viernes, 15 de mayo de 2026

Sabías Que… el Teatro Parque de La Línea recibió en 1958 a la compañía de Guadalupe Muñoz Sampedro

 









La compañía de Guadalupe Muñoz Sampedro y la representación de “Celos a la plancha” en el Teatro Parque (3 de mayo de 1958)

El sábado 3 de mayo de 1958, el Teatro Parque de La Línea de la Concepción acogió una nueva representación de la compañía de comedias cómicas dirigida por Guadalupe Muñoz Sampedro, una de las agrupaciones teatrales más conocidas y populares de aquellos años en el panorama escénico español. La función principal anunciada para aquella jornada fue la comedia en tres actos “Celos a la plancha”, original de Eduardo Arana, representada en sesión de tarde y noche, concretamente a las 7:45 y a las 11.

Los programas impresos distribuidos para la ocasión mostraban la importancia que tenía todavía el teatro comercial en la vida cultural linense durante la década de 1950. El cartel destacaba los nombres de los principales integrantes de la compañía, entre ellos Pepe Orjas, auténtica figura del teatro y cine cómico español, así como la propia Guadalupe Muñoz Sampedro, cuyo nombre servía de garantía de éxito y de calidad artística para el público de la época.

El reparto de “Celos a la plancha” estaba formado por un amplio elenco de actores y actrices especializados en la comedia ligera y el teatro de evasión. Entre ellos figuraban Ángeles Puchol, Irene C. Caba, Filo Borrero, Laura Alcoriza, José Martín, Guadalupe Muñoz Sampedro, Pepe Orjas, Gregorio Alonso, Flora Soler, Teresa Gisbert, Carlos García, Luis Larra y Alberto Bové. La dirección de la compañía corría igualmente a cargo de Pepe Orjas, mientras que la gerencia recaía en José Hernández Galián.

La obra formaba parte del repertorio habitual que la compañía representaba durante aquella temporada, junto a otros títulos de carácter cómico y costumbrista como Tenemos petróleo, La jalea real, Tan perfecto no te quiero, Te engañaré si eres buena, Nosotros, ellas… y el duende, Qué va, Pepe, Eva no salió del paraíso, Pepe es don José o Contigo pan y caviar. Este repertorio respondía plenamente al modelo de teatro comercial de posguerra, concebido como entretenimiento popular y destinado a un público que buscaba evasión y humor en una España todavía marcada por las limitaciones económicas y la estricta censura franquista.

“Celos a la plancha” jugaba desde su propio título con el doble sentido humorístico que caracterizaba a este tipo de piezas teatrales. La trama se desarrollaba mediante situaciones domésticas, sospechas sentimentales, discusiones familiares y equívocos matrimoniales que giraban en torno a los celos y las relaciones de pareja. La obra seguía la estructura clásica del llamado “juguete cómico” en tres actos, con diálogos ágiles, chistes rápidos y un desenlace amable y previsible que garantizaba la satisfacción del público asistente.

El autor de la obra, Eduardo Arana, fue uno de los comediógrafos más prolíficos del teatro popular español de mediados del siglo XX. Vinculado al sainete y a la revista musical, su estilo mezclaba el humor costumbrista heredero de Carlos Arniches con situaciones absurdas y modernas adaptadas al gusto del público de la época. Años después alcanzaría gran notoriedad como autor de libretos para figuras del espectáculo español como Lina Morgan y Juanito Navarro, especialmente en producciones teatrales promovidas por Matías Colsada.

La representación de “Celos a la plancha” en La Línea formaba parte de una extensa gira teatral desarrollada por la compañía durante 1958. Las agrupaciones teatrales profesionales de aquellos años dependían de largos recorridos por capitales de provincia y ciudades medias españolas para garantizar la rentabilidad de sus espectáculos tras sus estrenos madrileños. La compañía de Guadalupe Muñoz Sampedro había recalado en Valencia el 8 de enero de 1958, convirtiéndose en uno de los principales atractivos escénicos tras las fiestas navideñas. Posteriormente actuó los días 3 y 4 de marzo en el histórico Teatre Fortuny de Reus, donde compartió cartel con otra de sus populares comedias, Te engañaré si eres buena, de Vicente Soriano de Andía.

Uno de los grandes reclamos de la compañía era la presencia de Pepe Orjas, actor de enorme popularidad en el cine español de los años cincuenta y sesenta. Habitual en numerosas producciones cinematográficas y colaborador frecuente de directores como Luis García Berlanga, Orjas se había convertido en uno de los rostros más reconocibles de la comedia española. Su estilo interpretativo, basado en el humor cercano y cotidiano, conectaba fácilmente con el público popular.

Junto a él destacaba también Guadalupe Muñoz Sampedro, figura fundamental del teatro español de la primera mitad del siglo XX. Además de actriz, ejercía como directora y empresaria teatral. Pertenecía a una de las sagas artísticas más conocidas del país y estaba vinculada familiarmente a intérpretes como Luchy Soto y a la extensa familia artística de las Sampedro y las Gutiérrez Caba. Su nombre aparecía en los carteles teatrales como sinónimo de prestigio y garantía de éxito comercial.

La programación del Teatro Parque para aquella temporada reflejaba igualmente la importancia que seguían teniendo en La Línea las compañías teatrales ambulantes, capaces de atraer a un numeroso público mediante espectáculos de humor, revistas musicales y comedias de enredo. Este tipo de representaciones constituían una de las principales formas de ocio colectivo en la ciudad durante los años cincuenta, compartiendo protagonismo con el cine y las verbenas populares.

La función de “Celos a la plancha” celebrada el 3 de mayo de 1958 quedó así integrada dentro de la intensa actividad cultural y escénica que vivía La Línea en aquellos años, mostrando la presencia en la ciudad de algunas de las compañías teatrales más destacadas del circuito nacional y consolidando al Teatro Parque como uno de los principales espacios de espectáculos del Campo de Gibraltar durante el franquismo.





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Luis Javier Traverso




Sabías Que… la sesión municipal del 3 de mayo de 1899 definió la renovación política y electoral de La Línea

 









Sesión ordinaria de segunda citación del Ayuntamiento de La Línea (3 de mayo de 1899)

En la noche del 3 de mayo de 1899, a las nueve en punto, se reunió en la Casa Capitular de La Línea de la Concepción el Ayuntamiento de la ciudad para celebrar, en segunda citación, la sesión ordinaria que debía haberse efectuado el lunes primero de mayo y que no pudo celebrarse por falta de número legal de asistentes. Presidió la reunión el alcalde don Manuel José Bonelo e Infante, acompañado por los concejales don Manuel Lorenzo Méndez, don Bartolomé Lima Ortiz, don José Cayetano Ramírez Galuzo, don Juan Cruz Expósito, don José Cruz García, don Feliciano González Vázquez, don Andrés Viñas Riquelme, don José Ledesma Esteban y don Manuel Natera Salvo.

Abierta oficialmente la sesión, el primer asunto tratado fue la lectura y aprobación del acta correspondiente a la sesión ordinaria de segunda citación celebrada el día 12 de abril anterior, quedando aprobada por unanimidad de todos los concurrentes.

Seguidamente se dio cuenta de la distribución de fondos municipales correspondiente al mes en curso, documento esencial para la administración ordinaria del Ayuntamiento y para garantizar el funcionamiento de los distintos servicios públicos municipales. La Corporación aprobó igualmente por unanimidad la relación de gastos prevista, que destinaba 5.798,80 pesetas a los gastos generales del Ayuntamiento; 1.529,82 pesetas a la policía de seguridad; 1.963,66 pesetas a la policía urbana y rural; 1.122,75 pesetas a instrucción pública; 754,16 pesetas a beneficencia; 3.875 pesetas a obras públicas; 415 pesetas a corrección pública; 19.875,64 pesetas al capítulo de cargas y 416,66 pesetas a imprevistos.

La sesión continuó con la lectura de varias comunicaciones remitidas por el Gobierno Civil de la provincia. En primer lugar, se informó de la aprobación del presupuesto adicional del municipio para el ejercicio corriente, acuerdo del que la Corporación quedó enterada. A continuación, se comunicó igualmente la aprobación del presupuesto ordinario del Ayuntamiento para el ejercicio económico de 1899 a 1900, adoptándose nuevamente el acuerdo de quedar enterados.

Entre los asuntos económicos tratados destacó el relativo al arbitrio municipal sobre el uso voluntario de pesas y medidas. Se informó de que dicho arbitrio había sido adjudicado en subasta pública a favor de don Antonio Paniagua Plata por la cantidad de 3.001 pesetas para el ejercicio de 1899 a 1900. El Ayuntamiento acordó aprobar definitivamente el remate y ordenar el cumplimiento de todas las condiciones establecidas en el pliego correspondiente.

También se informó de las subastas celebradas para el arriendo del servicio de bagajes de la localidad durante el próximo ejercicio económico. Las licitaciones realizadas los días 24 de abril y 2 de mayo habían quedado desiertas, por lo que el Ayuntamiento acordó comunicar oficialmente esta circunstancia a la Diputación Provincial para los efectos oportunos.

Uno de los asuntos más importantes de la sesión estuvo relacionado con la inminente renovación bienal de concejales. El alcalde explicó que, conforme a la legislación vigente, correspondía determinar qué ediles debían cesar al concluir el presente bienio. Para ello era necesario practicar diversos sorteos entre determinados concejales y vecinos de los distintos distritos electorales, con objeto de decidir quiénes ocuparían las vacantes vinculadas a anteriores renovaciones municipales.

El Ayuntamiento acordó practicar los sorteos conforme a las disposiciones legales y establecer que el primer nombre extraído sería el designado para cesar. Celebrados los sorteos, correspondió cesar en el primer distrito a don Juan de los Santos Madrid; en el segundo distrito al propio alcalde don Manuel José Bonelo e Infante; y en el tercer distrito a don Domingo Matías y don Antonio Suffó Álvarez.

En consecuencia, la Corporación determinó oficialmente la relación completa de los nueve concejales que debían cesar al finalizar el bienio. Por el primer distrito quedaron incluidos don Bartolomé Lima Ortiz y don Juan de los Santos Madrid; por el segundo distrito don Diego del Pino Álvarez, don Eulogio Torres Tosar y don Manuel José Bonelo e Infante; por el tercero don Domingo Matías y don Antonio Suffó Álvarez; y por el cuarto distrito don Antonio Seliva Martínez y don Alfonso Valenzuela López. Asimismo, se dejó constancia de que, siendo nueve las vacantes, igual número de concejales deberían elegirse en los próximos comicios municipales.

La convocatoria oficial de elecciones municipales, fijadas para el domingo 14 de mayo de 1899 mediante circular del Gobernador Civil publicada en el Boletín Oficial de la provincia, obligó al Ayuntamiento a organizar el proceso electoral en el municipio. La Corporación procedió así a designar los locales electorales, presidentes de mesa y suplentes de cada sección electoral, conforme a lo dispuesto en el Real Decreto de 5 de noviembre de 1890.

Para el primer distrito se estableció una única sección electoral presidida por el alcalde don Manuel José Bonelo e Infante, actuando como suplente el alcalde de barrio don Francisco Fernández Rodas, constituyéndose la mesa en la sala de sesiones de las Casas Capitulares.

El segundo distrito quedó dividido en dos secciones. La primera estaría presidida por el primer teniente de alcalde don Manuel Lorenzo Méndez, siendo suplente don Desiderio Romero Fernández, y tendría como sede el salón de la escuela pública de San Enrique, en la plaza de Christon número 3. La segunda sección sería presidida por el segundo teniente de alcalde don Bartolomé Lima Ortiz, con suplencia de don Antonio Acedo del Olmo, constituyéndose la mesa electoral en la casa número 1 de la calle López Ayala.

Para el tercer distrito se acordó inicialmente que la mesa electoral quedase presidida por el tercer teniente de alcalde don Juan de los Santos Madrid, con suplencia de don Pedro del Corral Jiménez, instalándose en la casa número 59 de la calle Reina Cristina.

El cuarto distrito también quedó dividido en dos secciones. La primera sería presidida por el cuarto teniente de alcalde don Juan Cruz Expósito, siendo suplente don Andrés Barea Cote, y tendría su sede en la casa número 5 del Camino de la Atunara. La segunda quedaría presidida por el concejal don José Cayetano Ramírez Galuzo, con suplencia de don Diego Elena Camacho, estableciéndose la mesa en la casa sin número propiedad de José Rodríguez Holgado, situada en el Camino del Zabal.

Concluidos todos los asuntos del orden del día, se levantó la sesión, extendiéndose la correspondiente acta, que fue leída y ratificada por los asistentes.

No obstante, posteriormente se advirtió un error al copiar determinados extremos relativos a los presidentes y locales electorales de los distritos tercero y cuarto. Por ello se incorporó una nota de rectificación en la que se establecía que el tercer distrito quedaría presidido por don Juan Cruz Expósito, con suplencia de don Andrés Barea Cote, manteniéndose el local electoral de la calle Reina Cristina. Asimismo, se corrigió la distribución del cuarto distrito, quedando la primera sección presidida por don Juan de los Santos Madrid, con suplencia de don Pedro del Corral Jiménez, y la segunda manteniendo como presidente a don José Cayetano Ramírez Galuzo y como suplente a don Diego Elena Camacho.

La sesión reflejó el funcionamiento administrativo y político del Ayuntamiento linense a finales del siglo XIX, mostrando tanto la organización económica municipal como la preparación de los procesos electorales y la adaptación de la administración local a las disposiciones legales vigentes en la Restauración.

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Luis Javier Traverso

Bibliografía. Acta municipal del 3 de mayo de 1899




Sabías Que… el Teatro Cómico de La Línea proyectaba en 1935 grandes estrenos de Hollywood y cine en español

 











El Teatro Cómico y los estrenos cinematográficos de junio de 1935 en La Línea

En junio de 1935, el Teatro Cómico de La Línea anunciaba una nueva programación cinematográfica vinculada a las producciones de la compañía Fox, reflejando el creciente interés del público linense por el cine sonoro y las grandes producciones internacionales dobladas o adaptadas al español. El cartel publicitario anunciaba para el viernes 11, a las ocho y cuarto de la noche, una sesión compuesta por dos importantes estrenos, dentro de la intensa actividad cultural y recreativa que vivía la ciudad durante aquellos años.

La primera película anunciada era “La Ciudad de la Puerta Aérea”, presentada como estreno de la Revista Fox, una producción de carácter informativo y divulgativo que acostumbraba a proyectarse antes de los largometrajes principales y que permitía al público conocer noticias, avances técnicos y acontecimientos internacionales mediante imágenes en movimiento.

El segundo gran estreno correspondía a la comedia musical hablada en español “La Lotería del Amor”, interpretada por Pat Paterson y Lew Ayres. La película era presentada como una producción Fox en español, dentro de la estrategia seguida por las compañías estadounidenses durante los primeros años del cine sonoro, cuando aún se realizaban versiones adaptadas para el mercado hispanohablante.

La trama de La Lotería del Amor giraba en torno a un actor que protagonizaba un extraño concurso destinado a revolucionar a sus admiradoras. El singular certamen consistía en una especie de lotería cuyo premio final era el propio protagonista, recurso argumental que mezclaba humor, romance y situaciones disparatadas, elementos muy apreciados por el público cinematográfico de la época.

El anuncio detallaba además los precios de las localidades: butaca a 60 céntimos, anfiteatro a 40 y grada a 30, tarifas populares que permitían una considerable asistencia de espectadores al teatro.

La empresa aprovechaba igualmente el cartel para anunciar próximos estrenos en español, entre ellos “Los Diablos del Aire” y “La Pequeña Coronela”, esta última protagonizada por la célebre niña actriz Shirley Temple, auténtico fenómeno internacional del cine de los años treinta.

Los Diablos del Aire constituía un intento de la productora Warner Bros. de acercarse a las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, del mismo modo que ya había realizado anteriormente con la Marina en Here Comes the Navy. Para mantener el equilibrio entre ambos cuerpos militares, la película volvió a reunir al actor James Cagney y al director Lloyd Bacon, una combinación que ya había demostrado gran éxito comercial.

La producción contó con un presupuesto aproximado de 350.000 dólares, cifra importante para la época, destacando especialmente las espectaculares escenas aéreas realizadas por especialistas. La historia seguía las aventuras de Tommy (James Cagney) y William (Pat O’Brien), dos pilotos y compañeros inseparables que realizaban arriesgadas acrobacias aéreas mientras rivalizaban sentimentalmente por el amor de una misma mujer, interpretada por Margaret Lindsay. Aunque inicialmente la película pasó relativamente desapercibida, terminó convirtiéndose en un gran éxito de público pocos meses antes de la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

Por su parte, La Pequeña Coronela presentaba una historia ambientada en el sur de los Estados Unidos tras la Guerra de Secesión. La película narraba cómo Elizabeth Lloyd, una joven sureña, abandonaba a su familia para casarse con el yanqui Jack Sherman, provocando la ruptura definitiva con su padre, antiguo coronel confederado. Años después, Elizabeth regresaba a su ciudad acompañada de su pequeña hija, cuya simpatía y ternura conseguían ablandar el carácter del anciano coronel y favorecer la reconciliación familiar.

Durante el rodaje de la película se produjo una anécdota muy recordada en la historia del cine. La pequeña Shirley Temple, que había memorizado completamente todos los diálogos de la producción, llegó incluso a recordar una línea olvidada al veterano actor Lionel Barrymore durante una escena. Barrymore reaccionó inicialmente con enfado ante la corrección de la niña, provocando que parte del equipo apartara momentáneamente a Temple por temor a una reacción desmedida del actor. Sin embargo, poco después Barrymore se disculpó personalmente con ella y ambos mantuvieron una relación amistosa durante muchos años.

La programación anunciada por el Teatro Cómico reflejaba la importancia que el cine comenzaba a adquirir en la vida cotidiana de La Línea durante la década de 1930. Los estrenos internacionales, las producciones musicales en español y las películas protagonizadas por grandes estrellas de Hollywood contribuían a consolidar el teatro-cine como uno de los principales espacios de ocio y sociabilidad de la ciudad.


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Luis Javier Traverso




jueves, 14 de mayo de 2026

Sabías Que… en 1872 el Diario de Córdoba publicó una protesta española contra la ocupación británica de Gibraltar

 








La protesta española contra la ocupación de Gibraltar en el Diario de Córdoba (1 de mayo de 1872)

El miércoles 1 de mayo de 1872, el periódico Diario de Córdoba, en su número 6512, publicó un extenso artículo titulado “Protesta contra la ocupación de Gibraltar por Inglaterra”, texto que recogía una declaración promovida por diversas corporaciones españolas y dirigida a la prensa periódica europea. El documento constituyó una de las manifestaciones públicas más contundentes del pensamiento español del siglo XIX respecto a la soberanía de Gibraltar y a la permanencia británica en el Peñón.

El escrito comenzaba recordando la ocupación de Gibraltar en 1704, durante la Guerra de Sucesión Española. El artículo describía aquel episodio como un acto de aprovechamiento político realizado por Inglaterra en un momento de debilidad de la monarquía española y de profunda inestabilidad internacional. La pérdida del Peñón era presentada como consecuencia de las ambiciones de las potencias europeas y como uno de los ejemplos más notorios de la política expansionista británica de la época.

La narración insistía en que, desde aquella fecha, España jamás había renunciado moral ni políticamente a Gibraltar. Según exponía el texto, la nación española había mantenido durante más de siglo y medio una reclamación continua sobre el territorio, entendiendo que la ocupación británica vulneraba los principios del derecho, de la moral y de la dignidad nacional. El documento afirmaba que numerosos jurisconsultos europeos reconocían el derecho histórico de España sobre la plaza, y consideraba incomprensible que Gran Bretaña persistiera en conservar el enclave pese a las reiteradas reclamaciones españolas.

El artículo atribuía a Inglaterra una política de “rapiña territorial”, acusándola de sostener su presencia en Gibraltar únicamente por la fuerza militar y por el poder de sus cañones. Del mismo modo, criticaba la actitud británica ante las reclamaciones españolas, afirmando que Londres respondía con silencio y desprecio a las peticiones de restitución realizadas tanto por la prensa como por la opinión pública española.

Uno de los aspectos centrales del texto era la descalificación del Tratado de Utrecht de 1713. Las corporaciones firmantes sostenían que España no había podido negociar libremente las condiciones del acuerdo y que los representantes franceses que actuaron en nombre de Felipe V se habían excedido en sus atribuciones al permitir la cesión del Peñón. Además, se afirmaba que existían documentos oficiales en los que se prohibía expresamente entregar territorio español a Inglaterra durante las negociaciones de paz.

El documento añadía que el reconocimiento posterior de la soberanía británica sobre Gibraltar había sido obtenido bajo presión y circunstancias excepcionales, sin la aprobación de los Procuradores del Reino. Según el texto, incluso Inglaterra habría llegado a admitir en determinados momentos la legitimidad de las protestas españolas, recordándose supuestas promesas de restitución realizadas en tiempos de Jorge I.

La protesta insistía igualmente en el componente moral y patriótico de la cuestión. La presencia del pabellón británico en territorio considerado español era presentada como una ofensa permanente al honor nacional y al sentimiento patriótico de los españoles. El escrito rechazaba cualquier posibilidad de compensación económica o intercambio territorial, afirmando que aceptar una negociación de ese tipo equivaldría a legitimar una invasión y reconocer un derecho que Gran Bretaña nunca había poseído legítimamente.

En la parte final del artículo, las corporaciones españolas firmantes anunciaban que elevaban su protesta ante la opinión pública europea y se reservaban el derecho de llevar la cuestión ante un futuro Congreso Europeo si España no obtenía justicia. El texto concluía declarando a Inglaterra potencia “usurpadora” de Gibraltar y reiterando que España no renunciaría jamás a reclamar la restitución de la plaza.

La publicación aparecía firmada como copia por Antonio Fernández y García, e incluía la referencia a que el documento original estaba respaldado por diversas corporaciones españolas. La difusión de este manifiesto en la prensa provincial andaluza reflejaba la importancia que seguía teniendo en la España de la Restauración el problema de Gibraltar, convertido ya no solo en una cuestión diplomática, sino también en un símbolo de reivindicación nacional y de defensa de la integridad territorial española.

Transcripción Literal:

PROTESTA CONTRA LA OCUPACIÓN DE GIBRALTAR POR INGLATERRA

He aquí la enérgica protesta que contra la ocupación de Gibraltar por Inglaterra han formulado ante la opinión pública de Europa varias corporaciones españolas.

A LA PRENSA PERIÓDICA
DE EUROPA.

En los primeros años del pasado siglo, en 1704, cuando la Nación española, la heroica y noble Nación española, era víctima de la desmentida ambición de los Soberanos de Europa, que explotaron inicua mente sus desgracias, Inglaterra se apoderó del Peñón de Gibraltar, cometiendo uno de esos grandes crímenes que tanto distinguieron entonces su política de rapiña; crimen que más tarde hizo santificar el tratado de Utrecht, por medios tan reprobados y feos, que escandalizaron a los menos escrupulosos en aquella triste época de arbitrariedades.

Desde entonces no ha dejado un día España de clamar por la plaza que le fue usurpada, disputando su dominio a la nación que hoy la posee contra todas las leyes del derecho y la moral, contra el deseo justo y legítimo de un pueblo herido en su honra, y con detrimento de su propia dignidad.

Reconocido por los jurisconsultos más eminentes de Europa el derecho que España tiene para pedir siempre la usurpada plaza de Gibraltar, demostrado hasta la evidencia en distintas ocasiones, parecía natural que la Gran Bretaña, anteponiéndose a frívolas y enojosas reclamaciones, se dispusiera a realizar un acto tan justo como la devolución de ese pedazo del territorio español, dando una prueba de que sabe respetar el derecho moderno de las nacionalidades, que no permite trasgresiones del principio de justicia tan odiosas como la que viene cometiendo.

En vano la Nación española ha esperado en estos últimos tiempos la reparación que se le debe desde el pasado siglo. Inglaterra persiste con asombro de todos los hombres honrados y juiciosos en su sistema de rapiña territorial, sosteniendo su pabellón en la embocadura del Mediterráneo, donde un día lo implantara amparado de la traición y la perfidia.

Á las continuas excitaciones de la prensa periódica española, a las manifestaciones de la opinión pública de España, responde con el silencio; confiada en la fuerza bruta de sus cañones; esperando alguna indemnización metálica, o algún cambio de territorio, como si pudiera un pueblo digno hacer de una cuestión de honra un negocio mercantil.

Parece, obrando de esa manera, que trata de justificar la animadversión que todavía existe contra ella, producto de la extraña política que ha seguido en sus relaciones con las demás potencias.

Dar en cambio de Gibraltar a la Nación británica la recompensa a que al parecer aspira, sería lo mismo que admitir como justo el hecho de la invasión, sería reconocer en Inglaterra un derecho de que siempre ha carecido, un derecho que no tiene en la actualidad, y que no pueden prestarle los años transcurridos desde 1704, el odioso tratado de Utrecht, especie de contrato leonino, nulo y sin valor ante cualquier tribunal.

Y el derecho que tiene España a reclamar incondicionalmente esa parte de su territorio usurpado, es incuestionable; basta para acreditarlo revisar los documentos que existen sobre el hecho de la ocupación, y examinar las correspondencias que han mediado acerca de este mismo asunto entre el Gobierno británico y el español en diferentes épocas.

Por eso la nación española, que no tendría el menor reparo en someter la cuestión al fallo de un Congreso Europeo, tanta seguridad tiene en su derecho, se ve obligada a protestar enérgicamente contra la ocupación de Gibraltar por Inglaterra, en vista de su obstinación en poseer dicha plaza.

Cuando un pueblo escarnece con perjuicio directo de otro las reglas de la moral y desconoce el derecho que acaso tenga necesidad mañana de invocar, cuando una nación cualquiera, sin causa fundada ni aparente hiere y ultraja en sus mas caros sentimientos, mostrándose sorda á legítimos deseos, se entrega al desprecio y la animadversión de los demás pueblos del continente.

Si se encuentra Inglaterra en este caso, si debe ser tratada con todo el desprecio que inspiran actos repugnantes, violaciones criminales, lo dirá pronto por medio de sus órganos la opinión pública de Europa, cuyo juicio interesa la adjunta solemne protesta, que en nombre de España formulan sus representantes mas genuinos y autorizados.

Entre tanto, las Corporaciones españolas que suscriben, creen de su deber acusar de injusta y usurpadora á la Gran Bretaña, sin renunciar al derecho de reclamar nuevamente la plaza de Gibraltar, hasta que se restituya.

PROTESTA.

Considerando que Inglaterra se apoderó del Peñón de Gibraltar cuando no estaba en guerra expresamente con España, según hizo notar en uno de sus manifiestos el honorable Mr. Bright, y que hoy retiene en su poder esa parte del territorio español contra todos los códigos de la moral;

Considerando que en el Congreso de Utrecht no tuvieron entrada los embajadores españoles; que fue negado a España el derecho de discutir las condiciones de aquel tratado;

Considerando que los embajadores franceses que representaron a España en dicho Congreso no ajustaron su conducta al espíritu y letra del poder que para la mencionada representación otorgó Felipe V a Luis XIV, rey de Francia;

Considerando que en el expresado documento oficial se prohibía terminantemente ceder á Inglaterra en el ajuste de la paz la más pequeña parte del territorio español;

Considerando que los representantes de Francia se extralimitaron al ceder á la Gran Bretaña el Peñón de Gibraltar, que no estaban autorizados a hacer esa concesión;

Considerando que el Gobierno de España protestó oportunamente contra esa arbitrariedad, negándose á reconocer coacción tan injusta y humillante;

Considerando que solo por la fuerza se arrancó después al Gobierno español el reconocimiento tras del cual se escuda Inglaterra para seguir ocupando a Gibraltar;

Considerando que dicho reconocimiento no fue aprobado por los Procuradores del Reino; que el Gobierno español no pudo consultar á los Procuradores; que obró bajo la presión de circunstancias muy azarosas;

Considerando que volvió á protestar, y fue admitida como justa su protesta por la Gran Bretaña; y hecha pública promesa de restituir la usurpada plaza;

Considerando que dicha oferta hecha en nombre de Inglaterra por Jorge I envolvía el reconocimiento del derecho que España tiene para reclamar sin condición alguna esa parte de su territorio;

Considerando que el pabellón británico, enclavado en territorio español, hiere continuamente la dignidad de una nación noble y altiva, y el sentimiento patrio de sus hijos;

Considerando que una potencia no puede tener dominios en otra sino por derecho de descubrimiento, indemnización justa de guerra, estado de salvajismo del país dominado o mutuo convenio;

Considerando que Inglaterra no puede alegar ninguno de estos casos: que posee á Gibraltar por derecho de usurpación manifiesta; que retiene esa plaza contra la voluntad de España.

Las corporaciones españolas que suscriben, protestan solemnemente contra la ocupación de Gibraltar por Inglaterra ante el severo tribunal de la opinión pública de Europa, reservándose el derecho de elevar esta protesta al Congreso Europeo que más pronto se reúna, si antes no se le hace justicia á la Nación española.—(Siguen las firmas de varias importantes corporaciones españolas.)—Es copia:—Antonio Fernández y García.



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Luis Javier Traverso




Sabías Que… el Imperial Cinema de La Línea proyectó en 1957 la célebre película documental “El Mundo del Silencio”

 














El miércoles 1 de mayo de 1957, el histórico Imperial Cinema de La Línea de la Concepción anunciaba uno de los estrenos cinematográficos más singulares y espectaculares de aquellos años: la proyección, en Technicolor, del documental francés “El Mundo del Silencio” (Le Monde du silence), obra dirigida por el célebre explorador oceanográfico Jacques-Yves Cousteau y el joven cineasta Louis Malle.

El programa de mano conservado de aquella sesión mostraba una impactante imagen submarina protagonizada por buceadores equipados con escafandras autónomas, acompañada de un texto promocional que anunciaba:

“Un desfile milagroso de las más grandes maravillas que jamás vieron ojos humanos”.

La programación del Imperial Cinema incluía función infantil a las tres de la tarde y sesiones desde las siete, completándose el programa con el corto animado de Walt Disney titulado “El Ratón Napolitano”, fórmula habitual en las grandes sesiones cinematográficas de la época.

La película proyectada en La Línea tenía ya entonces un enorme prestigio internacional. “El Mundo del Silencio” había sido estrenada en Francia el 26 de mayo de 1956 y estaba considerada una auténtica revolución dentro del cine documental y de exploración submarina.

La obra fue codirigida por Jacques-Yves Cousteau, marino, investigador y pionero de la oceanografía moderna, junto a Louis Malle, que por entonces apenas contaba con veintitrés años. Aunque compartía título con el libro publicado en 1953 por Cousteau y Frédéric Dumas, el largometraje no adaptaba directamente aquella obra literaria, sino que recogía las expediciones submarinas realizadas a bordo del mítico barco Calypso durante el año 1955.

El libro original relataba los años de investigaciones y experiencias submarinas desarrolladas por Cousteau y sus colaboradores, incluyendo la invención de la escafandra autónoma moderna, creada junto a Émile Gagnan en 1943, así como las primeras campañas oceanográficas realizadas desde el Calypso, embarcación adquirida por Cousteau en 1950 y convertida posteriormente en símbolo mundial de la exploración marina.

El documental cinematográfico representó un enorme avance técnico para su tiempo. Las escenas submarinas fueron rodadas gracias a los reguladores CG45, desarrollados por Cousteau y Gagnan, y a las innovadoras cámaras submarinas diseñadas por André Laban. Gracias a estas tecnologías, “El Mundo del Silencio” se convirtió en una de las primeras películas en mostrar imágenes submarinas en color y la primera en filmar secuencias a profundidades cercanas a los 75 metros.

La película comenzaba con una narración en off que impresionó profundamente al público de la época:

“A cincuenta metros de la superficie, unos hombres realizan el rodaje de una película. Equipados con escafandras autónomas de aire comprimido, se ven liberados de la gravedad, se desplazan libremente”.

A bordo del Calypso, un equipo formado por doce buceadores recorrió durante meses el Mar Mediterráneo, el Golfo Pérsico, el Mar Rojo y el Océano Índico, filmando centenares de horas de imágenes submarinas. Los más de 25 kilómetros de película rodada fueron reducidos finalmente a un montaje de aproximadamente una hora y media.

Los propios miembros de la tripulación participaron como protagonistas del documental. Entre ellos se encontraban el propio Jacques-Yves Cousteau, Frédéric Dumas, Albert Falco, André Laban y otros marinos y técnicos que integraban la expedición científica y cinematográfica del Calypso. Uno de los personajes más recordados por los espectadores fue también “Jojo”, un mero que aparecía repetidamente durante el documental y que terminó convirtiéndose en una especie de símbolo entrañable de la película.

La repercusión internacional de “El Mundo del Silencio” fue extraordinaria. En 1956 obtuvo la prestigiosa Palma de Oro del Festival de Cannes, convirtiéndose durante décadas en el único documental galardonado con este premio. También recibió el Premio Méliès, el reconocimiento de la National Board of Review como mejor película extranjera y, finalmente, el Oscar de Hollywood de 1957 al mejor largometraje documental.

La llegada de esta producción al Imperial Cinema de La Línea reflejaba la importancia que los cines de la ciudad habían alcanzado durante los años cincuenta, incorporando a su programación películas de gran repercusión internacional y acercando al público linense los avances del cine documental moderno.

Para muchos espectadores de la época, aquellas imágenes submarinas en color constituyeron una experiencia completamente novedosa. El documental permitió contemplar por primera vez paisajes marinos, criaturas oceánicas y técnicas de inmersión que hasta entonces resultaban prácticamente desconocidas para el gran público, convirtiendo aquella proyección de mayo de 1957 en uno de los acontecimientos cinematográficos más singulares de la década en La Línea de la Concepción.



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Luis Javier Traverso




Sabías Que… los funcionarios municipales de La Línea constituyeron en 1932 una asociación propia para defender sus intereses profesionales















 

El 1 de mayo de 1932, la recién creada Asociación de Funcionarios Municipales de La Línea (Cádiz) comunicó oficialmente al Alcalde Presidente del Ayuntamiento de La Línea de la Concepción la composición de la directiva que habría de regir la entidad desde aquella fecha.

El documento, redactado con el tono formal y protocolario característico de la época, reflejaba la voluntad de organización y representación colectiva de los empleados municipales, en unos años en los que numerosas asociaciones profesionales comenzaban a consolidarse en el ámbito administrativo español.

La Junta Directiva quedó integrada por los siguientes funcionarios:

  • Presidente: don Juan M. Montero Amores
  • Vicepresidente: don José Escribano Román
  • Secretario: don Daniel Sanchíz Avilés
  • Vicesecretario: don Baltasar Escobar Mata
  • Tesorero: don Damián Luque García

Como vocales fueron designados:

  • don Antonio Beneroso del Río
  • don Ramón Moreno Sarmiñán
  • don Ángel Mesa de la Mata
  • don José Amaya Zamora

En el escrito remitido a la Alcaldía, la Asociación manifestaba su deseo de mantener una relación de colaboración con la Corporación municipal, expresando literalmente su voluntad de prestar:

“adhesión y colaboración leal en cuanto con la Asociación se relacione, en beneficio de los intereses generales que al Ayuntamiento que preside se le tiene confiado”.

El documento concluía con una fórmula de cortesía habitual en la correspondencia oficial de aquellos años:

“Que la vida de V.S. sea guardada muchos años”.

La comunicación aparecía firmada por el Presidente y el Secretario de la Asociación, constituyendo hoy un interesante testimonio documental sobre la organización interna del funcionariado municipal linense durante los primeros años de la Segunda República.

La creación de esta entidad evidenciaba el creciente interés de los empleados públicos por dotarse de mecanismos de representación corporativa y defensa profesional, en una etapa marcada por importantes transformaciones administrativas y sociales dentro de los ayuntamientos españoles.

Además de su carácter reivindicativo y organizativo, la Asociación de Funcionarios Municipales de La Línea reflejaba también el grado de estructuración alcanzado por la administración local de la ciudad a comienzos de la década de 1930, así como la importancia que los propios trabajadores municipales concedían a la cooperación institucional y al buen funcionamiento de los servicios públicos.




Realizado por:

Luis Javier Traverso







domingo, 10 de mayo de 2026

Sabías Que… el Teatro Cómico de La Línea estrenó en 1934 la película “El Agua en el Suelo”

 




El sábado 12 de mayo de 1934, el histórico Teatro Cómico de La Línea de la Concepción anunciaba el estreno de la película española “El Agua en el Suelo”, una producción cinematográfica presentada como una de las grandes obras dramáticas del momento y que llegaba a la ciudad acompañada de una intensa campaña publicitaria en la prensa y en programas de mano distribuidos entre el público.

La película, producida por CIFESA, estaba basada en un argumento y diálogos de los célebres dramaturgos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, mientras que la música corría a cargo del Maestro Alonso, uno de los compositores más reconocidos del panorama musical español de la época. La dirección fue realizada por Eusebio Fernández Ardavín, cineasta que durante los años treinta participó activamente en la consolidación del cine sonoro español.

El programa anunciador destacaba especialmente la participación de la actriz Maruchi Fresno, presentada como “la encantadora Maruchi Fresno”, junto a intérpretes como Luis Peña, Nicolás Navarro, Pepe Calle, Carlos Verger, María Amaya y otros artistas que formaban parte del reparto principal.

La publicidad del estreno utilizaba además un llamativo encabezamiento bajo el título de “Cantar Popular”, reproduciendo unos versos que servían como reclamo emocional para la obra:

“Cuando una calumnia tira
La honra de una mujer,
Cae como el agua en el suelo
Que es difícil de coger
Para que sirva de nuevo.”

Con este recurso se pretendía reforzar el carácter dramático y moralizante de la película, centrada en conflictos de honor, reputación y relaciones familiares, temas muy presentes en el teatro y el cine español de aquel periodo.

El folleto anunciador calificaba la producción como:

“La película española perfecta”.

Asimismo, destacaba la calidad de su interpretación y la importancia del estreno en la programación cinematográfica local, en una época en la que los teatros y cines de La Línea constituían uno de los principales espacios de ocio y sociabilidad de la población.

El anuncio también reflejaba la relevancia alcanzada por el cine español en los primeros años de la Segunda República, coincidiendo con el auge del cine sonoro y con la expansión de compañías productoras como CIFESA, que comenzaban a competir con las grandes distribuidoras extranjeras.

La llegada de películas como “El Agua en el Suelo” al Teatro Cómico evidenciaba igualmente la integración de La Línea de la Concepción en los circuitos culturales y cinematográficos nacionales, permitiendo al público local asistir casi simultáneamente a los estrenos que recorrían las principales ciudades españolas.

El programa conservado de este estreno constituye hoy un valioso testimonio documental sobre la actividad cultural y cinematográfica de la ciudad durante la década de 1930, así como sobre la importancia que el cine comenzaba a adquirir en la vida cotidiana de la sociedad linense.




La película “El Agua en el Suelo”, dirigida por Eusebio Fernández Ardavín y estrenada en 1934, constituyó una de las producciones más destacadas del primer cine sonoro español. El propio Fernández Ardavín elaboró el guion cinematográfico tomando como base una obra de los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, llevando a la pantalla una historia profundamente marcada por el drama moral, el honor familiar y las consecuencias de la calumnia.

La dirección fotográfica estuvo a cargo de Henri Barreyre y José María Beltrán, mientras que el montaje fue realizado por Eduardo García Maroto. La música original correspondió al prestigioso compositor Francisco Alonso, cuya aportación fue especialmente elogiada por la crítica de la época. Entre las piezas más celebradas destacaron la denominada “Canción del boyero” y una popular “Canción gitana”, que contribuyeron a reforzar el ambiente emocional y costumbrista de la película.

El reparto reunió a varios intérpretes destacados del momento, encabezados por Maruchi Fresno, junto a María Anaya, Pilar García, Angelita Pulgar, Selica Pérez Carpio, José Calle, Nicolás Navarro, José María Alonso Pesquera, Paulino Casado, José de Abarca, Rufino Inglés y Luis Peña.

La película fue estrenada el 14 de abril de 1934 en el cine Lírico de Valencia, celebrándose posteriormente su presentación en Madrid el 16 de abril de 1934 en el prestigioso cine Callao, uno de los grandes escenarios cinematográficos de la capital española.

La trama giraba en torno a la tragedia provocada por una falsa acusación publicada en un periódico por un hombre sin escrúpulos, circunstancia que terminaba afectando gravemente al honor y la reputación de una familia respetable. El propio título de la obra hacía referencia al sentido moral de la historia, expresado en una frase que llegó a popularizarse:

“La falsedad es como el agua en el suelo; aunque se recoja, siempre queda algo”.

La crítica cinematográfica del momento recibió la película de forma favorable, destacando especialmente su carácter genuinamente español sin caer en excesos folclóricos o tópicos regionalistas. Algunos periódicos llegaron a definirla como:

“Una película española, de hechura y sabor en un todo conforme a nuestro estilo y esencia raciales. Pero sin tipismos, sin brochazos de color regional, sin españoladas”.

El Agua en el Suelo” ocupó además un lugar destacado dentro de la historia del cine nacional por varios motivos. Fue considerada la primera película sonora española rodada en los célebres estudios madrileños de la CEA (Cinematografía Española Americana), convirtiéndose también en la primera adaptación cinematográfica sonora de una obra de los hermanos Álvarez Quintero.

La producción llamó especialmente la atención por la calidad de su sonido y por una fotografía que fue ampliamente alabada por la prensa especializada, en unos años en los que la industria cinematográfica española trataba de consolidar definitivamente el cine sonoro frente a las producciones extranjeras.


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