domingo, 26 de julio de 2026

¿Sabías Que...? En la Velada de 1975 Antonio Cruz de los Santos escribió "Don Cascarrabia y su Esposa en la Feria"

 






DON CASCARRABIA Y SU ESPOSA EN LA FERIA

Los personajes de esta fábula no son ficticios, son tan reales como ustedes y como yo. Pero no trate de localizarlos, porque están reproducidos infinidad de veces en los cincuentones que, pese a todos los pesares, sienten la llamada de la fiesta como si sólo tuviesen veinte años. Oigámosles.

CASCARRABIA: Aquí hay demasiada gente; no se puede andar. ¡Eh!, oiga, a ver si mira donde pone los pies! ¡No te digo?... ¡Pero si todavía no saben ni andar!

ESPOSA: Déjalo, hombre, no hagas caso.

—Tú como siempre; que no haga caso. Si por ti fuera no te importaría que nos aplastasen.

—Vamos a ver, ¿qué adelantas con protestar, si esto es lo normal en las muchedumbres?

—¿Pero tú comprendes que se puede aguantar que lo pisen a uno? (Una voz) ¡Cerveza fresca!... ¡No quiero cerveza! ¡Agua fresca de la fuente del Avellano!... ¡No, no quiero agua, ni quiero cerveza!

EN LA PLAZA DE TOROS

—Atiende a la corrida, hombre, que va a empezar.

—Pues eso es lo que hace falta, que empiece, pero que dando cates a los que molesten a los demás.

—Mira, mira, ya están desfilando;

—¿A eso llamas tú desfile?, eso es una birria, ¿no ves a ese torero que parece ir detrás de un arado? ¡Pero, hombre, quién ha visto... (Suena el clarín) Y ahora que salga un becerro... ¡no lo digo yo! ¡eso es una cabra!

—Cállate, hombre, vaya tarde que me estás dando. Te vas a quedar ronco.

—¿Pero tú no ves que el bicho está en la edad del biberón? (Suenan aplausos). ¡No, señor, no! ¿De qué? Esas faenas no están bien... ¡El pie, que está metiendo el pie...!

—Tú sí que estás metiendo la pata. ¡Cállate de una vez!

—¿No ves que tío más malo? (Voces de olé y aplausos) ¿Qué es lo que aplauden? ¿pero cuándo ha visto esta gente torear toros de verdad, no ahora! (Una voz: Y ahora, que dice usted) (Palmas) —Yo digo que (Palmas) Yo digo que esa faena no vale na. Usted sí que no entiende de toros ni de na.—El que no sabe lo que habla es usted... ¿Qué yo no entiendo de toros? El ignorante es usted, so tío malage...

—¡Cállese si no quiere que le dé un guantazo!

—¿A mí, un guantazo a mí?

—¡Ay! qué irritación me estás dando. Por Dios, deja a la gente en paz.

—¡Sí!, a usted le doy yo un guantazo! (Suena un bofetón) —¡Ay!, que ese tío me ha dado una torta...

—Ay, madrecita, qué sufrimiento.

—¡Soltarme! ¡Soltarme, que a ese tío me lo como. Que a mí no ma habido quién me toque la cara... Y ese tío, dejadme! ¡que no se vaya! ¡que no se vaya, que voy a devolverle la torta!...

—Déjalo; ya se fue. ¡Qué tarde me estás dando!

—¿Sí? Pues mira la que me han dado a mí. (Una voz) —Y que ha sido una torta de las de ahora... —¿Quién ha sido ese que ha hablado! ¡Venga, que yo le vea!

—No salgo contigo más ni a coger monedas de cinco duros. ¡Ay, qué tarde me estás haciendo sufrir!

—Ya te lo decía yo: hoy no se puede ir a ninguna parte; el mundo está lleno de gamberros, (Palmas y música) Vámonos, esto no se puede aguantar.

EN LA BULLA DEL PASEO

—¡Ea, ahora metidos en la bulla!... y lo peor es que no avanzamos un paso... Y aguante usted empujones... ¡no lo digo yo! ¡Esto no se puede tolerar!

—Cálmate, hombre, ya saldremos de aquí.

—Sí, saldremos, saldremos... naturalmente que saldremos, no faltaría más! Y tú, como siempre, que aguante que espere... ¡Ay, ay, ay que pisotón me han dado! ¿Quién, quién ha sido?

—No hagas caso, hombre; a mí también me han pisado y no digo nada.

—No quiero que le hagas nada pobrecito, ¿no ves que es un niño?

—Que no le haga nada ¿eh?

—¡Ay! Me ha dao una patá en la espinilla y se me escapa! (una voz) —No empuje usted, amigo.— ¿Amigo? Yo no soy amigo de usted.— Ni hace falta que lo diga.

—No hagas caso; sigue, hombre, salgamos de aquí...

EN UN BAR

—¿Tú crees que esta bien pagar doce duros por cuatro gambas y dos cervezas calientes? ¿está eso ni medio bien?

—Estamos en feria, todo se pone más caro, es natural ¿no te parece?

—Me parece natural que suban algo, pero elevar los precios al mil por cien es un robo descarado.

—Por favor, hombre, que ya tengo las gambas en la boca del estómago ¿un trabuco? Allí, cuando menos tiene uno la oportunidad de defenderse.

—¿Quién, yo?! ¡Ni hablar del peluquín! ¡ni faltaría más! ¡no faltaría más! Los gastos corren a cuenta del novio de tu hija, que me dio mil pesetas y las entradas de la corrida.

—De nuestro futuro yerno, debes decir.

—Eso, déjalo para otra ocasión, que la niña es muy pava, y mientras no la vea ante el cura en el altar, no debemos cantar victoria.

—Calla, no digas eso... nos pueden oír, habla más bajo.

—Vaya, que tampoco puede uno decir lo que siente, ni desahogarse siquiera. Está buena la cosa. (Voces de pregoneros) ¡Patatas fritas!... No queremos patatas. ¡Agua fresca!... No, no queremos agua.— El limpia, ¿Le limpio caballero? —No, no quiero que me limpien, no quiero, ¡no! A ver si se enteran de una vez! —El globito, el pitito, para el nene, para la nena— No queremos globitos; no queremos nada, no tenemos nene.

—No hagas caso, hombre. Los vendedores no te ofrecen para que les contestes si no quieres; ellos pasan de largo y en paz.

—No me negarás que es chocante esta invasión de vendedores... ¡No, no quiero retratarme, ni quiero gaseosa, ni caramelos, ni agua, ni pitos, ¡¡¡NO QUIERO NADA!!! —El globito para el nene, para la nena... Eh! oiga eche para otro lado el palo ¿Pues no me iba metiendo el palo en un ojo? Habrése visto... ni que estuviera ciego. ¡Ea, vámonos ya, quitémonos de aquí. Vamos a sentarnos en cualquier sitio donde estemos tranquilos.

—Yo también quiero sentarme, me duelen los pies. El novio de la niña dijo que fuéramos a la caseta por si queríamos bailar un poco.

—Bueno, sí, pero...

—Pero, ¿qué?

EN LA CASETA

¡Ay que ver! Me has hecho salir a la pista... estoy avergonzado ¡Mira qué bailando a mis años!

—No gruñas. ¡Ya no te acuerdas de tus buenos tiempos, cuando nos traías locas a las muchachas de la calle?

—No me lo recuerdes, parienta. Si volvieran aquellos tiempos... con la experiencia que hoy tenemos y con muchos años menos... Si las cartas se jugaran dos veces...

—Termina las frases ¿qué es lo que quieres dar a entender? ¡Vamos, habla!

—Pues... que no me volvería a casar si no es contigo, so fea, que no sé de dónde sacas la paciencia para aguantar a este cascarrabia.

—No es paciencia, es que te quiero tal como eres, sin quitarte ni ponerte nada.

—La verdad; no te entiendo.

—Está clarito, hijo mío. Con tu carácter de erizo chamuscado no hay peligro de que otra mujer te haga cucamonas ¿me entiendes ahora? Y además porque eres un ogro de pega, porque después de gruñir un poco te vuelves suave y dulce como un niño.

—¡Ay! ¡ayyyyy!

—¿Qué te pasa?... ¡me has asustado!

—Que me has pisado el callo, ea caramba... y tú pesas como un hipopótamo aburrido.

—Dispensa, hombre, ha sido sin querer.

—No faltaba más que eso, que hubiera sido queriendo... ¡No lo digo yo!

EN LA BUÑOLERÍA

—Mozo!... aquí, por favor. Sí, aquí. Sírvanos cuatro docenas de buñuelos.

—¿Cuatro? ¿te has vuelto loco?

—Tú te callas. He dicho cuatro docenas y basta.

—¿Pero quién se los va a comer?

—Lo he dicho, o te callas o pido ocho docenas.

—Es que tú no sabes lo que dices...

—Sshhiisss, a callar... o pido dieciséis docenas.

—Está bien, tú ganas, me callo.

—Así me gusta.

—¿Qué haces ahora?

—Busco las gafas, quiero leer la lista de precios, y no las encuentro.

—Te las dejarías en casa. Yo te lo leeré. Café, 15 pesetas; Cacao, 15 pesetas.

—Oye, rica, ¿has leído bien?

—Copa de coñac, 30 pesetas...

—Nada hombre, que está resultando cierto lo del atraco sin trabuco.

—Aguardiente, 30 pesetas. Los precios de las bebidas varían según las marcas. Buñuelos, la docena cuarenta pesetas...

—¡Buff! ¡Buff!...

—¡Qué te pasa! ¡qué te ocurre!... toma un poco de agua...

—Ay, Ay, vidita, ya... ya se me pasó... creí que me ahogaba ¿Qué, que dijiste de los buñuelos; creo que no oí bien. ¿No te has equivocado? Lee, bien por tu salud.

—He leído bien, no me he equivocado. Aquí dice: docena de buñuelos cuarenta pesetas.

—Que me vuelve... que me vuelve el ahogo... agua, dame agua.

—Bebe y serénate que no es para tanto.

—Ya, ya pasó ¡Qué abuso! esto es el colmo. Oiga camarero...

—¿Para qué quieres el camarero?

—Para decirle las cuatro verdades que nadie le ha dicho.

—Antes de irnos voy a decirle al camarero que estos precios son un robo descarado. Quiero desahogarme diciéndole lo que se merece.

EN CASA

¡Qué cansada vengo!

—Y yo. ¡mira ésta! O tú no crees que a nuestros años un día de feria es cualquier cosa?

—Estoy muertecita. Los pies me hierven.

—Ahora que...

—No digas nada; sé lo que ibas a decir: que en casa lo hubiéramos pasado mejor, que ya no estamos para estos trotes; que has pasado una tarde de perros, que...

—Mujer, que no es por ahí.

—Como si yo no te conociera. ¡Vamos, hombre!

—Que no, caramba, que estás equivocada, lo que quiero decir es que hoy no me cambio ni por el marajá de Karputala; he disfrutado, me he paseado con mi vieja al brazo por el real de la Feria, he bailado como si tuviera veinte años y... me he peleado con todo el mundo.

—¿Te has vuelto loco?

—Ni lo co ni nada, lo que has oído. Dile a tu hija y a su novio que el próximo domingo iremos a los toros, después de cenar en cualquier caseta, bailaremos, nos subiremos en los carruseles, nos divertiremos, porque yo convido y eso estoy dispuesto a echar la casa por la ventana.

ANTONIO CRUZ

ÁREA — Viernes, 11 de julio de 1975

Extraordinario de Feria — La Línea






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¿Sabías que...? Tal día como hoy, 26 de julio de 1932: el Sindicato de Transportes de La Línea llamaba a la unión de los trabajadores

 







Tal día como hoy, 26 de julio de 1932, hace 94 años, circulaba por La Línea de la Concepción un manifiesto que nos permite asomarnos a una faceta especialmente interesante de la historia social de nuestra ciudad: la organización del movimiento obrero linense durante los primeros años de la Segunda República.

El documento, impreso en La Línea y encabezado por las siglas F.N.T., llevaba un título que no dejaba lugar a dudas sobre sus destinatarios:

«A los obreros del ramo del Transporte»

Era un llamamiento realizado por el Sindicato de Transportes de La Línea, organización adherida a la Federación Nacional del Transporte, dirigido principalmente a aquellos trabajadores del sector que todavía permanecían al margen de la organización sindical.

No estamos únicamente ante una hoja reivindicativa. Leída casi un siglo después, constituye una pequeña fotografía de la realidad laboral, política y social de aquella La Línea de 1932, una población donde los trabajadores de numerosos oficios comenzaban a organizarse en sociedades, sindicatos y agrupaciones profesionales para defender colectivamente sus intereses.

Un llamamiento a los trabajadores que todavía no estaban organizados

El manifiesto comienza dirigiéndose directamente al trabajador con un significativo «Compañero...».

A partir de ahí, la Directiva explica que el Sindicato de Transportes, cumpliendo lo que considera un deber social, quiere dirigirse especialmente a «todos los obreros no organizados».

Según los redactores del documento, permanecer fuera de una organización obrera provocaba un doble perjuicio: afectaba al propio trabajador y, al mismo tiempo, debilitaba al conjunto de sus compañeros.

El sindicato entendía que la dispersión de los trabajadores facilitaba que la denominada en el documento «clase patronal» pudiera aprovechar esa falta de organización para obtener el máximo rendimiento del trabajo en beneficio de sus propios intereses.

Frente a esa situación, el manifiesto proponía una solución muy concreta: organizarse y actuar colectivamente.

El Sindicato de Transportes se presentaba así como el instrumento a disposición de los trabajadores para defender sus intereses y reivindicaciones.

Un sindicato formado por diferentes oficios

Otro detalle interesante del documento es la manera en que describe su propia organización.

No se trataba únicamente de agrupar a trabajadores dedicados exactamente a una misma ocupación. El Sindicato de Transportes estaba estructurado mediante secciones afines de oficios y profesiones, intentando reunir bajo una misma organización a diferentes trabajadores vinculados de una u otra manera con el sector.

La intención era crear una estructura sólida en la que las distintas actividades relacionadas con el transporte pudieran actuar conjuntamente.

El manifiesto defendía además una amplia libertad de pensamiento entre sus integrantes, aunque siempre dentro de la orientación sindical y de clase que caracterizaba a la organización.

Su lenguaje refleja perfectamente el clima político y sindical de aquellos años. Aparecen conceptos como lucha de clases, emancipación obrera, explotación, organización gremial o socialización de la industria, expresiones habituales en buena parte de la propaganda obrera del periodo.

El transporte como pieza fundamental de la economía

El texto contiene además una reflexión particularmente interesante sobre la importancia económica del transporte.

Los responsables del Sindicato lo definían como un:

«factor primordial en el desenvolvimiento comercial».

Esta afirmación adquiere especial significado si pensamos en la situación de La Línea de la Concepción y el Campo de Gibraltar en aquellos años.

El transporte era indispensable para el movimiento de personas y mercancías, para el abastecimiento, para las comunicaciones y para una actividad comercial estrechamente relacionada con la posición geográfica de la ciudad y su proximidad a Gibraltar.

Por ello, los redactores consideraban contradictorio que quienes desempeñaban una actividad tan necesaria para el funcionamiento económico permanecieran dispersos y sin una organización común capaz de defender sus intereses.

Su propuesta era clara: unificar a los trabajadores del ramo.

Una generación nacida en plena transformación

El manifiesto señala igualmente que los trabajadores del transporte estaban viviendo un periodo de profunda «revolución técnica y económica».

Resulta una expresión muy reveladora.

Durante las primeras décadas del siglo XX, los sistemas tradicionales de transporte convivían con nuevas formas de movilidad y comunicación. El desarrollo del automóvil, los camiones y los servicios mecanizados estaba transformando progresivamente las ciudades y las relaciones comerciales.

Los redactores del manifiesto consideraban que aquella nueva generación de trabajadores, precisamente por su juventud y entusiasmo, debía avanzar al mismo ritmo que esos cambios.

Pero para hacerlo —según defendían— era imprescindible organizarse en secciones gremiales, coordinadas bajo una dirección común.

Una reivindicación que iba mucho más allá de La Línea

Aunque el documento estaba dirigido específicamente a los trabajadores linenses, sus autores situaban aquella iniciativa dentro de un proyecto sindical mucho más amplio.

La Federación Nacional del Transporte pretendía, según se explica en el manifiesto, extender sus organizaciones por todo el país e incorporar a trabajadores de las diferentes actividades relacionadas con el transporte.

De esta manera, el sindicato local se concebía como una pieza de una estructura de mayor alcance.

Lo que estaba ocurriendo en La Línea formaba parte, por tanto, de un fenómeno que se desarrollaba simultáneamente en numerosas ciudades españolas: la expansión de las organizaciones obreras y la agrupación de los trabajadores por ramas profesionales.

El Sindicato de Transportes tenía su sede en Pablo Iglesias, 9

Y entre las grandes declaraciones políticas y sindicales encontramos uno de esos pequeños detalles que convierten estos documentos en fuentes extraordinariamente valiosas para reconstruir la historia cotidiana de nuestra ciudad.

El manifiesto proporciona la dirección exacta del Sindicato:

Pablo Iglesias, número 9.

Allí se encontraba en julio de 1932 el domicilio social del Sindicato de Transportes de La Línea.

El documento anunciaba que, desde el mismo momento de hacerse pública aquella hoja, se recibirían en esa sede las adhesiones de todos aquellos trabajadores que quisieran incorporarse a la organización.

Es fácil imaginar aquel local sindical en la La Línea de 1932: trabajadores entrando y saliendo, reuniones, conversaciones sobre salarios y condiciones laborales, afiliaciones, asambleas y discusiones sobre los problemas de los diferentes oficios.

Una simple dirección conservada en un documento nos permite hoy situar físicamente una pequeña parte de aquella intensa vida asociativa.

«Solamente la unión constituye la fuerza»

Todo el contenido del manifiesto desembocaba finalmente en una frase que resumía perfectamente la filosofía de sus redactores.

La Directiva se dirigía nuevamente a los trabajadores y les advertía:

«Tened en cuenta compañeros, que los obreros diseminados no tienen ningún valor y que solamente la unión constituye la fuerza.»

Era, en definitiva, la idea central de todo el documento: frente a la actuación individual, organización colectiva.

El manifiesto terminaba firmado simplemente por:

LA DIRECTIVA

y debajo aparecía la fecha:

La Línea, 26 de julio de 1932.

Impreso también en La Línea

Hay todavía otro pequeño detalle que merece ser destacado.

En la parte inferior de la hoja aparece:

«Imprenta OBRERA – La Línea»

Por tanto, no solo nos encontramos ante un documento producido por una organización sindical linense, sino también ante una publicación impresa en nuestra propia ciudad.

Este tipo de impresos —manifiestos, reglamentos, convocatorias, hojas informativas y proclamas— desempeñaba un papel fundamental en una época en la que no existían los actuales medios de comunicación.

Las hojas podían repartirse entre los trabajadores, colocarse en determinados establecimientos o circular de mano en mano.

Gracias a la conservación de algunos de aquellos documentos podemos conocer hoy directamente, sin intermediarios, qué decían aquellas organizaciones y cómo se dirigían a los trabajadores de La Línea.

La Línea obrera de 1932

El documento del 26 de julio debe contemplarse además dentro de una realidad mucho más amplia.

La Línea de comienzos de los años treinta era una ciudad en la que existía una importante tradición de sociedades obreras, agrupaciones profesionales, sindicatos y entidades de socorro y ayuda mutua.

Trabajadores pertenecientes a distintos gremios se organizaban para afrontar problemas que individualmente resultaban mucho más difíciles de resolver: condiciones laborales, accidentes de trabajo, enfermedad, desempleo, asistencia a las familias o defensa de determinadas reivindicaciones profesionales.

Algunas organizaciones tenían un carácter fundamentalmente asistencial; otras eran claramente sindicales y reivindicativas. En muchos casos ambas funciones podían encontrarse estrechamente relacionadas.

El manifiesto del Sindicato de Transportes pertenece claramente a esta segunda vertiente. Su lenguaje no es simplemente mutualista: plantea una concepción política y social del trabajo y reivindica la organización de los trabajadores como instrumento para transformar sus condiciones.

Por eso este documento tiene un interés que supera ampliamente la historia de un sindicato concreto.

Nos habla de cómo pensaban, cómo se organizaban y cómo se expresaban algunos sectores del movimiento obrero linense en 1932.

Un pequeño papel que conserva una parte de nuestra historia

Han transcurrido 94 años desde aquel 26 de julio de 1932.

Muchos de los nombres, establecimientos, asociaciones y locales que formaban parte de aquella ciudad han desaparecido. Las calles han cambiado, también las formas de trabajar y, naturalmente, las relaciones laborales.

Pero documentos como este permanecen.

Una sencilla hoja impresa nos proporciona una fecha, una organización, una dirección, una imprenta y, sobre todo, el pensamiento y las reivindicaciones de un grupo de trabajadores de nuestra ciudad.

Es precisamente ahí donde reside buena parte del valor de estos documentos aparentemente modestos.

Porque la historia de La Línea de la Concepción no está formada únicamente por grandes acontecimientos, autoridades, edificios o celebraciones. También la construyeron los trabajadores, sus asociaciones, sus reuniones, sus problemas cotidianos y las organizaciones que crearon para intentar mejorar sus condiciones de vida.

Y aquel 26 de julio de 1932, desde su domicilio social de Pablo Iglesias, número 9, el Sindicato de Transportes lanzaba a los trabajadores linenses un mensaje que resumía toda su filosofía:

la fuerza estaba en la unión.





¿Sabías que...? Tal día como el, 19 de junio en 1928: la Sociedad de Braceros de Carbón “La Igualdad” aprobaba su Reglamento de Socorros

 








¿Sabías que...? Tal día como hoy, 19 de junio de 1928: la Sociedad de Braceros de Carbón “La Igualdad” aprobaba su Reglamento de Socorros

Tal día como hoy, 19 de junio de 1928, quedaba fechado en La Línea de la Concepción el reglamento por el que debía regirse la Sección de Socorros de la Sociedad de Braceros de Carbón denominada “La Igualdad”, una organización creada para atender las necesidades de los trabajadores dedicados a la carga y descarga de carbón mineral en el puerto de Gibraltar.

El documento conservado constituye un valioso testimonio sobre la organización obrera y los sistemas de ayuda mutua existentes entre los trabajadores linenses durante las primeras décadas del siglo XX. A través de sus artículos podemos conocer cómo aquellos trabajadores intentaban protegerse colectivamente frente a los accidentes laborales, las incapacidades y los fallecimientos.

La Sociedad de Braceros de Carbón “La Igualdad”

La actividad relacionada con el carbón tuvo durante muchos años una enorme importancia económica en el entorno de la Bahía de Algeciras.

Numerosos trabajadores de La Línea estaban vinculados a las labores de carga y descarga de carbón mineral en Gibraltar, un trabajo duro, físico y sometido a importantes riesgos laborales.

Las largas jornadas, el esfuerzo continuo y la posibilidad de sufrir accidentes hicieron necesaria la creación de sociedades de ayuda mutua, mediante las cuales los propios obreros aportaban cuotas periódicas para crear un fondo común destinado a socorrer a los compañeros que atravesaban situaciones difíciles.

La Sociedad de Braceros de Carbón “La Igualdad” nació dentro de esa tradición asociativa obrera, basada en la solidaridad entre trabajadores.

Una sección dedicada a los socorros

El reglamento estaba destinado específicamente a organizar la Sección de Socorros de la sociedad.

Según el primer artículo, para poder disfrutar de sus beneficios era imprescindible:

  • Pertenecer a la Sociedad.
  • Ejercitarse en la carga y descarga del carbón mineral en Gibraltar.
  • Estar al corriente del pago de las cuotas.

Es decir, la ayuda no era automática, sino que estaba vinculada a la pertenencia activa a la organización y al cumplimiento de las obligaciones establecidas.

Protección ante los accidentes de trabajo

Uno de los principales objetivos del reglamento era atender a los trabajadores que sufriesen accidentes durante su actividad.

El artículo segundo establecía que el socio que sufriera un accidente que le impidiera continuar trabajando debía comunicarlo a través del delegado de trabajo, quien trasladaría la información a la dirección de la sociedad.

El reglamento contemplaba incluso los casos en los que el trabajador se encontrase dentro de un táper o barco carbonero cuando ocurriese el accidente, dejando claro que las labores relacionadas con el carbón se desarrollaban en ambientes peligrosos y con frecuentes riesgos.

Los socorros económicos

El reglamento fijaba las cantidades que podían recibir los trabajadores accidentados.

Una vez comprobado el accidente y cumplidos los requisitos establecidos, el trabajador podía percibir una ayuda económica diaria mientras permaneciera incapacitado.

También se regulaban las situaciones de inutilidad parcial o total, estableciendo indemnizaciones para aquellos socios que, debido a un accidente, no pudieran continuar desempeñando su oficio.

El documento diferencia entre:

  • Inutilidad parcial: cuando el trabajador no podía dedicarse a su trabajo habitual, pero conservaba alguna capacidad laboral.
  • Inutilidad total: cuando quedaba imposibilitado para realizar cualquier clase de trabajo.

Para acreditar estas situaciones era necesaria certificación médica del facultativo correspondiente.

Ayuda en caso de fallecimiento

El reglamento también contemplaba la situación más dramática: la muerte de un asociado.

Los artículos dedicados a las defunciones establecían ayudas económicas para los familiares del trabajador fallecido.

Podían recibir estos socorros:

  • La compañera del fallecido.
  • Los hijos.
  • Los padres.
  • Los hermanos.

En aquellos años, cuando la pérdida del salario de un trabajador podía dejar a una familia en una situación de extrema dificultad, estas ayudas representaban una importante red de protección.

Las cuotas de los asociados

El mantenimiento de la sección dependía de las aportaciones de sus propios miembros.

El reglamento establecía una cuota semanal de cincuenta céntimos, aunque debido a la naturaleza eventual del trabajo se contemplaba la entrega de cantidades superiores cuando los socios estuvieran parados por causas ajenas a su voluntad.

El incumplimiento de las obligaciones podía suponer la pérdida del derecho a recibir los beneficios del socorro.

La idea era clara: todos los trabajadores contribuían para que cualquiera de ellos pudiera ser ayudado cuando lo necesitara.

Una organización basada en la solidaridad obrera

Uno de los aspectos más interesantes del reglamento es comprobar cómo los propios trabajadores creaban mecanismos de protección mucho antes de la existencia de los actuales sistemas públicos de seguridad social.

La Sociedad de Braceros de Carbón “La Igualdad” funcionaba como una auténtica mutualidad obrera:

  • Los trabajadores aportaban cuotas.
  • Existía una dirección encargada de administrar los fondos.
  • Se exigían certificados médicos.
  • Se controlaban los accidentes.
  • Se establecían ayudas para enfermedad, incapacidad y fallecimiento.

Todo ello demuestra la importancia que tuvieron las sociedades obreras y mutualistas en la vida cotidiana de las clases trabajadoras.

La gestión de los fondos

El reglamento también establecía normas para garantizar la administración del dinero.

Los fondos de la Sección de Socorros debían depositarse en una entidad bancaria, concretamente en la Caja Postal de Ahorros, a nombre de la sociedad.

Para retirar cantidades era necesaria la intervención de varios cargos directivos, entre ellos:

  • El presidente.
  • El tesorero.
  • El contador.
  • Dos socios.

De esta forma se intentaba garantizar un control colectivo de los recursos.

Un documento fechado en La Línea el 19 de junio de 1928

El reglamento termina con una referencia histórica de gran valor:

“La Línea de la Concepción, 19 junio 1928”

Y aparece firmado por representantes de la organización:

El Vicepresidente
José Carbonell

El Secretario
Juan Aguilar

Estas firmas ponen nombre a quienes participaron en la organización y aprobación de unas normas destinadas a proteger a sus compañeros de trabajo.

Memoria de los trabajadores del carbón

Hoy, casi un siglo después, este reglamento permite recuperar una parte poco conocida de la historia social de La Línea.

No habla de grandes acontecimientos ni de personajes destacados, sino de algo mucho más cercano: la vida diaria de unos trabajadores que afrontaban un oficio duro y peligroso, y que decidieron organizarse para ayudarse mutuamente.

La Sociedad de Braceros de Carbón “La Igualdad” representa el esfuerzo colectivo de aquellos hombres que, mediante la solidaridad y la organización, buscaron mejorar las condiciones de vida de sus familias y compañeros.

Un pequeño documento administrativo se convierte así en un valioso testimonio de la historia obrera linense y de aquellos trabajadores que hicieron posible, con su esfuerzo, una parte fundamental de la economía de la Bahía.

Imagen generada por IA




REGLAMENTO POR EL CUAL HA DE REGIRSE LA SECCIÓN DE SOCORROS DE LA SOCIEDAD DE BRACEROS DE CARBÓN DENOMINADA "LA IGUALDAD"


Artículo 1º.- Para adquirir los beneficios de esta Sección de socorros, es imprescindible pertenecer a esta Sociedad, ejercitarse en la carga y descarga del carbón mineral en Gibraltar y estar al corriente de sus cuotas.

Artículo 2º.- Todo asociado que sufra un accidente en el trabajo, siempre que le impida continuar trabajando, será llevado por nuestro delegado de trabajo a la asistencia facultativa en Gibraltar, dando conocimiento al mismo tiempo a la Federación Patronal y acto seguido a nuestra directiva en Secretaría.

Artículo 3º.- El socio accidentado estuviere en un vapor de carbón, en el cual le hubiere ocurrido el siniestro, hasta no terminarse dicho trabajo no percibirá socorro alguno por ser socorrido con la parte que los trabajadores le pasan.

Artículo 4º.- Una vez dejado de percibir la parte del trabajo percibirá la cantidad de tres pesetas diarias hasta que el facultativo le diere de alta, si la lesión pasara de sesenta días percibirá una peseta cincuenta céntimos a partir de esa fecha.

Artículo 5º.- Antes de percibir dicho socorro, el Delegado del trabajo se informará de forma y lugar que fué ocurrido el accidente y si se comprobara que el mismo ocurrió por causas ajenas al trabajo no tendrá el lesionado derecho alguno.

Artículo 6º.- Es de imprescindible necesidad para comprobar el accidente presentar en esta Secretaría el parte de asistencia facultativa, que corresponda.

Artículo 7º.- Solo se consideran accidentes las lesiones ó heridas producidas por traumatismo en el trabajo, sin derecho los casos que el facultativo certifique no haber encontrado lesión o alteración funcional de ninguna clase, si el siniestrado no estuviere conforme con el acto facultativo recurrirá de esta Directiva una rectificación o reconocimiento del facultativo que la Sección de socorros elija.

CAPÍTULO 2º. DE LAS INUTILIDADES

Artículo 8º.- Cuando cualquier socio se inutilizara por accidente de trabajo ó de resulta del mismo siempre que este ocurra en las condiciones que prescribe el artículo quinto de esta Sección, y de acuerdo con todas las prescripciones reglamentarias recibirá una indemnización por parte de esta Sociedad en la forma siguiente.

1º.- Cuando la inutilidad sea declarada parcial legalmente justificada recibirá el asociado la cantidad de setenta y cinco pesetas, en los casos de inutilidad total percibirá la indemnización de ciento cincuenta pesetas, estas cantidades serán satisfechas al día siguiente de ser tomado el acuerdo en Junta General.

2º.- La inutilidad parcial se considera cuando se justifique que el asociado no puede dedicarse a su trabajo habitual.

3º.- Se considerará inutilidad total aquellas que prive al socio dedicarse a ninguna clase de trabajo.

Estas inutilidades habrán de justificarse.

4º.- Por certificación suscrita por el facultativo que asiste o haya asistido al inutilizado en la que ha de constar claramente expresada la inutilidad y origen de la misma.

5º.- Para tener derecho al socorro de inutilidad es imprescindible haber satisfecho las cuotas correspondientes a la fecha de diez y ocho meses a contar de la fecha de la aprobación de este Reglamento.

CAPÍTULO 3º. DE LAS DEFUNCIONES

Artículo 9º.- En caso de defunción de cualquier socio sea cualquiera la enfermedad que le ocasionase, la compañera del finado o parientes más cercanos que previa justificación a juicio de la Directiva tenga más derecho, percibirá la cantidad de cincuenta y cinco pesetas para los efectos de este artículo, se entiende por familia la compañera del socio esté o nó reconocida su estado civil, los hijos de ambos, aunque no estén reconocidos y los padres y hermanos del finado.

Artículo 10.- Para percibir derechos a socorro de entierro es de necesidad presentar en esta Secretaría por la parte interesada certificación legal de la defunción suscrita por el facultativo que le haya asistido en la enfermedad. Cuando se dé el caso que el finado no tenga familia reconocida, esta Directiva se encargará del sepelio.

Artículo 11.- Los padres y compañera del asociado que falleciera, percibirá el interesado la cantidad antes designada, para el sepelio, si el finado tuviera en su familia mas de un socio de socorro, la percibirá uno solamente.

Artículo 12.- Los hijos menores de catorce años que falleciera percibirá el socio la cantidad de treinta pesetas.

Artículo 13.- Los socios tendrán derecho a percibir este socorro, siempre que estén al corriente de su cuota que ha de ser el mínimo de trece, a partir de la fecha de la aprobación de este Reglamento.

Artículo 14.- Las cuotas serán de cincuenta céntimos semanales, pero a causa de ser nuestro trabajo eventual, se admitirán cantidades a cuenta, de las que se le entregarán comprobantes. Los socios que estuvieran parados por causas ajenas a su voluntad se le pondrá el sello de parado, teniendo derecho a los mismos beneficios.

Artículo 15.- El asociado que se dedicara a otro trabajo que no fuera en el carbón, tendrá derecho a los beneficios del socorro, sin con anterioridad a la fecha del accidente, dio conocimiento a esta Directiva, quedando de acuerdo de pagar sus cuotas correspondientes, quedando excluido de estos beneficios aquellos que no rellenen estos requisitos.

Artículo 16.- Si este Socoton de socorro tuviera un elevado numero de asociado y al mismo tiempo que presentara una o varias defunciones al mismo tiempo y los fondos ya agotados no respondiera a cubrir sus indemnizaciones, los primeros que serán socorridos serán los accidentados, buscando esta Directiva los medios mas factibles para atender a las defunciones.

Artículo 17.- Los socios que se ausentaran de la localidad no serán incluidos en la Sección de socorros, por no responder dicha Sección a los accidentes o defunciones que se ocasionaran fuera de la población.

Artículo 18.- Por ningún concepto se podrán destinar los fondos del socorro para otros objetos de la Sociedad, ni tampoco los de la misma podrán destinarse a aquellos a no motivarles en ambos casos; causas excepcionales y previo acuerdo de la Junta General, en el este artículo hay que exceptuar el sueldo del Delegado.

Artículo 19.- Los fondos de esta Sección de socorros serán depositados en el Correo Nacional en la Caja Postal de Ahorros a nombre de esta Sociedad, sección de Socorros, y para sacar cantidades de la misma se necesitará el visto bueno del Presidente con el sello de la organización, la presencia del tesorero, firma del contador, y asistencia de dos socios que se elijen.

Artículo 20.- En caso de disolverse esta Sociedad los fondos se destinarán a fines benéficos.

Artículo 21.- Quedan derogados y sin efectos todas las anteriores disposiciones reglamentarias y acuerdo de la Sociedad respecto a esta, desde la aprobación de este Reglamento, y todo lo concerniente a esta, habrá de regirse estrictamente por lo que el mismo preceptúa, salvo posteriores disposiciones que la Sociedad determine.

La Línea de la Concepción, 19 Junio 1928

El Vicepresidente
P. A.
José Carbonell

El Secretario
Juan Águilas




sábado, 25 de julio de 2026

¿Sabías que...? Tal día como hoy 25 de julio en 1979 El incendio de Almacenes Mérida marcó para siempre la memoria de La Línea

 








Un impresionante incendio, se declaró en las primeras horas de la madrugada, del 25, en el establecimiento comercial de Almacenes Mérida, en la calle de San Pablo. Éste alcanzó pronto grandes proporciones y no ha podido ser controlado hasta pasadas las siete de la mañana.

El fuego, cuyas causas se desconocen y que provocó una gran alarma entre el vecindario, destruyó totalmente los almacenes de tejidos y la vivienda de su propietario, Andrés Mérida Morillo, habiendo afectado también las llamas a varios edificios de la calle contigua de Isabel la Católica. Muchos de ellos se hallaron gravemente dañados, principalmente los ocupados por los establecimientos Paños Álvarez, Calzados Maruenda y la hospedería El Descanso.

Gracias a la colaboración de los bomberos y de numerosos vecinos, el fuego no llegó a propagarse a otro edificio próximo que, al principio, pareció correr mayor riesgo.

Intervinieron en la extinción del fuego los Servicios de Bomberos de La Línea, de la refinería Gibraltar y de Petresa, así como los de Algeciras y Estepona, todos los cuáles realizaron un gran esfuerzo hasta controlar el siniestro.

Cuando se consumó, un retén de bomberos permaneció en la zona afectada, apagando los últimos rescoldos.

También prestaron servicios valiosos miembros de la Policía Nacional, Guardia Civil, Policía Municipal, grupo de misiles «SAM y linenses anónimos que trabajaron incansablemente.

Desde; el principio del incendio estuvieron en el lugar el alcalde de la ciudad y casi todos los concejales, requiriéndose también la presencia de ambulancias de la Seguridad Social y de la Cruz Roja, aunque no fueron necesarios sus servicios.

Aunque se ignoran las causas del incendio, circularon varías versiones: por un lado, se dice que el fuego empezó en la calle; otros hablaron de que vieron algunos coches por el lugar momentos antes de iniciarse; otros, en fin, que las llamas partieron del interior de la planta baja que da a la calle de Isabel la Católica.

Se hicieron las oportunas indagaciones para determinar con exactitud cuáles fueron las causas verdaderas de lo que se calificó de desastre para la empresa, de la que dependían 110 familias linenses.

El propietario, Andrés Mérida, su esposa y una hermana de ésta pudieron abandonar el edificio gracias a una nieta de aquél, que al oír los ruidos que el fuego producía se asomó a una de las ventanas y vio que las llamas casi llegaban hasta donde ella se encontraba.

Inmediatamente, y sin apenas vestirse, las cuatro personas, pudieron salir de la vivienda por la puerta.

Las pérdidas se cifraron en varios centenares de millones de pesetas, y todo el establecimiento y la vivienda quedaron destruidos. Incluso fue pasto de las llamas la suma de alrededor, de un millón y media de pesetas en billetes que se hallaban en la caja del establecimiento como producto de las ventas de las últimas jornadas.

Según dice al ABC, Almacenes Mérida tenía concertada una póliza de seguros con la compañía La Unión Iberoamericana y Seguros IberbroK, con domicilio social en Sevilla.

Al día siguiente del Incendio. Un grupo subversivo que se autodenominaba con las siglas SO terminó con las especulaciones acerca de las causas de los incendios ocurridos el día anterior en La Línea, y que destruyeron total o parcialmente un centro y dos establecimientos comerciales, un hostal, un cine, la sucursal del Banco Central donde arrojaron un montón de paja impregnada en gasolina, en la sala de bingo de Real Balompédica y en dos solares de la calle Gibraltar.

Con esto se confirmaba las conclusiones a que se llegaba en el sentido de que las circunstancias que rodearon a los siniestros indicaban la intervención de mano airada más que achacarlo a la simple casualidad. Sobre las seis y media de la tarde la Policía Municipal de la población registraba una llamada telefónica efectuada por un hombre, al parecer Joven. Que dijo: «Somos SO. reivindicamos los sabotajes realizados hoy. Son los primeros de una larga lista. Diles que estáis todos condenados.»

La nota informativa de lo sucedido fue suministrada inmediatamente por la Alcaldía.

La prensa consultó a continuación diversos medios policiales acerca de la identidad del grupo subversivo que presumiblemente había efectuado el aviso, en los distintos medios de investigación y de Seguridad del Estado se afirmó que la identificación dada no se corresponde con ninguno de los ya detectados, ni a nivel local ni a nivel nacional, y que es la primera vez que conocía de la existencia del mismo, si es que existe.

En todo caso la llamada anónima pudo también haber sido efectuada por un psicópata con afán de notoriedad y que quisiera aprovecharse de las circunstancias, ya que no existía certeza absoluta sobre la existencia de los llamados SO.

Junto a evidencias como la Aparición de material combustible en una pared lateral al cine incendiado, la de personas que creyeron asimismo ver la presencia de dos automóviles en las cercanías de Almacenes Mérida (el más afectado de todos los edificios dañados), existía el testimonio de algunos vecinos que afirmaron haber oído una explosión antes de producirse el siniestro.

El alcalde de la Línea, señor Niebla, manifestó su sorpresa y desconocimiento de los autores de los hechos. «Lo que se pretende —dijo— es instrumentar a la opinión para fines ajenos y desconocidos y desestabilizar a la comarca.



El incendio declarado en Almacenes Mérida, de La Línea de la Concepción, constituyó uno de los siniestros más destacados por la magnitud de sus consecuencias. Las llamas se extendieron con rapidez por el establecimiento, provocando cuantiosos daños materiales y afectando incluso a otros locales y dependencias colindantes. La intensidad del fuego generó una gran columna de humo visible desde distintos puntos de la ciudad, mientras los vecinos contemplaban con preocupación la evolución del incendio.

La intervención de los bomberos resultó especialmente complicada, ya que a su llegada el fuego había alcanzado grandes proporciones, dificultando las labores de extinción y poniendo de manifiesto las limitaciones de los medios disponibles en aquel momento. La imagen refleja la dureza del siniestro, con los equipos de emergencia enfrentándose a un incendio que llegó a superar su capacidad inicial de respuesta y que dejó como recuerdo uno de los episodios más graves ocurridos en los comercios linenses.


Durante el incendio declarado en Almacenes Mérida, de La Línea de la Concepción, la gravedad del siniestro movilizó no solo a los equipos de bomberos, sino también a numerosos vecinos y voluntarios que acudieron para colaborar en las labores de auxilio y extinción. Su participación fue fundamental para apoyar a los servicios de emergencia, ayudando en las tareas necesarias ante la magnitud del fuego y el peligro que representaba para las instalaciones y los edificios próximos.

A pesar del esfuerzo conjunto de bomberos y voluntarios, la violencia de las llamas hizo que los trabajos de extinción resultaran especialmente difíciles. La fuerza del incendio superó los medios disponibles en aquellos momentos, prolongando una lucha contra el fuego que puso de manifiesto la solidaridad de los ciudadanos linenses, quienes se sumaron de forma espontánea para intentar controlar uno de los siniestros más importantes sufridos por la ciudad.



El incendio que arrasó Almacenes Mérida, de La Línea de la Concepción, dejó tras de sí un escenario de completa destrucción. Las llamas consumieron prácticamente todo el interior del establecimiento, acabando con las mercancías, instalaciones y enseres que se encontraban en su interior. La imagen muestra la magnitud del desastre, con un local reducido a restos calcinados y donde apenas permanecía en pie la estructura del edificio.

Tras la extinción del fuego, las consecuencias del siniestro evidenciaron la enorme pérdida sufrida por el comercio linense. Lo que durante años había sido un establecimiento en plena actividad quedó convertido en un espacio devastado por la acción de las llamas, conservándose únicamente algunos elementos estructurales como testimonio de la violencia del incendio y de la dificultad de las labores de emergencia desarrolladas durante la noche.


El incendio declarado en Almacenes Mérida, de La Línea de la Concepción, durante la madrugada, alcanzó rápidamente enormes proporciones, sorprendiendo a vecinos y comerciantes de la zona. Las llamas se extendieron con gran intensidad y llegaron a afectar a las inmediaciones del establecimiento, generando una situación de alarma ante el peligro de que el fuego pudiera propagarse a otros edificios próximos.

La magnitud del siniestro obligó a una intensa intervención de los servicios de emergencia, mientras la ciudad contemplaba con preocupación la evolución del incendio. La fuerza de las llamas provocó importantes daños materiales y unas pérdidas económicas de gran consideración, convirtiendo aquel suceso en uno de los incendios más recordados de la historia reciente de La Línea.





La imagen muestra el estado en que quedó la zona próxima a Eco-Prix, en la esquina de las calles Las Flores e Isabel la Católica, donde se produjo el derrumbe de las tres plantas del edificio que albergaba los Almacenes Mérida. La fuerza del siniestro provocó el colapso de la estructura, dejando a la vista un impresionante conjunto de escombros, restos de forjados y materiales desprendidos que ocupaban gran parte de la vía pública.

El derrumbe transformó por completo el entorno urbano, dejando una escena de gran impacto para los vecinos de La Línea. Los restos del inmueble evidenciaban la magnitud de los daños sufridos y la necesidad de acometer posteriormente importantes trabajos de retirada de materiales y recuperación del espacio afectado, mientras la ciudad contemplaba las consecuencias de uno de los sucesos más recordados de la historia comercial linense.


Los trabajos de emergencia continuaron durante toda la noche y se prolongaron durante la jornada siguiente, con los equipos de bomberos dedicados a controlar los últimos focos y asegurar la zona afectada. Entre los restos del edificio derrumbado se llevaron a cabo labores de retirada de materiales, vigilancia de posibles riesgos y revisión de la estabilidad de las estructuras que aún permanecían en pie.

La presencia de un retén de seguridad durante la mañana posterior permitió mantener la vigilancia sobre el lugar y evitar nuevos incidentes. La imagen refleja la dureza de las tareas desarrolladas, con los bomberos trabajando entre una gran acumulación de escombros y bajo la atenta mirada de los vecinos que acudieron a contemplar las consecuencias del suceso.



El desarrollo de las labores de extinción contó con la presencia de representantes institucionales que acudieron al lugar para conocer de primera mano la evolución del siniestro y apoyar las actuaciones de emergencia. Entre ellos se encontraba el alcalde de La Línea de la Concepción, señor Niebla Molina, quien permaneció presente durante los trabajos realizados por los equipos de bomberos.

Junto a él también acudió Manuel Aguilar Olivencia, teniente de alcalde de Algeciras, acompañado por efectivos del servicio de bomberos de aquella ciudad, que se desplazaron para colaborar en las tareas de extinción. La coordinación entre los distintos servicios de emergencia puso de manifiesto la importancia de la colaboración entre municipios ante una situación de especial gravedad para la ciudad linense.



Los bomberos continuaron durante las horas posteriores trabajando entre los restos del edificio para localizar y sofocar los últimos focos que aún permanecían activos. Entre los escombros y las estructuras dañadas, los equipos de emergencia realizaron una intensa labor de vigilancia y enfriamiento, evitando que las llamas pudieran reavivarse en las zonas más afectadas.

La escena mostraba la magnitud de la destrucción sufrida por Almacenes Mérida, con una gran acumulación de restos materiales y partes del inmueble completamente arruinadas. La actuación de los bomberos permitió finalmente dar por controlado el siniestro, culminando una larga intervención marcada por el esfuerzo, la dificultad y la peligrosidad de trabajar sobre una zona devastada.


La violencia del siniestro provocó el hundimiento de toda la estructura del moderno edificio de cuatro plantas que albergaba los Almacenes Mérida, quedando reducida a un conjunto de restos y escombros. La acción continuada de las llamas afectó gravemente a todos los elementos del inmueble, hasta provocar el colapso de la construcción y la desaparición de gran parte de sus instalaciones interiores.

La imagen refleja la magnitud alcanzada por el fuego y la difícil situación a la que tuvieron que enfrentarse los equipos de emergencia. Entre las ruinas del edificio, los bomberos continuaron con las labores de control y enfriamiento, trabajando sobre una zona completamente devastada y donde solo permanecían algunos restos de la estructura como testimonio de la importancia del suceso.



Ante la proximidad del peligro y la incertidumbre provocada por la evolución del siniestro, numerosos vecinos de las viviendas cercanas tuvieron que desalojar sus hogares como medida preventiva. La preocupación por la posible propagación del fuego llevó a muchas familias a trasladar sus pertenencias al exterior, colocando muebles y enseres en plena calle mientras se desarrollaban las labores de emergencia.

La escena refleja la angustia vivida por los residentes de la zona, que observaron cómo sus viviendas podían verse afectadas por la cercanía de las llamas. La rápida reacción de los vecinos permitió poner a salvo parte de sus bienes personales, en una jornada marcada por la alarma, la solidaridad y la colaboración ciudadana ante una situación de gran riesgo.


Las viviendas situadas en las inmediaciones de Almacenes Mérida también sufrieron las consecuencias del siniestro debido a la proximidad de las llamas y la intensidad alcanzada por el fuego. El calor, el humo y los desprendimientos provocaron importantes daños en estas construcciones, afectando especialmente a las casas más cercanas al lugar donde se originó el suceso.

La imagen muestra el estado de deterioro en que quedaron algunas de estas modestas viviendas, con sus estructuras seriamente dañadas y parte de sus elementos destruidos. Los vecinos de la zona tuvieron que afrontar no solo la pérdida material de sus hogares, sino también las difíciles horas de incertidumbre vividas mientras los equipos de emergencia trataban de controlar la situación.




Tras conocerse las consecuencias del siniestro, se vivieron momentos de profunda emoción y tristeza entre las personas relacionadas con el establecimiento. La llegada al lugar de familiares de los propietarios permitió comprobar de primera mano la magnitud de los daños y la pérdida sufrida, encontrándose con una escena de destrucción que reflejaba la gravedad de lo ocurrido.

La imagen recoge uno de esos momentos de dolor y desolación, con la conmoción de quienes contemplaban cómo un negocio reducido a escombros había desaparecido en pocas horas. El impacto humano del suceso se unió así a las pérdidas materiales, dejando una profunda huella entre los propietarios, trabajadores y vecinos que asistieron consternados a las consecuencias del desastre.




Tras los graves daños sufridos por la estructura del edificio, fue necesaria la intervención de maquinaria pesada para garantizar la seguridad de la zona. Las grúas comenzaron los trabajos de demolición controlada, retirando aquellos elementos que aún permanecían en pie y que podían suponer un peligro de nuevos desprendimientos.

La imagen refleja la fase posterior a la actuación de los equipos de emergencia, cuando el objetivo principal pasó a ser la eliminación de las partes inestables del inmueble y la recuperación de la normalidad en el entorno. Entre los restos del edificio se desarrollaron unas labores complejas, destinadas a asegurar la zona y evitar mayores riesgos para los vecinos y trabajadores que participaban en las tareas.



El incendio de Almacenes Mérida, ocurrido en La Línea de la Concepción, fue considerado una de las mayores tragedias comerciales vividas en la ciudad por la magnitud de los daños ocasionados. El siniestro provocó la destrucción prácticamente total del establecimiento, generando cuantiosas pérdidas económicas que fueron valoradas en varios centenares de millones de pesetas. La noticia causó una profunda consternación entre los linenses, que asistieron con preocupación al devastador alcance de las llamas.

El fuego, iniciado durante la madrugada, sorprendió a la ciudad por la rapidez con la que se extendió y por la dificultad que encontraron los equipos de emergencia para contenerlo. Los bomberos, con la colaboración de efectivos desplazados desde otras localidades y numerosos voluntarios, trabajaron intensamente durante horas para intentar reducir la fuerza del incendio y evitar que afectara a un mayor número de viviendas y establecimientos cercanos.

El desastre no solo supuso la desaparición de un importante comercio, sino también una grave pérdida personal y familiar para sus propietarios y trabajadores. Don Andrés Mérida y sus familiares lograron salvar sus vidas, aunque tuvieron que contemplar la destrucción de un negocio que representaba años de esfuerzo y actividad comercial en La Línea.

Las imágenes publicadas en la prensa reflejaban la dimensión del suceso: una parte central del edificio permanecía en pie mientras el resto de la construcción había quedado derrumbado por la acción del fuego. Los restos calcinados de Almacenes Mérida se convirtieron en el símbolo de una tragedia que permaneció durante mucho tiempo en la memoria colectiva de la ciudad.


La imagen muestra el estado de una construcción tras sufrir importantes daños estructurales, con parte de sus plantas y elementos exteriores derrumbados. Los restos de forjados, muros y cubiertas aparecen desprendidos, dejando al descubierto el interior del edificio y evidenciando la gravedad del deterioro sufrido.

En primer plano se observa la actividad cotidiana del entorno, con puestos de venta y vecinos que continúan con sus quehaceres mientras contemplan los efectos de la destrucción. La escena refleja el contraste entre la vida diaria de la calle y las consecuencias de un suceso que alteró profundamente el paisaje urbano de la zona, dejando una huella visible en sus edificaciones.


La imagen muestra una amplia panorámica del estado en que quedó la zona tras la desaparición de parte de las edificaciones afectadas, con grandes superficies cubiertas de escombros y restos de construcciones derruidas. En primer plano se aprecia un solar lleno de materiales procedentes de los derrumbes, mientras al fondo permanecen otros edificios que permiten observar la dimensión del espacio urbano afectado.

La escena refleja la fase posterior a la destrucción, cuando el lugar había quedado convertido en un área abierta de ruinas y restos constructivos. Las paredes parcialmente conservadas, los muros dañados y las estructuras aún en pie muestran la magnitud de los desperfectos y el profundo cambio que sufrió aquel entorno de la ciudad, antes de su posterior recuperación y transformación.

El recuerdo de una tragedia que marcó a La Línea

El incendio de Almacenes Mérida quedó grabado en la memoria colectiva de La Línea de la Concepción como uno de los sucesos más impactantes de su historia reciente. En pocas horas, un establecimiento que formaba parte de la vida comercial de la ciudad quedó reducido a ruinas, provocando una profunda conmoción entre comerciantes, trabajadores, vecinos y familias que contemplaron con impotencia cómo las llamas destruían años de esfuerzo y dedicación.

La tragedia no solo se midió en pérdidas materiales, valoradas en cientos de millones de pesetas, sino también en el impacto humano que dejó entre quienes vivieron aquellas horas de angustia. Propietarios, empleados y vecinos tuvieron que enfrentarse a la desaparición de un referente comercial y a la incertidumbre provocada por los daños ocasionados en las viviendas cercanas. La evacuación de familias, la presencia constante de los equipos de emergencia y la solidaridad de numerosos ciudadanos reflejaron el espíritu de colaboración de una ciudad unida ante la adversidad.

Durante aquella larga jornada, los bomberos de La Línea, con el apoyo de otros servicios desplazados desde localidades cercanas, trabajaron sin descanso para controlar un fuego que superó los medios disponibles. Entre humo, escombros y estructuras dañadas, realizaron una labor abnegada que permitió evitar consecuencias aún mayores. La intervención de voluntarios, autoridades y vecinos puso de manifiesto la capacidad de respuesta y la solidaridad de toda una comunidad.

Con el paso del tiempo, las ruinas de Almacenes Mérida fueron desapareciendo del paisaje urbano, pero las imágenes conservadas en la prensa permanecen como testimonio de aquel episodio. Fotografías de edificios hundidos, bomberos entre los restos, vecinos desalojados y calles cubiertas de escombros forman hoy parte de la memoria histórica de La Línea.

Aquel incendio no fue únicamente la pérdida de un edificio; fue la desaparición momentánea de un espacio ligado a la actividad económica y a la vida cotidiana de muchas personas. Sin embargo, también mostró la fortaleza de una ciudad capaz de levantarse después de los momentos más difíciles. La historia de Almacenes Mérida permanece así como un recuerdo de dolor, esfuerzo y solidaridad, un capítulo más de la historia de La Línea en Blanco y Negro.



miércoles, 22 de julio de 2026

¿Sabías que...? En la semana de Feria de 1970: El Teatro Cómico estrenaba en La Línea la película En un lugar de La Manga

 







Coincidiendo con la celebración de la Velada y Fiestas de La Línea de 1970, el Teatro Cómico ofrecía a los linenses uno de los estrenos cinematográficos más esperados del verano. El cartel anunciaba como gran atractivo de la feria la proyección de En un lugar de La Manga, una divertida comedia musical dirigida por Mariano Ozores y protagonizada por dos de los artistas más populares del momento: Manolo Escobar y Conchita Velasco.

La llegada de la película a La Línea suponía todo un acontecimiento social. Durante aquellos años era tradición que los principales cines de la ciudad aprovecharan la semana de feria para programar grandes estrenos nacionales, convirtiendo las sesiones cinematográficas en uno de los entretenimientos favoritos de vecinos y visitantes.

Una historia de amor entre el progreso y las tradiciones

La película desarrolla una trama ambientada en La Manga del Mar Menor, cuando el turismo comenzaba a transformar profundamente el litoral mediterráneo español.

La poderosa constructora Bel-Mar proyecta levantar un gigantesco complejo turístico en la zona. Sin embargo, sus planes encuentran un obstáculo inesperado: Juan, un humilde fabricante de guitarras y propietario de unas tierras heredadas de su familia —interpretado por Manolo Escobar—, se niega rotundamente a venderlas.

Ante el fracaso de las negociaciones, la empresa decide recurrir a un método poco convencional. Envía a Alicia (o Francisca, según algunas fuentes), interpretada por Conchita Velasco, una joven secretaria moderna y sofisticada, con la misión de ganarse la confianza del propietario y convencerlo para que firme el contrato de compraventa.

Lo que comienza como una estrategia empresarial acaba convirtiéndose en una auténtica historia de amor. Ambos terminan enamorándose sinceramente, dando lugar a una divertida sucesión de situaciones en las que chocan dos formas muy distintas de entender la vida: la modernidad y el desarrollo urbanístico frente a los valores tradicionales, el arraigo familiar y la defensa de la tierra heredada.

Como era habitual en las películas protagonizadas por Manolo Escobar, el argumento mezcla humor, romance, música y costumbrismo, ofreciendo una imagen optimista de la España del desarrollo económico de finales de los años sesenta.

Un reparto de auténtico lujo

El largometraje reunió a algunas de las figuras más destacadas del cine español de la época.

Encabezaban el reparto:

  • Manolo Escobar, como Juan, el propietario de las tierras cuya negativa desencadena toda la historia.
  • Conchita Velasco, como Alicia (Francisca), la secretaria enviada por la empresa inmobiliaria.

Junto a ellos participaban otros grandes nombres de la interpretación española:

  • José Luis López Vázquez, en el papel de Don Felipe, el ambicioso directivo de la constructora.
  • Manolo Gómez Bur, como Enrique Galfaña (Garralla), el peculiar contable de la empresa.
  • Gracita Morales, interpretando a Angustias, uno de esos personajes entrañables que caracterizaron su extensa carrera.
  • Joaquín Roa, como Casimiro, el abuelo del protagonista.
  • Álvaro de Luna, Rafael Hernández y Erasmo Pascual, formando parte del grupo de amigos de Juan.
  • Además, el inolvidable dúo humorístico Tip y Coll realizó varias apariciones cómicas interpretando a unos operarios del taller.

Las canciones que conquistaron España

Uno de los grandes atractivos de la película era su banda sonora, compuesta por algunos de los mayores éxitos de Manolo Escobar, grabados para la discográfica Belter.

Entre las canciones destacaban:

  • Mi carro, convertida poco después en uno de los mayores éxitos de toda la historia de la música española.
  • A la lima y al limón.
  • Viva el sol de España.
  • Guitarra con alma.
  • Moderno pero español.
  • Así soy yo.

Estas interpretaciones contribuyeron decisivamente al enorme éxito comercial de la película y consolidaron definitivamente la figura de Manolo Escobar como uno de los artistas más populares del país.

Ficha técnica

La película fue dirigida por Mariano Ozores, con guion del propio Ozores junto al dramaturgo Alfonso Paso.

La música original fue compuesta por Adolfo Waitzman, mientras que la fotografía corrió a cargo de Emilio Foriscot.

Fue producida por José Frade Producciones Cinematográficas y Arturo González Producciones Cinematográficas, dentro del género de la comedia musical, con una duración aproximada de 92 minutos.

El estreno durante la Velada de La Línea

El cartel anunciador informaba de que En un lugar de La Manga se proyectaría como "Magnífico estreno durante la semana de Feria" en el Teatro Cómico, uno de los cines más emblemáticos de La Línea durante buena parte del siglo XX.

La programación cinematográfica formaba parte inseparable de las fiestas patronales. Mientras durante el día las calles se llenaban de casetas, atracciones y actividades populares, por la noche los teatros y cines ofrecían espectáculos para todos los públicos, siendo los estrenos nacionales uno de los acontecimientos culturales más esperados.

La presencia de una película protagonizada por Manolo Escobar, que entonces se encontraba en el momento culminante de su popularidad, garantizaba una extraordinaria afluencia de espectadores.

Tal día como hoy en La Línea

En plena celebración del Centenario de La Línea de la Concepción y de su tradicional Velada y Fiestas, el Teatro Cómico ofrecía a los linenses el estreno de En un lugar de La Manga. Aquella proyección permitió al público disfrutar de una de las comedias musicales más populares del cine español de los años setenta, protagonizada por Manolo Escobar, Conchita Velasco y un extraordinario reparto de grandes actores. Fue una muestra más del intenso ambiente festivo que vivía la ciudad durante aquellas jornadas del verano de 1970, cuando el cine seguía siendo uno de los grandes entretenimientos colectivos y un punto de encuentro para varias generaciones de linenses.








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