martes, 21 de julio de 2026

¿Sabías que...? Tal día como hoy, 20 de julio de 1970: La Línea inauguró el monolito conmemorativo de su Primer Centenario

 









 (Publicado por el Diario ÁREA el 21 de julio de 1970)

El 20 de julio de 1970 quedó grabado para siempre en la historia de La Línea de la Concepción. Coincidiendo con el cumplimiento de los cien años de la constitución del Ayuntamiento de la ciudad, el municipio vivió uno de los actos institucionales más solemnes de cuantos se celebraron con motivo de su Centenario: la inauguración del monolito conmemorativo del Primer Centenario de La Línea, un monumento concebido para perpetuar la memoria de aquella jornada histórica en la que la localidad inició oficialmente su vida como municipio independiente.

La ceremonia reunió a las principales autoridades civiles y militares, representantes de instituciones, asociaciones y un numeroso público que quiso participar en un acontecimiento cargado de simbolismo. La presencia del alcalde de San Roque, Juan Jiménez Pérez, respondía al deseo de ambas corporaciones de convertir la efeméride en un acto de confraternidad entre dos municipios unidos por una historia común.



El descubrimiento del monumento





El acto comenzó con el descubrimiento del monolito por los alcaldes de La Línea y San Roque, quienes retiraron conjuntamente la enseña que cubría el monumento. Seguidamente, el secretario del Ayuntamiento dio lectura al acuerdo adoptado por el Pleno municipal el 4 de junio de 1970, mediante el cual se aprobó la erección del monumento destinado a conmemorar el Primer Centenario de la Ciudad.

El monolito se convirtió desde ese momento en el principal símbolo material de la celebración centenaria. Sobre la piedra quedó grabada una inscripción que resumía el motivo de su construcción:

«A la Ciudad en su Primer Centenario. 1870-1970.»

En la cara opuesta se recogía otra inscripción histórica:

«Alcaldes. 20 de julio de 1870: don Lutgardo López Muñoz. 20 de julio de 1970: don Juan Blasco Quintana.»

Además, el monumento incorporaba los escudos de España y de La Línea de la Concepción, reforzando su carácter institucional y conmemorativo.



El emotivo discurso del alcalde de San Roque



Tras la lectura del acuerdo municipal tomó la palabra el alcalde de San Roque, Juan Jiménez Pérez, quien pronunció un discurso de profundo contenido histórico y sentimental.

Comenzó recordando que, cuatro generaciones después, sanroqueños y linenses volvían a reunirse como lo habían hecho sus antepasados cuando, tras la pérdida de Gibraltar en 1704, compartieron un mismo destino y una misma esperanza de regresar algún día a la ciudad perdida.

Recordó cómo durante más de siglo y medio San Roque había acogido a quienes abandonaron Gibraltar, conservando el espíritu de la antigua ciudad mientras el núcleo de población que acabaría convirtiéndose en La Línea comenzaba lentamente a crecer junto a la frontera.

El alcalde sanroqueño evocó igualmente las palabras pronunciadas por Pío Baroja durante su visita a la comarca, cuando describió la estrecha relación existente entre ambas localidades. Explicó que, si en otro tiempo La Línea había sido considerada una "hija pequeña" de San Roque, con el paso del tiempo ambas ciudades habían desarrollado una personalidad propia sin perder los vínculos históricos que las unían.




Especial emoción despertó cuando afirmó:

«Nos une el trabajo, nos une la esperanza, nos une la ilusión, nos une el origen y el destino.»

Con estas palabras quiso transmitir que el Centenario no debía contemplarse como una separación entre municipios, sino como la celebración de una historia compartida.

Antes de finalizar, expresó públicamente el deseo de los sanroqueños de felicitar a La Línea por su primer siglo de existencia y formuló un emotivo brindis por su futuro:

«Que este segundo siglo de existencia que hoy comienza no conozca más que venturas y progreso.»

Sus últimas palabras fueron acogidas con una larga ovación cuando concluyó con un emocionado:

«¡Viva La Línea de la Concepción!»


La intervención del alcalde Juan Blasco Quintana



A continuación intervino el alcalde de La Línea, Juan Blasco Quintana, quien pronunció uno de los discursos institucionales más importantes de su mandato.

Comenzó evocando la jornada del 20 de julio de 1870, cuando en una modesta escuela de la entonces aldea quedó constituido el primer Ayuntamiento provisional que iniciaría la organización del nuevo municipio.

Recordó la enorme responsabilidad asumida por aquellos primeros concejales, quienes aceptaron el difícil reto de levantar una ciudad prácticamente desde cero, dotándola de administración, servicios públicos e identidad propia.

Blasco Quintana destacó que aquellos hombres supieron mirar al futuro con valentía y convertir un pequeño núcleo de población en una ciudad moderna gracias al esfuerzo de varias generaciones de linenses.



Uno de los momentos más significativos de su intervención fue el recuerdo del acuerdo adoptado apenas un día después de la constitución del Ayuntamiento, el 21 de julio de 1870, cuando la Corporación decidió sustituir la denominación inicialmente propuesta de «Villa de la Línea de la Victoria» por la de «La Línea de la Concepción», en honor a la Purísima Concepción, patrona de España y advocación profundamente arraigada entre los habitantes del nuevo municipio.



El alcalde repasó posteriormente algunos de los grandes hitos del desarrollo de la ciudad: la consolidación de su Ayuntamiento, el crecimiento urbano, la mejora de las comunicaciones y la constante aspiración de progreso que había caracterizado a La Línea desde su nacimiento.

Uno de los pasajes más emotivos de su discurso estuvo dedicado a la relación con San Roque. Afirmó que la inauguración del monolito representaba no solo un homenaje al pasado, sino también un símbolo de entendimiento entre ambas ciudades, unidas por vínculos históricos, familiares y humanos.

En ese contexto recordó un proyecto largamente deseado por la ciudad: la construcción del ferrocarril entre Algeciras y La Línea, cuya propuesta se remontaba a 1913. Señaló que aquel trazado debía entenderse como una infraestructura de interés común para toda la comarca y no como un motivo de enfrentamiento entre municipios.

Blasco Quintana insistió en que el progreso del Campo de Gibraltar solo podía alcanzarse mediante la colaboración entre todos sus pueblos y expresó su confianza en que el segundo siglo de vida de La Línea estuviera presidido por el desarrollo económico, la convivencia y el bienestar.

Concluyó afirmando que la mejor forma de honrar a quienes fundaron la ciudad consistía en continuar trabajando por engrandecerla y dejar a las generaciones futuras una La Línea aún más próspera.



La firma en el Libro de Oro

Finalizado el acto junto al monumento, las autoridades se trasladaron al Ayuntamiento, donde el alcalde de San Roque firmó en el Libro de Oro de la Ciudad, dejando constancia de su participación en los actos del Centenario.

Posteriormente, Juan Blasco Quintana agradeció públicamente la presencia de la representación sanroqueña, destacando que encuentros de este tipo fortalecían los lazos históricos entre ambas poblaciones.

El alcalde de San Roque respondió manifestando que nunca olvidarían la invitación recibida y expresó su deseo de que actos semejantes continuaran celebrándose en el futuro como ejemplo de cooperación y entendimiento.



Un símbolo para la historia de La Línea

La inauguración del monolito del Primer Centenario constituyó uno de los actos más representativos de las celebraciones de 1970. No fue únicamente la colocación de un monumento, sino la materialización del reconocimiento a un siglo de esfuerzo colectivo, protagonizado por varias generaciones de linenses que transformaron un pequeño núcleo fronterizo en una ciudad con identidad propia.

El monumento quedó desde entonces como un lugar de memoria, destinado a recordar el nacimiento del municipio el 20 de julio de 1870 y a rendir homenaje a todos aquellos hombres y mujeres que hicieron posible el desarrollo de La Línea de la Concepción durante su primer siglo de existencia.

Tal día como hoy en La Línea

El 20 de julio de 1970, La Línea celebró mucho más que un aniversario. Celebró el reconocimiento a cien años de historia, de esfuerzo y de crecimiento. La inauguración del monolito del Centenario simbolizó la consolidación definitiva de la ciudad como municipio independiente y puso de manifiesto la voluntad de mirar al futuro sin olvidar sus raíces. La presencia conjunta de las corporaciones de La Línea y San Roque convirtió además la jornada en un emotivo gesto de reconciliación histórica y de reconocimiento mutuo, recordando que ambas ciudades comparten un origen común nacido tras la pérdida de Gibraltar en 1704 y una historia estrechamente vinculada desde entonces.




lunes, 20 de julio de 2026

¿Sabías que…? Tal día como hoy, 20 de julio, en 1872, La Línea dio un paso decisivo para definir oficialmente su término municipal

 








20 de julio de 1872: La Línea designó su comisión para el deslinde oficial de su término municipal con San Roque

La sesión celebrada por el Ayuntamiento de La Línea de la Concepción el 20 de julio de 1872 abordó uno de los asuntos más trascendentales para la consolidación administrativa del joven municipio: el inicio de los trabajos destinados a fijar de forma precisa los límites de su término municipal con el vecino municipio de San Roque.

La Corporación dio lectura a un oficio fechado el 19 de julio de 1872, remitido por el Jefe de Brigada del Instituto Geográfico, organismo encargado de realizar los trabajos topográficos necesarios para establecer con exactitud la delimitación entre ambos términos municipales. En dicha comunicación se informaba al Ayuntamiento de que el lunes 22 de julio tendría lugar el acto oficial del deslinde, solicitándose que la Corporación designara una comisión que acudiese en representación del municipio linense.

La petición llegaba en un momento especialmente importante para La Línea de la Concepción. Apenas habían transcurrido algo más de dos años desde que la localidad obtuviera su independencia administrativa y comenzara a organizar su propio Ayuntamiento. La delimitación exacta del término municipal constituía un paso imprescindible para consolidar jurídicamente la nueva población, ya que de ella dependían cuestiones tan relevantes como la administración del territorio, la recaudación de impuestos, la ejecución de obras públicas, el aprovechamiento de terrenos comunales y el ejercicio de la autoridad municipal.

Abierto el debate sobre el asunto, la Corporación acordó elegir a los representantes que asistirían al acto oficial del deslinde. Fueron designados el segundo teniente de alcalde, don Antonio Bernal Sánchez, y el caballero regidor síndico, don Pedro García Castro, dos de los miembros del Ayuntamiento que asumirían la representación institucional del municipio durante los trabajos técnicos.

Consciente de que el conocimiento práctico del terreno resultaba indispensable para la correcta identificación de mojones, caminos, cañadas, accidentes geográficos y antiguos límites jurisdiccionales, el Ayuntamiento decidió que la comisión estuviera acompañada por dos vecinos especialmente conocedores del término municipal, actuando como peritos prácticos. Para esta función fueron nombrados don Juan López Muñoz y don Miguel Pizarro Morales, cuya experiencia sobre el terreno serviría de apoyo a los técnicos del Instituto Geográfico durante las operaciones de reconocimiento.

La presencia de estos peritos tenía una enorme importancia en una época en la que la cartografía moderna todavía se encontraba en pleno desarrollo y muchas delimitaciones territoriales descansaban sobre referencias tradicionales transmitidas por generaciones de vecinos, propietarios y agricultores. Su conocimiento directo del paisaje permitía identificar con precisión antiguos mojones, cursos de agua, veredas y otros elementos utilizados históricamente como límites entre municipios.

El Ayuntamiento también adoptó las medidas materiales necesarias para facilitar el desplazamiento de la comisión hasta los lugares donde habrían de desarrollarse los trabajos topográficos. Para ello acordó alquilar dos caballos a don Antonio Cabello, abonándole la cantidad de 7,50 pesetas, gasto que fue autorizado como parte de los costes derivados de la representación oficial del municipio.

Aunque pueda parecer un detalle menor, esta anotación refleja con claridad la forma en que se desarrollaban las comisiones municipales durante el siglo XIX. Los desplazamientos por amplias zonas del término se realizaban normalmente a caballo, especialmente cuando era necesario recorrer caminos rurales, terrenos arenosos o espacios aún poco comunicados. El alquiler de las monturas constituía un gasto habitual cuando los representantes municipales debían acudir a inspecciones, deslindes o actuaciones oficiales fuera del casco urbano.

La reunión prevista para el 22 de julio de 1872 suponía un paso decisivo dentro del proceso de organización territorial de La Línea de la Concepción. La intervención conjunta de los técnicos del Instituto Geográfico, los representantes de ambos ayuntamientos y los peritos conocedores del terreno permitía avanzar hacia la fijación oficial de unos límites municipales que aportarían seguridad jurídica y evitarían futuros conflictos de competencias entre ambos municipios.

Este acuerdo pone de manifiesto la importancia que el Ayuntamiento concedía a la defensa de los intereses territoriales del nuevo municipio. La correcta delimitación de su término no sólo afectaba a cuestiones administrativas, sino también a la propiedad de terrenos, al desarrollo urbano futuro y al ejercicio de las competencias municipales sobre una población que comenzaba entonces a consolidarse como una de las localidades de mayor crecimiento del Campo de Gibraltar.

La sesión del 20 de julio de 1872 constituye, por tanto, un valioso testimonio de los primeros esfuerzos institucionales realizados por el Ayuntamiento de La Línea para dotar al municipio de una delimitación territorial perfectamente definida, participando activamente en unos trabajos topográficos que resultarían fundamentales para la configuración definitiva del término municipal que, con diversas modificaciones posteriores, ha llegado hasta nuestros días.

Imagen generada por IA





20 de julio de 1870 Comienza la Aventura para el Nuevo Municipio de La Línea

 






Breve Biografía de José Muñoz Molleda

 




martes, 14 de julio de 2026

¿Sabías que…? Tal día como hoy, 14 de julio, debutaba en la Velada de La Línea el espectacular Teatro Chino con el gran artista Gitano Blanco

 







El Teatro Chino llevó a La Línea el gran espectáculo de variedades "Estrellas del Mundo"

Cartel publicitario del Teatro Chino instalado en la Feria de La Línea de la Concepción.

Durante las décadas centrales del siglo XX, pocas atracciones despertaban tanta expectación en las ferias españolas como la llegada de los grandes teatros ambulantes de variedades. Entre ellos ocupaba un lugar destacado el Teatro Chino, una de aquellas compañías itinerantes que recorrían el país levantando enormes carpas de lona en los recintos feriales y ofreciendo espectáculos que reunían música, humor, baile, flamenco, magia y revista en una misma función. Cuando esta compañía llegó a La Línea de la Concepción, convirtió durante varios días el recinto ferial en uno de los principales focos de atracción de vecinos y visitantes.

El cartel conservado constituye un magnífico testimonio de aquella forma de entender el ocio popular. Impreso en los talleres de Imprenta Cañamero de La Línea, anunciaba el debut de la compañía un sábado 14, con dos representaciones nocturnas, a las 10:30 y 12:45, horarios habituales en las grandes ferias, cuando la actividad del Real alcanzaba su mayor intensidad y el público llenaba casetas, barracas y teatros.

La gran figura del espectáculo era Gitano Blanco, anunciado con enorme protagonismo como «el actor que canta». Su fotografía ocupaba buena parte del cartel y su nombre aparecía destacado como principal reclamo de una producción denominada «Estrellas del Mundo», definida por los empresarios como «la más fastuosa producción arrevistada». No era una frase casual. En la España de aquellos años la competencia entre compañías ambulantes era enorme y cada una trataba de presentarse como la más espectacular, prometiendo decorados llamativos, grandes números musicales y artistas de reconocido prestigio dentro de los circuitos de variedades.

Gitano Blanco era uno de esos artistas completos que tanto éxito alcanzaban entonces. No se limitaba a cantar; combinaba interpretación, humor, presencia escénica y dominio del público, convirtiéndose en el auténtico eje alrededor del cual giraba todo el espectáculo. Su presencia garantizaba la afluencia de espectadores y daba prestigio a la compañía allí donde actuaba.

Pero el cartel revela que el verdadero atractivo del Teatro Chino no descansaba únicamente en una estrella principal, sino en un elenco extraordinariamente amplio, pensado para que durante más de dos horas el público no encontrara un solo momento de aburrimiento. Cada número era distinto al anterior y cada artista aportaba un estilo diferente, de modo que la función avanzaba con un ritmo constante, alternando canciones, bailes, humor y números visuales.

Entre los intérpretes figuraba el trío vocal Los Tres del Mar, encargado de interpretar armonías y canciones de moda; la cantaora Sultana de Jerez, presentada como estrella de la canción flamenca; el cancionero Pepe Montes; la canzonetista Luci del Castillo; el humorista Artije; la extraordinaria pareja de baile formada por los Hermanos Sevilla; la bailarina África de Veracruz; la vedette Cristine, anunciada como escultural vedette; el artista Waldo, definido simplemente como polifacético; el cantante Jorge Carasso, presentado como el divo de la voz de oro; la elegante vedette Carmen Climent; el bailarín Diamante Negro; las Hermanas Vázquez, calificadas como bellísimas canzonetistas modernas; Geny y Reynet, conocidos como los reyes de la gracia; Mary Carmen Sala, vedette moderna; Paquita Vera, sugestiva vedette; Benjamín Salvador, fenomenal cancionero; Wong Maw Ting, fantasista y malabarista; Rafael Izquierdo, actor cómico y locutor; Chiquito de Cádiz, anunciado nada menos que como «la octava maravilla de la canción»; Kelo, definido como «el más genial humorista de todos», y el guitarrista Juan Zarzo, encargado del acompañamiento musical de buena parte de los artistas.

La composición del elenco permite comprender perfectamente cómo funcionaban aquellas compañías de variedades. No existía un único espectáculo, sino una sucesión continua de actuaciones breves cuidadosamente ordenadas para mantener la atención del público. Tras una actuación flamenca podía aparecer un humorista; después llegaba una vedette con un gran número coreográfico; inmediatamente intervenía un malabarista o un cantante de copla, para continuar con un dúo de baile y regresar finalmente a la figura principal de la compañía.

Aquellos teatros ambulantes eran auténticas empresas viajeras. Los artistas vivían prácticamente sobre la carretera, recorriendo durante meses el calendario de ferias de toda España. Al concluir las actuaciones en una ciudad desmontaban la enorme carpa durante la madrugada, cargaban todo el material en camiones y emprendían viaje hacia el siguiente destino. Su existencia era dura, marcada por los desplazamientos constantes, largas jornadas de trabajo y una intensa convivencia, pero también ofrecía una libertad y una cercanía con el público que difícilmente podían encontrarse en otros escenarios.

La llegada del Teatro Chino a una localidad constituía siempre un acontecimiento. Durante los días previos podían verse por las calles carteles como éste, repartirse programas de mano y anunciarse las funciones mediante vehículos con altavoces que recorrían la población invitando a asistir al espectáculo. La publicidad era esencial para llenar la enorme carpa, capaz de albergar a cientos de espectadores.

En el caso de La Línea de la Concepción, el Teatro Chino encontró un escenario especialmente favorable. La ciudad vivía intensamente sus fiestas patronales y el recinto ferial concentraba durante esos días miles de personas procedentes no sólo del municipio, sino también del resto del Campo de Gibraltar e incluso de Gibraltar. Las corridas de toros, los conciertos, las casetas, las atracciones mecánicas y los teatros ambulantes formaban parte inseparable del ambiente festivo.

La función comenzaba avanzada la noche, cuando el paseo de la Feria estaba completamente iluminado y las familias paseaban entre casetas, barracas y puestos. Tras la primera representación, muchos espectadores permanecían en el recinto esperando la segunda función, mientras otros aprovechaban para recorrer nuevamente el Real antes de regresar al teatro. Era una feria que apenas dormía y donde el espectáculo continuaba hasta bien entrada la madrugada.

El propio nombre de Teatro Chino no tenía relación con artistas procedentes de Asia. Se trataba de una denominación comercial muy utilizada en la época para transmitir exotismo y despertar la curiosidad del público. En realidad, la mayoría de los integrantes eran artistas españoles especializados en copla, flamenco, revista, humor o variedades, aunque algunos adoptaban nombres artísticos extranjeros para reforzar el carácter internacional del espectáculo.

Resulta igualmente interesante observar el lenguaje empleado en el cartel. Expresiones como «escultural vedette», «fenomenal cancionero», «extraordinaria pareja de baile» o «el más genial humorista de todos» formaban parte de una estrategia publicitaria destinada a impresionar al lector antes incluso de entrar en la carpa. Cada artista aparecía acompañado de un calificativo que exaltaba sus cualidades y contribuía a crear una sensación de espectáculo extraordinario.

Con el paso de los años, muchos de aquellos nombres han quedado prácticamente olvidados, ya que la mayoría desarrolló toda su carrera sobre los escenarios ambulantes, lejos de las grandes compañías discográficas o de la televisión. Su memoria ha sobrevivido gracias a programas de mano, fotografías, anuncios de prensa y carteles como éste, que permiten reconstruir una parte fundamental de la historia del espectáculo popular en España.

Hoy este cartel constituye mucho más que un simple anuncio publicitario. Es un documento histórico que refleja cómo eran las ferias de La Línea, cuáles eran las preferencias del público, cómo funcionaban las compañías itinerantes de variedades y qué ambiente se respiraba en aquellas noches de verano en las que la ciudad se transformaba por completo. El Teatro Chino representó durante aquellos días la ilusión del espectáculo, el brillo de las luces del Real y la capacidad de la feria para reunir sobre un mismo escenario música, humor, baile y fantasía, convirtiéndose en uno de los recuerdos más entrañables de la historia festiva de La Línea de la Concepción.

Fotografía generada por IA













lunes, 13 de julio de 2026

¿Sabías que…? Tal día como hoy, 13 de julio, La Línea seguía recordando la noche en que el pánico hizo creer a toda la ciudad que se había escapado una leona de la feria

 










Prólogo

Las ferias y veladas forman parte de la memoria sentimental de los pueblos. Constituyen mucho más que unos días de diversión: son el escenario donde varias generaciones han compartido alegrías, ilusiones, encuentros familiares y anécdotas que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en auténticas leyendas populares. La Velada y Fiestas de La Línea de la Concepción ha sido, desde sus orígenes, uno de esos espacios donde la vida cotidiana se transformaba durante unos días en un universo lleno de luces, música, olor a buñuelos, pregones, circos, barracas y espectáculos que permanecieron grabados para siempre en la memoria colectiva de los linenses.

Entre todas aquellas historias transmitidas de generación en generación, pocas alcanzaron tanta popularidad como la del supuesto escape de una leona durante una noche de feria. Durante décadas, el episodio fue recordado en conversaciones familiares, tertulias y reuniones de amigos, mezclándose los hechos reales con las exageraciones propias del relato oral. Como sucede con tantos acontecimientos populares, el paso del tiempo fue añadiendo detalles, modificando circunstancias y convirtiendo un incidente concreto en una de esas narraciones que terminan formando parte del patrimonio inmaterial de una ciudad.

Antonio Cruz de los Santos supo comprender el extraordinario valor que encerraban estas pequeñas historias aparentemente intrascendentes. Cronista apasionado de La Línea, dedicó buena parte de su vida a recoger los recuerdos de quienes habían vivido los acontecimientos, contrastarlos con documentos y testimonios y transformarlos en relatos llenos de humanidad, donde la historia y la tradición oral conviven de forma natural. Su obra constituye hoy una de las principales fuentes para conocer no sólo los grandes acontecimientos de la ciudad, sino también la vida cotidiana de sus habitantes, sus costumbres, sus formas de divertirse y esa manera tan particular de entender la convivencia que caracterizó a varias generaciones de linenses.

La estampa titulada «¡Se ha escapado la leona!» representa perfectamente ese modo de escribir. Más que limitarse a narrar un hecho concreto, el autor reconstruye con enorme riqueza de detalles el ambiente de la antigua Velada de La Línea. El lector pasea junto a la multitud bajo las arcadas iluminadas con carburo, escucha los pregones de los vendedores ambulantes, contempla las barracas de feria, los teatros, los circos, los tiovivos, los puestos de turrón y las buñolerías, sintiendo el calor del levante y el bullicio de miles de personas que acudían desde toda la comarca, Gibraltar, Ceuta o incluso Tánger para disfrutar de las fiestas.

Ese magnífico ejercicio descriptivo convierte el relato en un auténtico documento etnográfico. Gracias a él es posible conocer cómo era físicamente el antiguo Paseo de la Velada, qué diversiones existían, cuáles eran las atracciones más populares, cómo funcionaban los pequeños espectáculos ambulantes, cuáles eran los precios habituales o incluso cuáles eran las bebidas refrescantes que consumía el público durante las calurosas noches del mes de julio. Cada página constituye una fotografía literaria de una ciudad desaparecida que sólo permanece viva en la memoria de quienes la conocieron.

Pero la verdadera fuerza del relato reside en la forma en que Antonio Cruz de los Santos aborda el célebre episodio de la leona. Lejos de conformarse con repetir una tradición popular, el autor actúa casi como un investigador. Primero reproduce la versión legendaria, aquella que el pueblo fue transmitiendo durante décadas, con toda la intensidad dramática del pánico colectivo, las carreras, las barracas derribadas, los heridos, el caos y la confusión. Después, una vez captada la atención del lector, desmonta cuidadosamente la leyenda recurriendo a los testimonios de quienes realmente vivieron el suceso, explicando cómo una falsa interpretación del rugido de la fiera y las heridas sufridas por un muchacho terminaron desencadenando una estampida de consecuencias espectaculares.

Ese equilibrio entre memoria popular e investigación histórica constituye una de las mayores virtudes de Antonio Cruz de los Santos. Nunca desprecia la tradición oral, porque sabe que forma parte inseparable del patrimonio sentimental de un pueblo, pero tampoco renuncia al rigor documental cuando dispone de testimonios suficientes para aproximarse a la realidad de los hechos. Gracias a esa metodología consigue ofrecer al lector dos historias simultáneas: la leyenda que permaneció viva durante generaciones y la explicación histórica que permite comprender cómo nació aquella leyenda.

Resulta igualmente admirable la capacidad del autor para retratar a los personajes anónimos que dieron vida a aquella feria. Vendedores ambulantes, buñoleros, músicos, feriantes, artistas de barraca, empleados de los circos, familias enteras paseando por el Real o el pequeño Antoñito Vázquez Macías —que pasaría a ser conocido para siempre como «el niño de la leona»— aparecen descritos con una cercanía que permite al lector sentirse partícipe de aquella noche inolvidable. No existen protagonistas heroicos; el verdadero protagonista es el propio pueblo de La Línea, con sus costumbres, sus miedos, su capacidad para exagerar los acontecimientos y, finalmente, para reírse de sí mismo convirtiendo una tragedia potencial en una copla carnavalesca que sobrevivió durante décadas.

La publicación de esta estampa permite recuperar una de las páginas más entrañables de la historia popular linense. No se trata únicamente de recordar un curioso incidente ocurrido hace más de un siglo, sino de conservar una forma de narrar la ciudad que hoy prácticamente ha desaparecido. Antonio Cruz de los Santos escribía desde el conocimiento directo de las personas, de las calles y de las tradiciones, dejando un testimonio que trasciende el simple relato anecdótico para convertirse en una auténtica memoria colectiva de La Línea de la Concepción.

Por ello, estas páginas deben leerse no sólo como una narración amena o como una curiosidad histórica, sino también como un homenaje a aquella ciudad bulliciosa que crecía alrededor de su Velada y Fiestas, donde miles de personas compartían unos días de alegría bajo las luces del Real. En ellas permanece viva una época en la que la feria era el gran acontecimiento anual, capaz de reunir a toda la comarca y de generar historias que, como la de la célebre leona, acabarían formando parte del imaginario colectivo de generaciones enteras de linenses.

La recuperación y difusión de textos como éste constituye, además, un acto de justicia hacia la figura de Antonio Cruz de los Santos, uno de los grandes narradores de la memoria local. Su legado continúa permitiendo que los lectores actuales recorran la antigua La Línea con la misma emoción con la que él escuchó aquellas historias de boca de sus protagonistas. Gracias a su extraordinaria capacidad para observar, investigar y contar, sucesos que pudieron perderse para siempre permanecen hoy vivos, recordándonos que la verdadera historia de una ciudad no sólo se escribe en los documentos oficiales, sino también en las pequeñas vivencias de sus vecinos, en las tradiciones populares y en esos relatos que, entre la realidad y la leyenda, terminan convirtiéndose en parte inseparable de la identidad de un pueblo

Luis Javier Traverso





Capítulo 51



¡SE HA ESCAPADO LA LEONA!

-Estampa Linense-

Fotografía generada por IA



¡Se ha escapado la leona! ¡Se ha escapado la leona! Gritaba la gente enloquecida por el pánico huyendo del Paseo de la Velada que segundos antes ocupaba feliz y despreocupada.

    Bajo las cuatros arcadas de luces de carburo, apretujados entre vendedores que preguntaban: ¡Agua fresca de de la fuente del Avellano!, ruletas martingaleras y puestos de joyería fina a 0’25 céntimos la pieza de oro desfilaba la multitud con paso lento, cansado, sin preocuparse gran cosa de las preciosas turroneras que les ofrecían las ricas golosinas alicantinas, ni de las tiendas de abanicos que exponían rumbosas las mejores galas de su artesanía, sino que más bien parecía buscar un lugar libre donde sentarse para dar descanso a los atormentados pies.

    Los tinglados con pretensiones de casetas, los cafés y buñolerías se encontraban repletas de gentes sentadas en torno a los veladores tomando zarzaparrilla con gaseosa  de “mebli”, o limonada relativamente fresca. Dichosos los que podían encontrar una mesa con algunas sillas en “la Austriaca”, o en el Casino de La Línea, o en la caseta del Ayuntamiento.

    El público sudoroso y sofocado por el pegajoso viento de levante penetraba en todos los rincones y barracas de La Velada atestando el teatrillo del “Gran Pope”, parándose ante la barraca del “Hombre que hecha fuego por la boca, come carbón y bebe petróleo”, el cual se anunciaba con voz gangosa y acento extranjero pese a ser natural de La Línea y haber nacido en el  Cerro de la Vieja. Un poco más allá otro espectáculo del mismo jaez atraía a la gente: “La Mujer Barbuda” de adiposa mole, y le seguían “Mister Plunk” el indostánico fakir de pega que permanecía enterrado sin comer ni beber  durante cuarenta días –de las noche u horas de la madrugada no decía nada-, a continuación la barraca del “Tragasables”, después la individualista figura del “Tío de las vistas”, un pobre hombre que llevaba colgado del cuello un mísero cajón provisto de una lente por el que los pequeñuelos contemplaban en el interior del armatoste litografías de la batalla de los Castillejos, el descubrimiento de America la muerte de Pepe-Hillo, el bombardeo de Cataluña y el terremoto de Lisboa. A continuación se alzaba el “Tiovivo” con salvajes corceles del oeste Americano que galopan al son de la alegra música de órgano escoltado por personajes de peluca y casaca al estilo del siglo XVII o arrancados de la corte del Rey Sol.´

    Las buñolerías no deban abasto para servir los buñuelos a real la docena, ni atender la bulliciosa clientela de familias enteras que buscaban ansiosas un refugio donde descansar un rato.

    Los circos relumbrantes de luces de carburo y presididos de orquestas con predominio de trompetas y tambores tragaban insaciables a la muchedumbre que se repartía bajo los agobiantes toldos recalentados por el sol de julio, tomando asiento en las empinadas graderías o en las apretujadas sillas en torno a las pistas.

    Por todas partes gritos, voces, pregones rifando, vendiendo, cantando, teniendo el contrapunto de los estampidos de cañoncitos inofensivos, el chasquear de látigos, los rugidos de fieras acosadas por domadores, fogonazos de magnesio y las repiqueteantes campanas de los teatros anunciando la próxima función. Y, gente, mucha gente, demasiado gente llegada de todos los pueblos de la comarca, de Gibraltar, incluso de Ceuta y de Tánger.

    La Línea en aquellos días, recién terminadas las obras del puerto y los diques de la vecina plaza inglesa, contaba según el censo efectuado a ojo de buen cubero sus sesenta mil habitantes.

    Hacia pocos años que se celebraba la Feria en el huerto de Pedro Vejer.

Anteriormente se montaba en la Explanada de Alfonso XIII y calle Real rematando en la Plaza de la Iglesia. Después la trasladaron a la Calle del Cuartel extendiéndose por el parque de la Victoria y la Banqueta de Poniente. Hasta que por fin el Ayuntamiento adquirió en propiedad el antiguo huerto de Pedro Vejer que denominó Paseo de la Velada.

    Este lugar ha resultado el más indicado porque está en el centro de la ciudad, tiene buenas calles confluentes y la Plaza de Toros al final del real de la feria. En los últimos años parece haber quedado pequeño dado el incremento y la importancia que va tomando la fiesta. Pero aún puede ampliarse más, basta con extender la techumbre de luces en un paseo circular en torno a la Plaza de Toros y desviar durante la semana de feria el tráfico rodado por las calles adyacentes. Hay sitio suficiente para instalar numerosos barracones y carruseles.

    Más volvemos al día en que se escapó la leona. Entramos en la Velada, formemos parte de la muchedumbre de paseantes.

    ¡”El agua diabólica”! ¡Señores, pasen al interior, conozcan los efectos maravillosos del “agua diabólica”. Por diez céntimos nada más puede usted ganar un duro, ¡¡un duro, si señor! ¡un duro! Todo lo que tiene que hacer es meter la mano en la tina del agua y sacar el duro que no está clavado al recipiente, ¡véanlo! El pregonero, vestido con un estrafalario atuendo que recuerda a los alquimistas de la Edad Media, saca la moneda del barreño y lo enseña al público. Sean más listos que el “agua diabólica” que no les permitirá llevarse el duro. ¡Inténtelo! Y, desde luego, no faltaban incautos que considerándose listos metían la mano en la tina pero coger el duro. Un oportuno golpe de manivela de una magneta oculta comunicaba una descarga eléctrica al agua que proporcionaba al incauto un calambrazo capaz de achicar al más valiente.

    Junto a esta barraca había otra donde por diez céntimos podía ver todo el mundo la maravilla de las maravillas, el más asombroso de todos los inventos, la máquina parlante de Edison. En efecto, en sesión continua se mostraba, sobre una mesa, un fonógrafo de bocina descomunal, el abuelito de los actuales tocadiscos, movido por manivela y que gastaba agujas de acero gordas como clavos.

    La riada humana todo lo invadía: puestos de juguetes, de turrón, de abanicos, de baratijas, los circos, los teatros, las buñolerías y casetas de baile, los casinos, barracas y bares, los columpios, los “tiovivos”, el tobogán, la noria monumental. Por todas partes gentes apretadas, sudorosas, cansadas de dar vueltas por el real de la feria. Las barracas de tiro al blanco a base de escopetas o pelotas de trapo no tenían suficiente espacio para atender a los parroquianos. Todo era un cuerpo compacto, una muchedumbre espesa ansiosa de divertirse.

    En uno de esos momentos, una señora que llevaba a un hijo en brazos se acercó demasiado a la jaula de los leones. La leona, mansurrona de siempre, sacó en aquella ocasión el brazo por entre los barrotes arañando al niño en la cara. Al grito que dio la pobre mujer al ver a su hijo ensangrentado se unió el rugido de la fiera. Y como un disparo a bocajarro brotó de todos los pechos al terrible grito de ¡Se ha escapado la leona! ¡La leona! ¡La leona! ¡Se ha escapado la leona! El público del recinto de las fieras emprendió veloz carrera dominado por el pánico que contagió a los de fura que, a su vez, gritaban electrizados por el miedo. Y todo el mundo corrió enloquecido, tirándose de cabeza a través de las endebles lonas de las barracas, arrollando los veladores  con los servicios, tumbado los tenderetes y puestos, derramando por los suelos las mercancías, atropellando cuanto encontraba delante, pisando a los caídos, rompiendo mesas y sillas. Por las calles confluentes la riada adquirió magnitud de torrente que eliminaba cuanto encontraba a su paso, destruyendo los puestos de turrón, tumbando carromatos, hundiendo o aplastando las casetas, tirando postes y esparciendo por los suelos miles de objetos que nadie trataba de recoger, abandonando a su suerte a los que caían presa de convulsiones o ataques de nervio ya fuesen niños, ancianos o mujeres.

    Pasado los primeros instantes de pánico se produjo una extraña clama silenciosa teniendo por fondo el llanto desesperado de algún pequeño abandonado, o los gritos enronquecidos de alguna pobre mujer que había perdido a la familia y la llamaba co acento de loca. Poco a poco el ambiente fue llenándose de voces pidiendo socorro, de llantos mal sofocados, de maldiciones y blasfemias.

    Y como ocurre siempre, una vez que se convencieron que todo había sido producto de una falsa alarma, una jugarreta del diablo, que la leona no se había escapado, que permanecía tranquila en su jaula, los más osados alardearon de valor socorrieron a los caídos, ayudaron a las mujeres y hasta con un poco de chunga pregonaron zapatos, bolsos, sombreros, conforme los recogían del suelo.

    En aquel momento la feria presentaba un desastroso aspecto, de ruina, algo así como si hubiese sufrido los efectos de un ciclón americano.

    Poco a poco fueron acudiendo los guardias municipales, los camilleros de la de la Cruz Roja, la Guardia Civil y autoridades. Se organizaron puestos de socorro y durante horas atendieron a los pobres desgraciados que padecían magullamientos o heridas.

    ¿Ocurrió el desastre tal como lo he descrito? ¿Cuál fue la realidad? ¿Se escapó la leona? O ¿Solo fue una falsa alarma y una explosión de pánico? De todo hubo. La verdad y la fantasía se han mezclado una vez más. Lo cierto es que la estampía se produjo más o menos como se ha descrito, que la leona no se escapó, que permaneció en la jaula con gandulera apatía ajena a la catástrofe producida a su alrededor, que la mujer llevando al niño en brazos no se acercó a la jaula porque tal mujer no existió jamás.

    Cotejando mis notas del suceso puedo establecer aproximándome mucho a la verdad lo siguiente…

    Pero empecemos por el principio. El final de la calle del Clavel en su desembocadura a la explanada era estrecha y formaba un ángulo recto. Este trozo de calle se ensanchaba conforme avanzaba hasta las calles del Sol y del Águila con las que hacía esquinas. El primer establecimiento, que participaba de la Explanada y de la calle Clavel era “El conejo”, un despacho de bebidas, le seguía una tienda de objetos de metal: velones, plancheros, peroles, tenazas, etc. Todo muy reluciente. Por la misma fachada seguían otras tiendas en las que predominaban las freidurias, terminando en la pañería de Cascales esquina a la calle del Sol. Enfrente, partiendo de la esquina de la del Águila se encontraba la bodega de los Ramírez a la que continuaban otras tiendecillas, fondas freidurías y casa de comida de humilde categoría, hasta terminar desembocando en la Explanada. Una de estas casas de comida y freiduría, que daba frente al establecimiento de Cascales era conocida por la fonda de “Las nieves”. No era ese precisamente su título, puesto que no lo tuvo nunca, sino que así la designaban porque su propietario trabajó en su mocedad en una fábrica de hielos y de ahí le vino el apodo que más tarde heredó la fonda. Paraban en este establecimiento el personal empleado del circo, no sé si el director también.

    El nieto del propietario de la freiduría, Antoñito Vázquez Macia, que apodaron hasta su muerte “el niño de la leona”, servía a los parroquianos, bromeaba con ellos y gozaba oyendo los comentarios de los sirvientes del circo. Pero lo que más encantaba al pequeño era lo relacionado con las fieras, deshaciéndose en preguntas sobre los elefantes, los osos, los monos y sobre todo de los leones.

    El día del suceso, Antoñito con toda la familia, estrenó un traje nuevo y así, de gran gala, se fueron al estudio fotográfico donde posaron en un grupo. Después marcharon a dar una vuelta por la feria a pesar de ser media tarde. Regresaron a la fonda antes de la hora de la comida para atender a los clientes habituales y al aluvión de forasteros.

    Terminado el trajín y recogidos los servicios se le ocurrió a Antoñito llevar a los leones el sobrante de las comidas. Entró en el departamento de las fieras sin llamar la atención por ser conocido de los porteros y guardianes. Frente a la jaula de los leones abrió el paquete y su dispuso a echar parte del contenido en el interior de la jaula. La fiera más cercana a los barrotes sacó el brazo arañando al niño en la cara, pecho y brazo al tiempo que lanzaba un espantoso rugido. Los que vieron la escena gritaron a su vez y se alejaron corriendo mientras que los empleados del circo acudían veloces a retirar el niño que chorreando sangre lloraba al pie de la jaula.

    Bastó un segundo para que se produjese la confusión más espantosa. ¡La leona! ¡La leona! Gritaba la gente en su huida. Grito que el pánico convirtió en ¡Se ha escapado la leona! ¡se ha escapado la leona!

    Llevaron al imprudente chaval a su casa. Su padre no consintió que lo trasladaran a la Casa de Socorro. Lavaron al pequeño con agua sublimada para evitar la posible infección que no llegó a producirse. Bastó aquella cura para que el daño no pasase de unas cicatrices que Antoñito ostentaría orgulloso hasta el momento de su muerte muchos años después.

    El director del Circo fue de los primeros que acudieron a la fonda. Puso a disposición de la atribulada familia de Antoñito toda su ayuda y recursos, prometiendo hacer frente a todos los gastos que se ocasionasen e indemnizar al pequeño. Pero el padre del chaval, informado por su hijo y comprendiendo que toda la culpa era del niño, rehusó la ayuda que cordialmente se le ofrecía.

    Y así terminó el suceso conocido por “CUANDO SE ESCAPO LA LEONA”.

¿Ocurrió de esta forma? Por mi parte, yo creo sinceramente que así sucedió. Las personas que protagonizaron el caso –familiares y testigos- coinciden en sus declaraciones, salvo en algunos detalles que no modifican en nada el conjunto. El punto donde más discrepan es en el año en que tuvo lugar el desastre, mientras que unos dicen que fue en el 1911 otros aseguran que fue en el 1913, y no faltan los que opinan que ocurrió en el 1914. También hay los que no se acuerdan en absoluto del año en cuestión cosa que se comprende porque a los setenta años la memoria suele fallar con frecuencia.

    Y por último. El recuerdo de aquella noche de pesadilla todavía permanece en la mente de los viejos que, además del miedo, recuerda la trilla canarvalera con que despiadadamente se mofaba de sí mismo. Que empezaba así:


                                           Este año por feria
                                           Estamos asustaos
                                           Cuando decía la gente
                                           Que la leona se había escapao

    Y, colorín colorado…
                                               
                                                      Antonio Cruz de los Santos



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