de todas las fronteras, en España y en todas las naciones que tengan fronteras.

Su señoría ha obtenido hace poco de la Cámara sanciones muy duras contra los delitos de defraudación y contrabando, y me parece que a La Línea de la Concepción, al revés, de aquella región que yo represento sólo han salido placemes, a pesar de la dureza de muchos de esos preceptos, y es por la razón suprema de que al que no trata de delinquir poco le importa que sean más o menos duros los castigos que se impongan al que falta a sus deberes, y por eso la inmensa mayoría de la población no se ha preocupado ni ha acudido a su representante para que viniera aquí con enmiendas, ni formulase siquiera la más pequeña indicación en el seno de la Comisión de Hacienda, de la cual me honro en formar parte, para que se atenuase ninguno de los preceptos consignados en ese proyecto ya aprobado del Gobierno de S. M.

Su señoría tiene medios: con disponer que aquellos que sirven o deben servir los intereses del Fisco cumplan estrictamente con su deber, está adelantando mucho camino para disipar esos temores que asaltan a S. S.; pero no es caritativo, en estos momentos, el cerrar la puerta tan en absoluto a la esperanza que ha hecho concebir a mis representados el haber redactado esa proposición en forma tan moderada y con finalidad tan modesta, pues en ella se deja en libertad al Gobierno para poder llegar a esa finalidad en la forma que estime más conveniente.

¿Por qué razón esa repulsa? ¿Por el interés político? ¿Es que pretendemos los firmantes de la proposición regalar a Gibraltar o a la nación inglesa un pedazo del territorio patrio? Pues el depósito franco y la zona franca son remedios indicados, antes que por este Diputado, por alguien que representa al Gobierno de S. M.

Al Sr. Ministro de la Gobernación entregó no hace mucho el gobernador militar del Campo de Gibraltar, el digno general Villalba, una Memoria explicando lo hondísimo de la crisis que allí se atraviesa, cómo había bajado la recaudación por consumos en La Línea, cómo la vida era allí imposible y cómo el único medio, ya que había dificultades para la habilitación de la Aduana, era conceder algo, dentro de la esfera del derecho y de la legislación, para que allí se pudiera vivir.

En segundo lugar, se nombró por el Sr. Cambó un alto empleado, titulado defensor de los intereses del Tesoro contra el fraude... (El Sr. Presidente agita la campanilla.) Voy a terminar, Sr. Presidente, y le ruego a S. S. que no me toque la campanilla; ya sé que S. S. está sufriendo al ver el sufrimiento que me produce la defensa de una causa justa y la forma en que ha sido recibida por el Gobierno.

Decía que este funcionario de gran retribución, de gran renombre, de gran inteligencia y de una hoja de servicios intachable, que al mismo tiempo es un general que viste el honroso uniforme militar, ha dicho en todas partes y en todas las formas —no sé si lo dijo en papel de oficio, porque no soy de los iniciados en las cuestiones de Gobierno— que el único remedio para que La Línea no perezca es establecer la zona franca.

Me parece, señores, que con estos precedentes y después con las firmas de las ilustres personas que han secundado mi demanda y autorizan la proposición, que son todas ellas españoles de corazón, podría S. S. haber buscado otro argumento y no apelar al interés patrio para fundamentar su negativa. Se trata no de un mezquino interés político ni de un minúsculo interés de partido, ni de un insignificante interés de distrito; se trata de algo más grave, más importante y de mayor trascendencia.

El Sr. Ministro de Hacienda, en nombre del Gobierno, sólo ofrece a La Línea de la Concepción que el Gobierno verá la manera de que aquella situación no continúe; mucho más hubiera agradecido a su señoría que hubiera añadido algunas palabras que hubieran servido de consuelo a aquella comarca, porque, dado el gran talento de S. S. y los medios de que dispone, bien podía haber indicado cuál podría haber sido la solución que el Gobierno ofrecía para intentar un remedio al mal.

Lamento no poder compartir mi opinión con el criterio de su señoría, que no puede satisfacer a aquellos en cuyo nombre hablo. Mis representados ya saben lo que pueden esperar de este Gobierno conservador.

Por eso yo, Sres. Diputados, solicito de la Cámara que sobre ella se pronuncie. Tengo que cumplir hasta el fin con mi deber y con el mandato recibido. Entrego la proposición a aquellos que me honraron suscribiéndola y honraron a la región que represento considerando justa y legítima su petición. Ellos considerarán si es o no oportuna una votación. No puedo decir más respecto a la proposición; lo único que hago es no retirarla.”

Hecha la oportuna pregunta por el señor Secretario (Ruiz Valarino), no fue tomada en consideración la proposición.

 

 


 

 

 

 

 


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