lunes, 13 de julio de 2026

¿Sabías que…? Tal día como hoy, 13 de julio, La Línea seguía recordando la noche en que el pánico hizo creer a toda la ciudad que se había escapado una leona de la feria

 










Prólogo

Las ferias y veladas forman parte de la memoria sentimental de los pueblos. Constituyen mucho más que unos días de diversión: son el escenario donde varias generaciones han compartido alegrías, ilusiones, encuentros familiares y anécdotas que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en auténticas leyendas populares. La Velada y Fiestas de La Línea de la Concepción ha sido, desde sus orígenes, uno de esos espacios donde la vida cotidiana se transformaba durante unos días en un universo lleno de luces, música, olor a buñuelos, pregones, circos, barracas y espectáculos que permanecieron grabados para siempre en la memoria colectiva de los linenses.

Entre todas aquellas historias transmitidas de generación en generación, pocas alcanzaron tanta popularidad como la del supuesto escape de una leona durante una noche de feria. Durante décadas, el episodio fue recordado en conversaciones familiares, tertulias y reuniones de amigos, mezclándose los hechos reales con las exageraciones propias del relato oral. Como sucede con tantos acontecimientos populares, el paso del tiempo fue añadiendo detalles, modificando circunstancias y convirtiendo un incidente concreto en una de esas narraciones que terminan formando parte del patrimonio inmaterial de una ciudad.

Antonio Cruz de los Santos supo comprender el extraordinario valor que encerraban estas pequeñas historias aparentemente intrascendentes. Cronista apasionado de La Línea, dedicó buena parte de su vida a recoger los recuerdos de quienes habían vivido los acontecimientos, contrastarlos con documentos y testimonios y transformarlos en relatos llenos de humanidad, donde la historia y la tradición oral conviven de forma natural. Su obra constituye hoy una de las principales fuentes para conocer no sólo los grandes acontecimientos de la ciudad, sino también la vida cotidiana de sus habitantes, sus costumbres, sus formas de divertirse y esa manera tan particular de entender la convivencia que caracterizó a varias generaciones de linenses.

La estampa titulada «¡Se ha escapado la leona!» representa perfectamente ese modo de escribir. Más que limitarse a narrar un hecho concreto, el autor reconstruye con enorme riqueza de detalles el ambiente de la antigua Velada de La Línea. El lector pasea junto a la multitud bajo las arcadas iluminadas con carburo, escucha los pregones de los vendedores ambulantes, contempla las barracas de feria, los teatros, los circos, los tiovivos, los puestos de turrón y las buñolerías, sintiendo el calor del levante y el bullicio de miles de personas que acudían desde toda la comarca, Gibraltar, Ceuta o incluso Tánger para disfrutar de las fiestas.

Ese magnífico ejercicio descriptivo convierte el relato en un auténtico documento etnográfico. Gracias a él es posible conocer cómo era físicamente el antiguo Paseo de la Velada, qué diversiones existían, cuáles eran las atracciones más populares, cómo funcionaban los pequeños espectáculos ambulantes, cuáles eran los precios habituales o incluso cuáles eran las bebidas refrescantes que consumía el público durante las calurosas noches del mes de julio. Cada página constituye una fotografía literaria de una ciudad desaparecida que sólo permanece viva en la memoria de quienes la conocieron.

Pero la verdadera fuerza del relato reside en la forma en que Antonio Cruz de los Santos aborda el célebre episodio de la leona. Lejos de conformarse con repetir una tradición popular, el autor actúa casi como un investigador. Primero reproduce la versión legendaria, aquella que el pueblo fue transmitiendo durante décadas, con toda la intensidad dramática del pánico colectivo, las carreras, las barracas derribadas, los heridos, el caos y la confusión. Después, una vez captada la atención del lector, desmonta cuidadosamente la leyenda recurriendo a los testimonios de quienes realmente vivieron el suceso, explicando cómo una falsa interpretación del rugido de la fiera y las heridas sufridas por un muchacho terminaron desencadenando una estampida de consecuencias espectaculares.

Ese equilibrio entre memoria popular e investigación histórica constituye una de las mayores virtudes de Antonio Cruz de los Santos. Nunca desprecia la tradición oral, porque sabe que forma parte inseparable del patrimonio sentimental de un pueblo, pero tampoco renuncia al rigor documental cuando dispone de testimonios suficientes para aproximarse a la realidad de los hechos. Gracias a esa metodología consigue ofrecer al lector dos historias simultáneas: la leyenda que permaneció viva durante generaciones y la explicación histórica que permite comprender cómo nació aquella leyenda.

Resulta igualmente admirable la capacidad del autor para retratar a los personajes anónimos que dieron vida a aquella feria. Vendedores ambulantes, buñoleros, músicos, feriantes, artistas de barraca, empleados de los circos, familias enteras paseando por el Real o el pequeño Antoñito Vázquez Macías —que pasaría a ser conocido para siempre como «el niño de la leona»— aparecen descritos con una cercanía que permite al lector sentirse partícipe de aquella noche inolvidable. No existen protagonistas heroicos; el verdadero protagonista es el propio pueblo de La Línea, con sus costumbres, sus miedos, su capacidad para exagerar los acontecimientos y, finalmente, para reírse de sí mismo convirtiendo una tragedia potencial en una copla carnavalesca que sobrevivió durante décadas.

La publicación de esta estampa permite recuperar una de las páginas más entrañables de la historia popular linense. No se trata únicamente de recordar un curioso incidente ocurrido hace más de un siglo, sino de conservar una forma de narrar la ciudad que hoy prácticamente ha desaparecido. Antonio Cruz de los Santos escribía desde el conocimiento directo de las personas, de las calles y de las tradiciones, dejando un testimonio que trasciende el simple relato anecdótico para convertirse en una auténtica memoria colectiva de La Línea de la Concepción.

Por ello, estas páginas deben leerse no sólo como una narración amena o como una curiosidad histórica, sino también como un homenaje a aquella ciudad bulliciosa que crecía alrededor de su Velada y Fiestas, donde miles de personas compartían unos días de alegría bajo las luces del Real. En ellas permanece viva una época en la que la feria era el gran acontecimiento anual, capaz de reunir a toda la comarca y de generar historias que, como la de la célebre leona, acabarían formando parte del imaginario colectivo de generaciones enteras de linenses.

La recuperación y difusión de textos como éste constituye, además, un acto de justicia hacia la figura de Antonio Cruz de los Santos, uno de los grandes narradores de la memoria local. Su legado continúa permitiendo que los lectores actuales recorran la antigua La Línea con la misma emoción con la que él escuchó aquellas historias de boca de sus protagonistas. Gracias a su extraordinaria capacidad para observar, investigar y contar, sucesos que pudieron perderse para siempre permanecen hoy vivos, recordándonos que la verdadera historia de una ciudad no sólo se escribe en los documentos oficiales, sino también en las pequeñas vivencias de sus vecinos, en las tradiciones populares y en esos relatos que, entre la realidad y la leyenda, terminan convirtiéndose en parte inseparable de la identidad de un pueblo

Luis Javier Traverso





Capítulo 51



¡SE HA ESCAPADO LA LEONA!

-Estampa Linense-

Fotografía generada por IA



¡Se ha escapado la leona! ¡Se ha escapado la leona! Gritaba la gente enloquecida por el pánico huyendo del Paseo de la Velada que segundos antes ocupaba feliz y despreocupada.

    Bajo las cuatros arcadas de luces de carburo, apretujados entre vendedores que preguntaban: ¡Agua fresca de de la fuente del Avellano!, ruletas martingaleras y puestos de joyería fina a 0’25 céntimos la pieza de oro desfilaba la multitud con paso lento, cansado, sin preocuparse gran cosa de las preciosas turroneras que les ofrecían las ricas golosinas alicantinas, ni de las tiendas de abanicos que exponían rumbosas las mejores galas de su artesanía, sino que más bien parecía buscar un lugar libre donde sentarse para dar descanso a los atormentados pies.

    Los tinglados con pretensiones de casetas, los cafés y buñolerías se encontraban repletas de gentes sentadas en torno a los veladores tomando zarzaparrilla con gaseosa  de “mebli”, o limonada relativamente fresca. Dichosos los que podían encontrar una mesa con algunas sillas en “la Austriaca”, o en el Casino de La Línea, o en la caseta del Ayuntamiento.

    El público sudoroso y sofocado por el pegajoso viento de levante penetraba en todos los rincones y barracas de La Velada atestando el teatrillo del “Gran Pope”, parándose ante la barraca del “Hombre que hecha fuego por la boca, come carbón y bebe petróleo”, el cual se anunciaba con voz gangosa y acento extranjero pese a ser natural de La Línea y haber nacido en el  Cerro de la Vieja. Un poco más allá otro espectáculo del mismo jaez atraía a la gente: “La Mujer Barbuda” de adiposa mole, y le seguían “Mister Plunk” el indostánico fakir de pega que permanecía enterrado sin comer ni beber  durante cuarenta días –de las noche u horas de la madrugada no decía nada-, a continuación la barraca del “Tragasables”, después la individualista figura del “Tío de las vistas”, un pobre hombre que llevaba colgado del cuello un mísero cajón provisto de una lente por el que los pequeñuelos contemplaban en el interior del armatoste litografías de la batalla de los Castillejos, el descubrimiento de America la muerte de Pepe-Hillo, el bombardeo de Cataluña y el terremoto de Lisboa. A continuación se alzaba el “Tiovivo” con salvajes corceles del oeste Americano que galopan al son de la alegra música de órgano escoltado por personajes de peluca y casaca al estilo del siglo XVII o arrancados de la corte del Rey Sol.´

    Las buñolerías no deban abasto para servir los buñuelos a real la docena, ni atender la bulliciosa clientela de familias enteras que buscaban ansiosas un refugio donde descansar un rato.

    Los circos relumbrantes de luces de carburo y presididos de orquestas con predominio de trompetas y tambores tragaban insaciables a la muchedumbre que se repartía bajo los agobiantes toldos recalentados por el sol de julio, tomando asiento en las empinadas graderías o en las apretujadas sillas en torno a las pistas.

    Por todas partes gritos, voces, pregones rifando, vendiendo, cantando, teniendo el contrapunto de los estampidos de cañoncitos inofensivos, el chasquear de látigos, los rugidos de fieras acosadas por domadores, fogonazos de magnesio y las repiqueteantes campanas de los teatros anunciando la próxima función. Y, gente, mucha gente, demasiado gente llegada de todos los pueblos de la comarca, de Gibraltar, incluso de Ceuta y de Tánger.

    La Línea en aquellos días, recién terminadas las obras del puerto y los diques de la vecina plaza inglesa, contaba según el censo efectuado a ojo de buen cubero sus sesenta mil habitantes.

    Hacia pocos años que se celebraba la Feria en el huerto de Pedro Vejer.

Anteriormente se montaba en la Explanada de Alfonso XIII y calle Real rematando en la Plaza de la Iglesia. Después la trasladaron a la Calle del Cuartel extendiéndose por el parque de la Victoria y la Banqueta de Poniente. Hasta que por fin el Ayuntamiento adquirió en propiedad el antiguo huerto de Pedro Vejer que denominó Paseo de la Velada.

    Este lugar ha resultado el más indicado porque está en el centro de la ciudad, tiene buenas calles confluentes y la Plaza de Toros al final del real de la feria. En los últimos años parece haber quedado pequeño dado el incremento y la importancia que va tomando la fiesta. Pero aún puede ampliarse más, basta con extender la techumbre de luces en un paseo circular en torno a la Plaza de Toros y desviar durante la semana de feria el tráfico rodado por las calles adyacentes. Hay sitio suficiente para instalar numerosos barracones y carruseles.

    Más volvemos al día en que se escapó la leona. Entramos en la Velada, formemos parte de la muchedumbre de paseantes.

    ¡”El agua diabólica”! ¡Señores, pasen al interior, conozcan los efectos maravillosos del “agua diabólica”. Por diez céntimos nada más puede usted ganar un duro, ¡¡un duro, si señor! ¡un duro! Todo lo que tiene que hacer es meter la mano en la tina del agua y sacar el duro que no está clavado al recipiente, ¡véanlo! El pregonero, vestido con un estrafalario atuendo que recuerda a los alquimistas de la Edad Media, saca la moneda del barreño y lo enseña al público. Sean más listos que el “agua diabólica” que no les permitirá llevarse el duro. ¡Inténtelo! Y, desde luego, no faltaban incautos que considerándose listos metían la mano en la tina pero coger el duro. Un oportuno golpe de manivela de una magneta oculta comunicaba una descarga eléctrica al agua que proporcionaba al incauto un calambrazo capaz de achicar al más valiente.

    Junto a esta barraca había otra donde por diez céntimos podía ver todo el mundo la maravilla de las maravillas, el más asombroso de todos los inventos, la máquina parlante de Edison. En efecto, en sesión continua se mostraba, sobre una mesa, un fonógrafo de bocina descomunal, el abuelito de los actuales tocadiscos, movido por manivela y que gastaba agujas de acero gordas como clavos.

    La riada humana todo lo invadía: puestos de juguetes, de turrón, de abanicos, de baratijas, los circos, los teatros, las buñolerías y casetas de baile, los casinos, barracas y bares, los columpios, los “tiovivos”, el tobogán, la noria monumental. Por todas partes gentes apretadas, sudorosas, cansadas de dar vueltas por el real de la feria. Las barracas de tiro al blanco a base de escopetas o pelotas de trapo no tenían suficiente espacio para atender a los parroquianos. Todo era un cuerpo compacto, una muchedumbre espesa ansiosa de divertirse.

    En uno de esos momentos, una señora que llevaba a un hijo en brazos se acercó demasiado a la jaula de los leones. La leona, mansurrona de siempre, sacó en aquella ocasión el brazo por entre los barrotes arañando al niño en la cara. Al grito que dio la pobre mujer al ver a su hijo ensangrentado se unió el rugido de la fiera. Y como un disparo a bocajarro brotó de todos los pechos al terrible grito de ¡Se ha escapado la leona! ¡La leona! ¡La leona! ¡Se ha escapado la leona! El público del recinto de las fieras emprendió veloz carrera dominado por el pánico que contagió a los de fura que, a su vez, gritaban electrizados por el miedo. Y todo el mundo corrió enloquecido, tirándose de cabeza a través de las endebles lonas de las barracas, arrollando los veladores  con los servicios, tumbado los tenderetes y puestos, derramando por los suelos las mercancías, atropellando cuanto encontraba delante, pisando a los caídos, rompiendo mesas y sillas. Por las calles confluentes la riada adquirió magnitud de torrente que eliminaba cuanto encontraba a su paso, destruyendo los puestos de turrón, tumbando carromatos, hundiendo o aplastando las casetas, tirando postes y esparciendo por los suelos miles de objetos que nadie trataba de recoger, abandonando a su suerte a los que caían presa de convulsiones o ataques de nervio ya fuesen niños, ancianos o mujeres.

    Pasado los primeros instantes de pánico se produjo una extraña clama silenciosa teniendo por fondo el llanto desesperado de algún pequeño abandonado, o los gritos enronquecidos de alguna pobre mujer que había perdido a la familia y la llamaba co acento de loca. Poco a poco el ambiente fue llenándose de voces pidiendo socorro, de llantos mal sofocados, de maldiciones y blasfemias.

    Y como ocurre siempre, una vez que se convencieron que todo había sido producto de una falsa alarma, una jugarreta del diablo, que la leona no se había escapado, que permanecía tranquila en su jaula, los más osados alardearon de valor socorrieron a los caídos, ayudaron a las mujeres y hasta con un poco de chunga pregonaron zapatos, bolsos, sombreros, conforme los recogían del suelo.

    En aquel momento la feria presentaba un desastroso aspecto, de ruina, algo así como si hubiese sufrido los efectos de un ciclón americano.

    Poco a poco fueron acudiendo los guardias municipales, los camilleros de la de la Cruz Roja, la Guardia Civil y autoridades. Se organizaron puestos de socorro y durante horas atendieron a los pobres desgraciados que padecían magullamientos o heridas.

    ¿Ocurrió el desastre tal como lo he descrito? ¿Cuál fue la realidad? ¿Se escapó la leona? O ¿Solo fue una falsa alarma y una explosión de pánico? De todo hubo. La verdad y la fantasía se han mezclado una vez más. Lo cierto es que la estampía se produjo más o menos como se ha descrito, que la leona no se escapó, que permaneció en la jaula con gandulera apatía ajena a la catástrofe producida a su alrededor, que la mujer llevando al niño en brazos no se acercó a la jaula porque tal mujer no existió jamás.

    Cotejando mis notas del suceso puedo establecer aproximándome mucho a la verdad lo siguiente…

    Pero empecemos por el principio. El final de la calle del Clavel en su desembocadura a la explanada era estrecha y formaba un ángulo recto. Este trozo de calle se ensanchaba conforme avanzaba hasta las calles del Sol y del Águila con las que hacía esquinas. El primer establecimiento, que participaba de la Explanada y de la calle Clavel era “El conejo”, un despacho de bebidas, le seguía una tienda de objetos de metal: velones, plancheros, peroles, tenazas, etc. Todo muy reluciente. Por la misma fachada seguían otras tiendas en las que predominaban las freidurias, terminando en la pañería de Cascales esquina a la calle del Sol. Enfrente, partiendo de la esquina de la del Águila se encontraba la bodega de los Ramírez a la que continuaban otras tiendecillas, fondas freidurías y casa de comida de humilde categoría, hasta terminar desembocando en la Explanada. Una de estas casas de comida y freiduría, que daba frente al establecimiento de Cascales era conocida por la fonda de “Las nieves”. No era ese precisamente su título, puesto que no lo tuvo nunca, sino que así la designaban porque su propietario trabajó en su mocedad en una fábrica de hielos y de ahí le vino el apodo que más tarde heredó la fonda. Paraban en este establecimiento el personal empleado del circo, no sé si el director también.

    El nieto del propietario de la freiduría, Antoñito Vázquez Macia, que apodaron hasta su muerte “el niño de la leona”, servía a los parroquianos, bromeaba con ellos y gozaba oyendo los comentarios de los sirvientes del circo. Pero lo que más encantaba al pequeño era lo relacionado con las fieras, deshaciéndose en preguntas sobre los elefantes, los osos, los monos y sobre todo de los leones.

    El día del suceso, Antoñito con toda la familia, estrenó un traje nuevo y así, de gran gala, se fueron al estudio fotográfico donde posaron en un grupo. Después marcharon a dar una vuelta por la feria a pesar de ser media tarde. Regresaron a la fonda antes de la hora de la comida para atender a los clientes habituales y al aluvión de forasteros.

    Terminado el trajín y recogidos los servicios se le ocurrió a Antoñito llevar a los leones el sobrante de las comidas. Entró en el departamento de las fieras sin llamar la atención por ser conocido de los porteros y guardianes. Frente a la jaula de los leones abrió el paquete y su dispuso a echar parte del contenido en el interior de la jaula. La fiera más cercana a los barrotes sacó el brazo arañando al niño en la cara, pecho y brazo al tiempo que lanzaba un espantoso rugido. Los que vieron la escena gritaron a su vez y se alejaron corriendo mientras que los empleados del circo acudían veloces a retirar el niño que chorreando sangre lloraba al pie de la jaula.

    Bastó un segundo para que se produjese la confusión más espantosa. ¡La leona! ¡La leona! Gritaba la gente en su huida. Grito que el pánico convirtió en ¡Se ha escapado la leona! ¡se ha escapado la leona!

    Llevaron al imprudente chaval a su casa. Su padre no consintió que lo trasladaran a la Casa de Socorro. Lavaron al pequeño con agua sublimada para evitar la posible infección que no llegó a producirse. Bastó aquella cura para que el daño no pasase de unas cicatrices que Antoñito ostentaría orgulloso hasta el momento de su muerte muchos años después.

    El director del Circo fue de los primeros que acudieron a la fonda. Puso a disposición de la atribulada familia de Antoñito toda su ayuda y recursos, prometiendo hacer frente a todos los gastos que se ocasionasen e indemnizar al pequeño. Pero el padre del chaval, informado por su hijo y comprendiendo que toda la culpa era del niño, rehusó la ayuda que cordialmente se le ofrecía.

    Y así terminó el suceso conocido por “CUANDO SE ESCAPO LA LEONA”.

¿Ocurrió de esta forma? Por mi parte, yo creo sinceramente que así sucedió. Las personas que protagonizaron el caso –familiares y testigos- coinciden en sus declaraciones, salvo en algunos detalles que no modifican en nada el conjunto. El punto donde más discrepan es en el año en que tuvo lugar el desastre, mientras que unos dicen que fue en el 1911 otros aseguran que fue en el 1913, y no faltan los que opinan que ocurrió en el 1914. También hay los que no se acuerdan en absoluto del año en cuestión cosa que se comprende porque a los setenta años la memoria suele fallar con frecuencia.

    Y por último. El recuerdo de aquella noche de pesadilla todavía permanece en la mente de los viejos que, además del miedo, recuerda la trilla canarvalera con que despiadadamente se mofaba de sí mismo. Que empezaba así:


                                           Este año por feria
                                           Estamos asustaos
                                           Cuando decía la gente
                                           Que la leona se había escapao

    Y, colorín colorado…
                                               
                                                      Antonio Cruz de los Santos



domingo, 12 de julio de 2026

¿Sabías que…? Tal día como hoy, 13 de julio, en 1931, la Sociedad Recreativa Juventud renovó democráticamente su Junta Directiva y reorganizó uno de los servicios más importantes de su casino

 











La Sociedad Recreativa Juventud renovó su Junta Directiva y reorganizó el servicio de abastecimiento de su ambigú (13 de julio de 1931)

El acta correspondiente a la sesión celebrada por la Sociedad Recreativa Juventud el 10 de julio de 1931, certificada posteriormente por su secretario Antonio Carrillo Lima el 13 de julio de 1931, constituye un magnífico testimonio del funcionamiento interno de una de las asociaciones recreativas más activas de La Línea de la Concepción durante los primeros años de la Segunda República. El documento permite conocer con detalle la forma en que la entidad desarrollaba sus asambleas, elegía democráticamente a sus órganos de gobierno y resolvía los asuntos relacionados con la administración cotidiana de la sociedad.

La reunión tuvo lugar en el domicilio social de la entidad, situado en la confluencia de las calles González de la Vega y Joaquín Costa, uno de los principales centros de reunión de la sociedad linense en aquellos años. A la sesión asistieron veintiocho socios, una participación que pone de manifiesto el elevado grado de implicación de los asociados en la vida de la institución y el interés existente por intervenir directamente en las decisiones que afectaban a su funcionamiento.

La sesión comenzó a las nueve y media de la noche, bajo la presidencia del máximo responsable de la Sociedad. Como era habitual en este tipo de reuniones, el primer punto del orden del día consistió en la lectura del acta correspondiente a la sesión anterior. El secretario procedió a dar lectura íntegra del documento, siendo aprobado por unanimidad por los asistentes, lo que permitía dejar definitivamente ratificados los acuerdos adoptados en la reunión precedente.

A continuación se presentó el estado de cuentas correspondiente al mes de junio, documento que reflejaba la situación económica de la Sociedad. Tras su examen por parte de los asistentes, las cuentas fueron igualmente aprobadas, circunstancia que demuestra que la gestión económica desarrollada por la Junta saliente contaba con el respaldo de los socios presentes.

Superados los asuntos administrativos iniciales, la Asamblea abordó uno de los puntos de mayor trascendencia de la sesión: la renovación de la Junta Directiva.

La elección de los nuevos cargos se desarrolló con normalidad y concluyó con la designación por unanimidad de los socios que habrían de dirigir la entidad durante el nuevo mandato.

La presidencia recayó en Fernando Sedeño Sánchez, de estado casado, vecino de la calle Joaquín Costa, quien fue elegido por unanimidad de los asistentes. Como vicepresidente fue nombrado Victorino Yeo Martínez, de estado soltero con domicilio en calle Buenos Aires, Patio Don Adolfo,  mientras que la Secretaría pasó a desempeñarla Antonio Ruiz Sedeño, de estado soltero con domicilio en la calle González de la Vega, estableciéndose como vicesecretario Andrés Medina Florín, de estado soltero, con domicilio en el Camino del Zabal.

La administración económica de la Sociedad quedó encomendada a Julio Chichón Blanca, de estado casado, con domicilio en la calle Crespo, designado tesorero, mientras que el cargo de contador correspondió a Antonio Carrillo Lima, de estado soltero, con domicilio en la calle Algeciras, precisamente la persona que días más tarde certificaría oficialmente el contenido del acta.

La estructura organizativa se completó con la elección de varios vocales. El puesto de primer vocal fue ocupado por Sebastián Guerrero Barranco, de estado soltero con domicilio en calle Crespo; el segundo vocal sería Juan Rada Ávila, soltero domiciliado en Calle Pedrera; el tercero correspondió a José Vázquez Mendoza, soltero, domiciliado en calle Joaquín Costa; mientras que también fueron designados para Componer la Comisión Revisora José Moreno Recio, soltero domiciliado en la calle Algeciras; José García Lima, soltero domiciliado en calle Crespo y Manuel Romero Marín, de estado soltero con domicilio en la calle Pi y Margall,  completando así la composición del órgano directivo encargado de administrar la Sociedad Recreativa Juventud.

Una vez proclamados los resultados, la Asamblea acordó que todos los miembros elegidos tomarían posesión oficial de sus respectivos cargos el 14 de julio de 1931, permitiendo de este modo realizar el relevo de la Junta saliente con la debida organización administrativa.

Sin embargo, la sesión no concluyó con la renovación de la Directiva. Los asistentes continuaron tratando diversos asuntos relacionados con la gestión cotidiana de la Sociedad, adoptando acuerdos que ponen de manifiesto el carácter democrático con el que funcionaban estas entidades recreativas.

Uno de los primeros acuerdos consistió en nombrar socio honorario a José López Delgado, distinción reservada habitualmente para aquellas personas que habían prestado servicios relevantes a la institución o habían contribuido de forma destacada a su desarrollo. Aunque el acta no detalla los méritos concretos que motivaron este reconocimiento, el acuerdo refleja la costumbre existente en numerosas sociedades recreativas de distinguir públicamente a quienes habían colaborado de manera especial con la entidad.

Seguidamente se abordó una cuestión que afectaba directamente al funcionamiento diario del Casino y, en particular, al servicio del ambigú, espacio destinado al suministro de bebidas y otros productos para los socios.

A propuesta de varios asociados, la Asamblea debatió si debía continuar desempeñando el cargo de abastecedor Vicente Moreno Gómez, persona encargada hasta entonces del suministro del establecimiento.

Durante la discusión se expuso que el citado abastecedor no estaba cumpliendo adecuadamente los compromisos adquiridos con la Sociedad. Aunque el acta no especifica cuáles eran exactamente los incumplimientos que se le atribuían, sí deja constancia de que la mayoría de los socios consideraba que no estaba respondiendo satisfactoriamente a las obligaciones asumidas cuando aceptó el cargo.

Tras el correspondiente debate, la Asamblea adoptó una decisión firme. Por acuerdo definitivo de los asistentes se resolvió destituir a Vicente Moreno Gómez como abastecedor del ambigú de la Sociedad Recreativa Juventud.

Inmediatamente después, y a propuesta del secretario que suscribía el acta, la Asamblea procedió a elegir a la persona que habría de sustituirle.

El cargo fue confiado al socio Juan Rada Ávila, quien aceptó hacerse cargo del abastecimiento del establecimiento bajo las mismas condiciones y compromisos que anteriormente habían sido fijados para el abastecedor cesado.

Este episodio pone de manifiesto la importancia que el servicio del ambigú tenía dentro de la economía de las sociedades recreativas de la época. El abastecedor no era un simple empleado, sino una persona de confianza encargada de garantizar el correcto suministro de bebidas y otros productos consumidos por los socios. De su buena gestión dependía tanto el funcionamiento cotidiano de la entidad como una parte importante de sus ingresos económicos, razón por la cual cualquier incumplimiento era objeto de examen por la Asamblea General.

Finalizados todos los asuntos incluidos en el orden del día y no existiendo nuevas cuestiones que tratar, el presidente dio por concluida la reunión cuando eran aproximadamente las doce y treinta de la noche, después de casi tres horas de deliberaciones.

El secretario levantó la correspondiente acta, certificando posteriormente su contenido mediante el documento fechado en La Línea de la Concepción el 13 de julio de 1931, que hoy constituye una valiosa fuente documental para conocer la intensa vida asociativa existente en la ciudad durante los primeros meses de la Segunda República.

Más allá de la mera elección de una Junta Directiva, este documento refleja el elevado grado de organización alcanzado por las sociedades recreativas linenses, el funcionamiento democrático de sus órganos de gobierno y la implicación de sus socios en la administración cotidiana de la entidad. La renovación periódica de los cargos, el control de las cuentas, la fiscalización de los responsables de los distintos servicios y la adopción colectiva de las decisiones ponen de manifiesto que instituciones como la Sociedad Recreativa Juventud desempeñaban un papel mucho más amplio que el simple ocio de sus asociados, constituyendo auténticas escuelas de participación ciudadana y de gestión colectiva dentro de la vida social de La Línea de la Concepción durante el primer tercio del siglo XX.

¿Sabías Que...? Tal día como hoy 12 de julio, en 1922, el Periódico Sol publicó un amplio reportaje sobre La Línea

 





«La Patria y La Línea»: el gran reportaje que el diario Sol dedicó a La Línea de la Concepción en julio de 1922


Comienza el Reportaje con una palabras del discurso del diputado a Cortes D. José Luis de Torres Beleña, en el Congreso, en la sesión del día 30 de junio ultimo, defendiendo la concesión de la zona 
franca a La Línea de la Concepción.

.... Y así, poco a poco, dignificados por el trabajo, los habitantes de La Línea dirigieron todas sus iniciativas a engrandecer la población en que vivían, y, por lo mismo que estaban tan inmediatos a suelo extranjero, en ellos existió siempre. Con intensidad admirable, el cariño para su Patria, para su España ....

El miércoles 12 de julio de 1922, el prestigioso diario madrileño Sol, considerado uno de los periódicos de mayor influencia política, económica y cultural de la España de comienzos del siglo XX, publicó en su página sexta un extenso reportaje dedicado íntegramente a La Línea de la Concepción bajo un significativo título: «La Patria y La Línea». No era habitual que un periódico de difusión nacional dedicara una página completa a una ciudad de reciente creación, circunstancia que pone de manifiesto el interés que despertaba entonces la localidad linense dentro del panorama político español.

El origen inmediato del reportaje se encontraba en la intervención realizada pocos días antes por el diputado a Cortes José Luis de Torres durante el debate celebrado en el Congreso acerca de la necesidad de conceder a La Línea la Zona Franca y habilitar plenamente su Aduana para el comercio internacional. Sin embargo, el periodista fue mucho más allá de la mera crónica parlamentaria. Aprovechó aquella iniciativa para elaborar una auténtica radiografía de la ciudad, describiendo con extraordinario detalle su evolución histórica, su crecimiento demográfico, sus actividades económicas, sus instituciones, sus principales obras públicas y las aspiraciones de una población que consideraba injustamente olvidada por los sucesivos Gobiernos.

Desde las primeras líneas del trabajo se aprecia un tono claramente favorable hacia La Línea. El periodista presenta la ciudad como uno de los ejemplos más llamativos de desarrollo urbano producido en España durante las últimas décadas del siglo XIX. Recuerda que apenas medio siglo antes aquel lugar era poco más que una franja de terreno arenoso situada frente a Gibraltar y que, gracias exclusivamente al esfuerzo de sus habitantes, se había transformado en una ciudad moderna, dinámica y perfectamente organizada.

El artículo contenía un pequeño error cronológico al indicar que la constitución del municipio había tenido lugar en 1872, cuando realmente la segregación administrativa de San Roque se produjo mediante Real Decreto de 17 de enero de 1870. No obstante, esa imprecisión no altera el verdadero propósito del reportaje, que consistía en destacar el extraordinario crecimiento experimentado por una población que, en apenas cincuenta años de existencia, había alcanzado una dimensión económica y urbana difícilmente comparable con la de otras ciudades españolas de similar antigüedad.

El periodista subrayaba que La Línea reunía entonces unos sesenta mil habitantes, cifra que la convertía en uno de los municipios más poblados de Andalucía y en la segunda localidad de la provincia de Cádiz. Esa evolución demográfica era presentada como consecuencia directa de su extraordinaria capacidad para atraer trabajadores, comerciantes e industriales procedentes de muy diversos lugares de España e incluso del extranjero.

Especial interés concede el reportaje a la composición humana de la ciudad. Explica que la población estaba formada por familias procedentes de San Roque, Los Barrios, Algeciras, Jimena, Castellar y otras localidades del Campo de Gibraltar, a las que se habían unido numerosos inmigrantes llegados de otras provincias andaluzas, así como comerciantes y empresarios extranjeros, especialmente italianos de origen genovés. Esa mezcla de procedencias había dado lugar a una sociedad especialmente dinámica, abierta y emprendedora.

Lejos de interpretar esa diversidad como un elemento negativo, el periodista la presenta como una de las grandes fortalezas de La Línea. Considera que aquella convivencia había favorecido el desarrollo de una mentalidad moderna y comercial, sin que ello hubiera supuesto nunca una disminución del sentimiento de pertenencia a España.


Precisamente uno de los aspectos que más llama la atención del artículo es la apasionada defensa que realiza del patriotismo de los linenses. Durante muchos años la proximidad de Gibraltar había provocado que desde determinados sectores políticos y administrativos se contemplara con cierta desconfianza a la población fronteriza. Frente a esa visión, el periodista afirma rotundamente que quienes vivían diariamente junto a la colonia británica eran, precisamente, quienes mejor sabían valorar su condición de españoles.

El trabajo insiste en que los linenses no habían construido su prosperidad mediante privilegios, sino exclusivamente mediante el trabajo. Repite en varias ocasiones que aquella ciudad era fruto del esfuerzo colectivo de miles de obreros, pescadores, comerciantes, agricultores e industriales que habían levantado prácticamente desde la nada uno de los municipios más activos del sur peninsular.

La descripción física de la ciudad ocupa igualmente un amplio espacio dentro del reportaje. El periodista elogia la amplitud y rectitud de sus calles, la limpieza de sus plazas, el aspecto moderno de sus edificios y la excelente ventilación que proporcionaban las continuas brisas procedentes del Mediterráneo y del Atlántico. Considera que pocas poblaciones españolas reunían unas condiciones climáticas tan favorables, circunstancia que contribuía notablemente a la buena salud pública de sus habitantes.

La Línea aparecía descrita como una ciudad luminosa, abierta al mar, perfectamente comunicada con Gibraltar y situada en un punto estratégico excepcional entre Europa y África. El periodista no ocultaba su admiración por el paisaje que rodeaba la localidad, dominado por la presencia del Peñón, la Bahía de Algeciras, la Sierra Carbonera y las montañas del Rif marroquí visibles en los días despejados.

Uno de los capítulos más desarrollados del reportaje es el dedicado a la economía local. El periodista explica que miles de trabajadores cruzaban diariamente la Verja para desempeñar sus labores en Gibraltar, especialmente en el Arsenal, los muelles, los almacenes portuarios y las instalaciones militares británicas. Sin embargo, insiste repetidamente en que sería un grave error reducir toda la economía de La Línea a esa circunstancia.

Describe una ciudad con un importante tejido industrial donde funcionaban fábricas de pastas alimenticias, aserraderos de madera, talleres metalúrgicos, industrias de cemento, piedra artificial, pinturas y otros establecimientos fabriles que daban empleo a numerosos trabajadores. Igualmente destaca la intensa actividad pesquera desarrollada por los barrios marineros y la calidad de las huertas que abastecían tanto a Gibraltar como a buena parte del Protectorado español de Marruecos.

Especial entusiasmo muestra al referirse al potencial comercial de la ciudad. El periodista considera que la privilegiada situación geográfica de La Línea la convertía en un enclave idóneo para el establecimiento de una gran zona de intercambio internacional. Precisamente por ello critica con dureza la negativa del Estado a conceder la habilitación aduanera y la creación de la Zona Franca, medidas que, a su juicio, transformarían por completo la economía local.

En este punto el artículo adquiere un tono claramente reivindicativo. Sostiene que el Estado español estaba desaprovechando una oportunidad excepcional para convertir La Línea en uno de los principales centros comerciales del Mediterráneo occidental. Argumenta que el temor al contrabando no podía seguir utilizándose como excusa para impedir el progreso de toda una población y recuerda que otras ciudades españolas disfrutaban ya de ventajas semejantes sin que ello hubiera generado problemas insalvables para la Hacienda Pública.

El periodista dedica también un amplio espacio a describir el elevado nivel de equipamientos alcanzado por la ciudad. Enumera sus tres teatros, los salones de espectáculos, la plaza de toros, las escuelas nacionales, la Escuela de Artes y Oficios, el moderno Hospital Municipal, el Instituto de Vacunación y Análisis Químicos, el mercado de abastos, los jardines públicos, las instalaciones eléctricas y el nuevo cuartel de Infantería, presentando a La Línea como una ciudad perfectamente equipada para afrontar un futuro de crecimiento.

Especial relevancia concede a la nueva Casa Consistorial, recientemente adquirida por el Ayuntamiento a los herederos de Jerónimo Saccone. La describe como uno de los edificios municipales más elegantes de España y anuncia que su inauguración oficial tendrá lugar durante la inminente Velada de julio, convirtiéndose en el símbolo visible del progreso alcanzado por la ciudad.

Como complemento a esta completa descripción institucional, el periódico ofrece la composición íntegra de la Corporación Municipal, encabezada por el alcalde José Cayetano Ramírez Galuzo, junto con la relación de tenientes de alcalde, regidores síndicos, concejales y principales autoridades civiles, militares, judiciales y religiosas, proporcionando una auténtica fotografía administrativa de La Línea en el verano de 1922.

El reportaje concluye anunciando la inminente celebración de la Velada y Fiestas, que aquel año adquiriría un significado especial por coincidir con la inauguración de la nueva Casa Consistorial y con el descubrimiento del monumento dedicado a Luis Ramírez Galuzo, sufragado mediante suscripción popular. Para el periodista, ambos actos simbolizaban el reconocimiento que la ciudad rendía a quienes habían contribuido decisivamente a su progreso.

Más de un siglo después, este extraordinario trabajo publicado por el diario Sol sigue constituyendo uno de los retratos más completos de La Línea de la Concepción durante el primer tercio del siglo XX. No sólo describe cómo era la ciudad en 1922, sino que transmite la imagen que desde uno de los principales periódicos españoles se proyectaba sobre ella: una población joven, moderna, trabajadora, profundamente española y llena de posibilidades económicas que reclamaba, con argumentos sólidos, el reconocimiento y el apoyo que consideraba merecer por parte del Estado. Por su amplitud, riqueza descriptiva y calidad informativa, este reportaje constituye hoy una fuente histórica de primer orden para comprender la evolución de La Línea en los años de la Restauración y las aspiraciones de una ciudad que buscaba consolidarse como uno de los grandes centros económicos del Campo de Gibraltar.


«Cómo se hace un pueblo»: la apasionada reivindicación de La Línea publicada por el diario Sol en 1922

Dentro del amplio reportaje que el diario madrileño Sol dedicó a La Línea de la Concepción el 12 de julio de 1922, el periódico incluyó un texto independiente bajo el significativo título de «Cómo se hace un pueblo». No se trataba de una información redactada por la redacción del periódico, sino de la reproducción de un fragmento del folleto La Línea se reivindica ante España, cuyo autor era G. Sánchez Cabeza, una obra de marcado carácter reivindicativo que pretendía llamar la atención de la opinión pública nacional sobre la realidad económica, social e histórica de la ciudad.

El artículo comenzaba con una reflexión filosófica atribuida a Pitágoras: «La necesidad hace a la fuerza», una frase que el autor convertía en el eje de toda su argumentación. Según exponía, la historia de La Línea no podía entenderse únicamente como la creación de un nuevo núcleo urbano, sino como la consecuencia directa de la necesidad de supervivencia de miles de familias andaluzas obligadas a abandonar sus pueblos por la pobreza y la falta de oportunidades.

El autor iniciaba su razonamiento invitando al lector a observar la geografía de Andalucía. Recordaba cómo muchas poblaciones antiguas se habían levantado en lugares abruptos, en las laderas de montañas o sobre terrenos poco favorables para el cultivo y la comunicación. A primera vista, aquella elección podía parecer poco lógica; sin embargo, respondía a las circunstancias históricas de cada época, cuando la defensa frente a invasiones o ataques tenía prioridad sobre cualquier otra consideración. Del mismo modo, sostenía que la creación de La Línea tampoco podía explicarse mediante criterios convencionales, sino entendiendo las circunstancias excepcionales que dieron origen a la ciudad.

A partir de ese planteamiento, el texto desarrollaba una dura crítica a la situación que atravesaba Andalucía durante finales del siglo XIX y comienzos del XX. Sánchez Cabeza describía una región extraordinariamente rica por naturaleza, pero profundamente castigada por el abandono administrativo, la pobreza rural y la falta de inversiones públicas. En su opinión, los sucesivos gobiernos españoles habían sido incapaces de ofrecer soluciones eficaces a los problemas estructurales de la región y se habían limitado a mantener una pesada carga fiscal, enviando funcionarios encargados de recaudar impuestos sin preocuparse verdaderamente por mejorar las condiciones de vida de la población.

Con un lenguaje claramente literario y muy propio del periodismo político de comienzos del siglo XX, el autor describía el esfuerzo de los campesinos andaluces trabajando durante interminables jornadas en tierras poco productivas. Aquellos hombres, escribía, permanecían inclinados durante horas sobre los surcos hasta parecer "figuras mecánicas" que besaban continuamente la tierra, obteniendo a cambio únicamente miseria y hambre. Esa imagen pretendía transmitir la dureza de la vida agrícola y explicar por qué miles de familias decidieron abandonar sus pueblos en busca de una oportunidad mejor.

Según el relato, aquellas auténticas caravanas humanas descendían desde el interior de Andalucía hacia el Campo de Gibraltar atraídas por la posibilidad de encontrar trabajo en la colonia británica o de embarcar hacia otros destinos. Gibraltar aparecía descrito como un símbolo de esperanza para quienes huían del hambre, aunque el propio autor aclaraba que la ciudad calpense apenas disponía de espacio suficiente para acoger a todos aquellos emigrantes.

Precisamente esa circunstancia explicaría, según Sánchez Cabeza, el nacimiento de La Línea. Los numerosos trabajadores que no podían establecerse en Gibraltar comenzaron a asentarse sobre el arenal situado frente al Peñón, formando poco a poco un núcleo de población que acabaría transformándose en una ciudad. De ahí que volviera a insistir en la máxima inicial: «La necesidad hace a la fuerza». Para el autor, La Línea no había sido fruto de un plan urbanístico ni de una decisión política, sino de la necesidad imperiosa de sobrevivir.

La descripción que realiza del istmo resulta especialmente expresiva. Lo presenta como un inmenso arenal extendido a los pies del histórico Peñón de Gibraltar, donde la bandera española y la británica parecían encontrarse visualmente a muy corta distancia. Con evidente licencia literaria, escribía que ambas enseñas estaban tan próximas que sus flecos parecían besarse o incluso golpearse mutuamente, como si aún recordaran antiguas disputas entre las dos naciones.

En ese escenario situaba el verdadero origen de La Línea, afirmando que la Providencia había sido compasiva con España al permitir que aquel asentamiento absorbiera a miles de personas necesitadas. A juicio del autor, la existencia de La Línea había evitado conflictos sociales mucho mayores, proporcionando trabajo y sustento a una enorme cantidad de españoles que, de otro modo, habrían quedado completamente abandonados.

Uno de los pasajes más llamativos del artículo es aquel en el que afirma que la ciudad "había salvado a muchos Gobiernos". Con esta expresión pretendía señalar que, gracias a la posibilidad de trabajar en Gibraltar, decenas de miles de andaluces pudieron evitar situaciones extremas de hambre y conflictividad social que, inevitablemente, habrían repercutido sobre la estabilidad política del país.

Tras esa introducción histórica, Sánchez Cabeza pasaba a describir el impresionante crecimiento experimentado por la ciudad. Recordaba que apenas habían transcurrido cincuenta y un años desde su creación oficial y afirmaba que durante ese breve periodo La Línea se había convertido en una de las mayores poblaciones de Andalucía, llegando incluso a señalar una población superior a ochenta mil habitantes, cifra claramente exagerada respecto a los datos demográficos oficiales de la época, aunque utilizada por el autor como recurso para poner de relieve la magnitud del desarrollo alcanzado.

A continuación afirmaba rotundamente que ninguna otra ciudad del mundo había nacido de una forma tan espontánea y extraordinaria. Según su interpretación, el crecimiento de La Línea había sido heroico porque sus habitantes habían tenido que luchar no sólo contra las dificultades económicas propias de cualquier población nueva, sino también contra el permanente desinterés de los distintos gobiernos españoles.

El texto se transforma entonces en una durísima crítica a la Administración del Estado. Sánchez Cabeza sostiene que La Línea no debía prácticamente nada al Gobierno español, ya que todas sus mejoras habían sido realizadas gracias al esfuerzo exclusivo de sus vecinos y de su Ayuntamiento. Para reforzar esa idea, enumera los escasos gastos que, según él, soportaba el Estado en la ciudad: los sueldos de los carabineros, algunos policías, guardias civiles, unos pocos funcionarios de Aduanas, el inspector de Emigración, el comandante militar, un ayudante, un escribiente y el párroco con sus coadjutores.

La enumeración pretendía demostrar que una ciudad de enorme importancia económica apenas recibía recursos estatales, lo que el autor consideraba una injusticia difícilmente explicable.

Como ejemplo de ese abandono, recordaba que hasta 1902 la oficina del comandante militar carecía incluso de un mobiliario digno. Según relataba, fue el Ayuntamiento presidido por Juan Fariñas quien decidió adquirir el mobiliario necesario, pues hasta entonces el despacho se componía de una caja de municiones utilizada como mesa, un cajón de petróleo empleado como asiento y una exigua asignación mensual de nueve pesetas para material de oficina.

El autor utilizaba este episodio como símbolo del abandono sufrido por la ciudad durante décadas y criticaba duramente la falta de visión de los gobiernos españoles, a quienes acusaba de no comprender el potencial económico que representaba La Línea para el conjunto del país.

Especialmente interesante resulta la referencia final al contrabando. Sánchez Cabeza reconocía que, antes incluso de la creación de La Línea, el comercio de Gibraltar era muy superior al existente en 1922 y afirmaba que algunas de las grandes fortunas españolas habían tenido precisamente su origen en el contrabando desarrollado en torno al Peñón. Llegaba incluso a sostener que entre los beneficiarios de aquellas actividades figuraban personas pertenecientes a la nobleza, antiguos consejeros de la Corona y altos cargos palatinos, utilizando este argumento para denunciar la hipocresía de quienes culpaban exclusivamente a La Línea de un fenómeno que, según él, había enriquecido a destacadas personalidades del país.

La publicación de este texto por el diario Sol otorgó una enorme difusión nacional a una interpretación profundamente reivindicativa de la historia de La Línea. Aunque muchas de sus afirmaciones responden claramente a la intención de defender los intereses de la ciudad y algunas cifras deben entenderse como recursos retóricos propios del lenguaje político de la época, el artículo constituye un documento excepcional para conocer cómo determinados sectores de la sociedad linense entendían su propia historia a comienzos del siglo XX. Más que un simple relato histórico, «Cómo se hace un pueblo» es una apasionada defensa de La Línea de la Concepción, de sus habitantes y de su derecho a ocupar el lugar que, a juicio de su autor, merecía dentro del conjunto de España.




La Línea preparó en 1922 una de las Veladas más brillantes de su historia

El periódico madrileño Sol, en la extensa información dedicada a La Línea de la Concepción publicada el miércoles 12 de julio de 1922, reservó un amplio espacio para reproducir íntegramente el programa oficial de la Velada y Fiestas, que se celebrarían entre los días 16 y 23 de julio. La inclusión de este programa dentro de un diario de difusión nacional no era un hecho casual. Respondía al propósito de mostrar al resto de España el elevado nivel organizativo alcanzado por la ciudad y la importancia que sus fiestas patronales habían adquirido en apenas medio siglo de existencia del municipio.

La publicación permitía comprobar que las fiestas de La Línea se habían consolidado ya como uno de los acontecimientos más destacados del verano andaluz, capaces de atraer a miles de visitantes procedentes no sólo del Campo de Gibraltar, sino también de Gibraltar, de diversos puntos de la provincia de Cádiz e incluso de otras regiones españolas. El programa revelaba una organización extraordinariamente cuidada, donde se combinaban espectáculos taurinos de primer nivel, concursos populares, actividades deportivas, actos infantiles, conciertos musicales, fuegos artificiales y bailes nocturnos, ofreciendo entretenimiento prácticamente ininterrumpido durante más de una semana.

Las celebraciones comenzarían oficialmente el sábado 15 de julio, víspera de la inauguración de la Velada. A las nueve de la noche tendría lugar una gran retreta protagonizada por las bandas de música, que recorrerían las principales calles de la ciudad anunciando el comienzo de las fiestas. Este desfile musical constituía una de las tradiciones más esperadas por los vecinos, ya que marcaba simbólicamente el inicio de los festejos.

Una hora más tarde, a las diez de la noche, se prendería una gran traca valenciana que recorrería la calle Miguel Villanueva, continuando por la calle General Bazán hasta finalizar en el Paseo de la Feria, donde quedaría oficialmente inaugurada la Velada. Desde ese momento comenzarían los tradicionales conciertos nocturnos y el recinto ferial permanecería abierto al público, iluminado y animado por las diferentes casetas instaladas para la ocasión.

El domingo 16 de julio, primer día oficial de las fiestas, se iniciaría a las seis de la mañana con las tradicionales dianas floreadas, interpretadas por diversas bandas de música que recorrerían las calles despertando a la población e invitando a participar en la jornada festiva.

La tarde estaría dedicada al espectáculo que tradicionalmente constituía el eje principal de la feria: la corrida de toros. A las cinco de la tarde se lidiarían seis toros de la acreditada ganadería de Fernando Villalón, vecino de Sevilla, para los prestigiosos matadores Dominguín, Nacional II y el joven Marcial Lalanda, que por entonces comenzaba a consolidarse como una de las grandes figuras del toreo español. La jornada concluiría con la apertura nocturna de la Velada y los habituales conciertos musicales.

El lunes 17 de julio volvería a estar presidido por una gran corrida de toros. En esta ocasión se lidiarían seis reses pertenecientes a la prestigiosa ganadería del Marqués de Guadalest, estoqueadas por Larita, Ignacio Sánchez Mejías y nuevamente Marcial Lalanda, formando uno de los carteles más brillantes que podían reunirse en aquellos años. La noche finalizaría con la primera gran exhibición de fuegos artificiales, acompañada de los conciertos que diariamente amenizaban el recinto de la Velada.

El martes 18 de julio el protagonismo recaería sobre los más pequeños. A las seis de la tarde se celebraría en la plaza de toros un gran festival infantil, organizado por las compañías de los circos ecuestres que actuaban durante aquellos días en la ciudad. El espectáculo estaba dedicado especialmente a los niños de las escuelas públicas y del Asilo, reflejando el carácter benéfico que acompañaba a muchas de las actividades organizadas durante la feria.

La función estaría amenizada por la prestigiosa Banda de Música de los Exploradores de Gibraltar, cuya participación pone de manifiesto las intensas relaciones sociales y culturales que existían entonces entre Gibraltar y La Línea, muy anteriores a los conflictos fronterizos posteriores. Aquella colaboración resultaba completamente habitual durante los años veinte y contribuía a enriquecer notablemente la programación musical de las fiestas.

La jornada del miércoles 19 de julio estaría dedicada a uno de los concursos más elegantes y originales del programa. A las siete de la tarde se celebraría, en el Real del Paseo, un concurso y cogida de cintas por señoritas en automóviles, una competición que unía la moda, la habilidad en la conducción y el creciente protagonismo del automóvil como símbolo de modernidad. Las participantes competirían por la obtención de tres valiosos premios.

Aquella misma noche tendría lugar la segunda gran exhibición de fuegos artificiales, seguida nuevamente de los conciertos musicales y del ambiente festivo que caracterizaba las noches de la Velada.

El jueves 20 de julio se reservaba para dos actividades muy diferentes entre sí. A las cinco de la tarde se celebraría una gran becerrada, protagonizada por la cuadrilla juvenil linense, demostrando el interés que despertaba la formación de nuevos toreros dentro de la propia ciudad.

Posteriormente, a las siete y media de la tarde, la Caseta de las Sociedades acogería uno de los actos más representativos de la elegancia femenina de la época: un gran concurso de mantones y peinetas, en el que se premiaría a las participantes que mejor representaran la indumentaria tradicional andaluza. El certamen contribuía a reforzar el carácter regional de la feria y a poner en valor una de las manifestaciones más características del folclore andaluz.

El viernes 21 de julio estaría dedicado al esplendor visual de la feria. A las siete de la tarde comenzaría un concurso de automóviles y carruajes artísticamente adornados, al que seguiría una vistosa batalla de flores, acompañada por el lanzamiento de confeti y serpentinas, uno de los espectáculos más esperados por el público y que llenaba de colorido el recinto ferial.

Aquella noche tendría lugar además la tercera gran sesión de fuegos artificiales, que volvería a congregar a miles de personas en el Paseo de la Velada.

El sábado 22 de julio el deporte ocuparía el centro de la programación. A las cinco de la tarde la plaza de toros acogería un importante partido de balompié entre el Europa F. C. de Gibraltar y la Real Balompédica Linense, disputándose un valioso trofeo. Este encuentro constituye un magnífico ejemplo de las intensas relaciones deportivas existentes entre ambos lados de la Verja durante los años veinte.

Al finalizar el partido se celebraría un velousel infantil, una atracción especialmente destinada a los niños.

La actividad continuaría a las siete de la tarde con un gran concierto ofrecido en la Caseta de las Sociedades por la Orquesta Filarmónica Linense, dirigida por el prestigioso profesor Luis Criado. Durante el mismo acto tendría lugar la entrega oficial de los premios correspondientes a todos los concursos celebrados a lo largo de la semana.

Finalmente, el domingo 23 de julio, último día de la Velada, comenzaría nuevamente con las tradicionales dianas musicales. A las cinco de la tarde se celebraría la última gran corrida del programa, en la que se lidiarían seis novillos-toros de la ganadería de Ramón y Cristóbal Gallardo, vecinos de Los Barrios. Actuarían como espadas Zurito, Alfonso Jordán y Algabeño, poniendo el broche taurino a una feria especialmente brillante.

La jornada concluiría con los tradicionales conciertos nocturnos y, ya a las dos de la madrugada, tendría lugar la gran retreta final, que simbolizaba la clausura oficial de unas fiestas que durante más de una semana habían llenado de música, color y alegría las calles de La Línea.

El programa terminaba con una serie de notas dirigidas al público. La Junta de Festejos informaba de que durante todos los días de la Velada el paseo luciría una profusa y artística iluminación, uno de los principales atractivos de las noches festivas. Del mismo modo, se hacía constar que el firme del recinto sería cuidadosamente arreglado y regado para evitar el polvo y facilitar el paseo de los miles de vecinos y visitantes que diariamente acudirían a disfrutar de las celebraciones.

La publicación de este programa en un periódico de ámbito nacional pone de manifiesto la importancia que las Veladas de La Línea habían alcanzado en apenas medio siglo de existencia de la ciudad. La calidad de los carteles taurinos, la variedad de actividades culturales, deportivas y populares, la participación de artistas y músicos de prestigio, la colaboración de entidades locales y gibraltareñas y el extraordinario cuidado puesto por la Junta de Festejos en todos los detalles organizativos reflejan el notable grado de desarrollo alcanzado por la ciudad en los años veinte. Más allá de una simple relación de actos, este programa constituye hoy un valioso documento histórico que permite reconstruir cómo eran las fiestas linenses en una de sus etapas de mayor esplendor, cuando La Línea comenzaba a consolidarse como uno de los principales centros festivos y culturales del Campo de Gibraltar.




El Casino de La Línea: el gran centro social y económico de la ciudad según el diario Sol (1922)

Entre los numerosos aspectos que el periódico madrileño Sol quiso destacar en el amplio reportaje dedicado a La Línea de la Concepción, publicado el 12 de julio de 1922, ocupó un lugar preferente el Casino de La Línea, institución que el periodista presentaba como una de las entidades más representativas e influyentes de la vida social, económica y cultural de la ciudad. Lejos de limitarse a describirlo como un simple lugar de recreo, el artículo lo definía como uno de los auténticos motores de la sociedad linense, donde se reunían las principales fuerzas vivas de la población y desde donde partían numerosas iniciativas encaminadas al progreso del municipio.

El periódico comenzaba afirmando que resultaba imposible hablar de La Línea sin hacer referencia al Casino. Consideraba que aquella sociedad representaba mucho más que un edificio o un salón de reuniones, pues se había convertido en uno de los símbolos del crecimiento alcanzado por la ciudad durante las primeras décadas del siglo XX. En sus dependencias coincidían diariamente comerciantes, industriales, profesionales liberales, propietarios y representantes de las distintas actividades económicas que daban vida a la población fronteriza.

El periodista destacaba especialmente el ambiente de cordialidad que caracterizaba al Casino. Según explicaba, cualquier visitante que llegara a La Línea encontraba en aquella institución una acogida especialmente afectuosa, reflejo del carácter hospitalario propio de Andalucía. Los forasteros eran recibidos con naturalidad y podían disfrutar de unas instalaciones que, según el artículo, nada tenían que envidiar a las existentes en los grandes casinos y círculos recreativos de las principales capitales españolas.

La publicación hacía hincapié en que el Casino había conseguido convertirse en el verdadero punto de encuentro de la sociedad linense. En sus salones no sólo se desarrollaba la vida recreativa de los socios, sino que también se debatían los principales asuntos económicos de la ciudad, se intercambiaban iniciativas empresariales y se impulsaban muchas de las actuaciones destinadas a favorecer el desarrollo local. De esta forma, el Casino actuaba como un auténtico foro ciudadano donde coincidían las personas más representativas del comercio, la industria y las profesiones liberales.

El artículo recordaba que la fundación del Casino de La Línea se había producido en 1911, apenas once años antes de la publicación del reportaje. A pesar de su relativa juventud, el periodista afirmaba que desde el mismo momento de su creación la entidad había adquirido un protagonismo extraordinario dentro de la vida pública de la ciudad. En muy poco tiempo había pasado a situarse al frente de numerosos movimientos cívicos y económicos encaminados a defender los intereses de La Línea ante las distintas administraciones del Estado.

El periódico señalaba que cuando surgía cualquier iniciativa destinada a mejorar las condiciones económicas del municipio, reclamar nuevas infraestructuras o solicitar reformas beneficiosas para la población, el Casino figuraba siempre entre las primeras instituciones en apoyar dichas gestiones. Gracias a ello, la entidad había alcanzado un notable prestigio entre los vecinos, convirtiéndose en uno de los principales interlocutores de las llamadas fuerzas vivas de la ciudad.

Especial relevancia concedía el reportaje a la figura de José Luis de Torres, diputado a Cortes por el distrito, quien ostentaba el cargo de presidente de honor del Casino. El periodista justificaba esta distinción afirmando que el parlamentario había mantenido una actividad constante en defensa de los intereses de La Línea, impulsando numerosas campañas políticas destinadas a mejorar la situación económica y administrativa de la ciudad.

Según explicaba el artículo, muchas de aquellas iniciativas habían culminado con éxito, circunstancia que había otorgado a José Luis de Torres una enorme popularidad entre los linenses. El nombramiento como presidente honorario del Casino era presentado como un reconocimiento público a su labor parlamentaria y como una muestra del agradecimiento que la sociedad linense deseaba expresar hacia quien consideraba uno de sus principales defensores en Madrid.

El periódico aprovechaba igualmente para dar a conocer la composición completa de la Junta Directiva que regía la institución durante el año 1922, ofreciendo así una interesante relación de algunas de las personalidades más influyentes de la ciudad.

La presidencia correspondía a José Ortega Cerón, mientras que la vicepresidencia era desempeñada por José Vegazo. El cargo de depositario recaía en Antonio Garrese Rodríguez, la biblioteca estaba bajo la responsabilidad de Miguel García Ramírez y la secretaría era ejercida por Ángel Torres González.

Como vocales figuraban José Ramírez Maresco, Eligio Fernández Quiñones, Maximiliano Ramírez González, Rogelio Ramírez González, Trinidad Cruz Herrera, José Trujillo Delgadillo, Laureano Amaya Zamora, Aurelio Danino Peliza, Jacinto Jurado Durán y Manuel J. Gómez, nombres todos ellos estrechamente vinculados al comercio, la industria, la medicina, la cultura y la vida pública linense.

La presencia entre los vocales de figuras tan destacadas como el pintor Trinidad Cruz Herrera, el médico Maximiliano Ramírez González o destacados empresarios y comerciantes demuestra hasta qué punto el Casino reunía a buena parte de la élite económica e intelectual de La Línea durante aquellos años.

El periodista no se limitaba a enumerar los cargos. Añadía que todos los miembros de la Junta Directiva desempeñaban sus funciones con verdadero entusiasmo y dedicaban buena parte de su tiempo a mejorar continuamente el funcionamiento de la sociedad. Su objetivo era ofrecer a los socios un ambiente agradable, unas instalaciones cómodas y un servicio cuidadosamente atendido por el personal encargado del mantenimiento de la entidad.

Sin embargo, el aspecto que el periódico consideraba más admirable era el carácter benéfico del Casino.

Según relataba el reportaje, una de las principales razones del enorme prestigio alcanzado por la institución había sido su constante preocupación por las clases más necesitadas. Cada vez que la ciudad atravesaba momentos especialmente difíciles desde el punto de vista económico, el Casino organizaba campañas de ayuda destinadas a socorrer a las familias más humildes.

El artículo señalaba expresamente que la entidad invertía importantes cantidades de dinero en proporcionar alimentos abundantes y de calidad a las personas que sufrían las consecuencias del desempleo o de las crisis económicas. Esta labor asistencial contribuía notablemente a reforzar el prestigio social de la institución, que no limitaba su actividad al ocio de sus asociados, sino que asumía también una importante función solidaria dentro de la ciudad.

Debe recordarse que durante aquellos años La Línea atravesaba frecuentes periodos de dificultades laborales motivadas por la dependencia del empleo en Gibraltar y por las crisis económicas que periódicamente afectaban a toda la comarca. En ese contexto, la ayuda prestada por entidades como el Casino adquiría una importancia extraordinaria para numerosas familias.

La publicación dedicaba igualmente un amplio espacio a describir la intensa actividad recreativa desarrollada por la sociedad. A lo largo del año se organizaban numerosos bailes, conciertos, veladas musicales, recepciones y fiestas familiares destinadas tanto a los socios como a sus allegados.

El periodista destacaba el ambiente de cordialidad que presidía todos aquellos actos sociales. Según explicaba, reinaba siempre una extraordinaria armonía entre los asistentes, circunstancia que atribuía directamente al esfuerzo realizado por la Junta Directiva para atender personalmente a todos los invitados y procurar que cada celebración constituyera un éxito.

Aquellas reuniones contribuían además a fortalecer las relaciones personales entre comerciantes, industriales y profesionales, favoreciendo la creación de una auténtica comunidad social unida por intereses comunes y por el deseo compartido de impulsar el progreso de La Línea.

Especial importancia adquiría el Casino durante la celebración de la Velada y Fiestas de julio, precisamente en las fechas en que el periódico publicaba este reportaje.

Según afirmaba el artículo, durante esos días los amplios salones del Casino se convertían en el principal punto de encuentro de cuantos visitantes llegaban a La Línea. Comerciantes, empresarios, autoridades, viajeros y numerosos invitados encontraban allí un ambiente especialmente acogedor que contribuía a reforzar la excelente imagen de la ciudad ante quienes la visitaban por primera vez.

El periodista describía con especial admiración la hospitalidad dispensada por los socios del Casino a todos los forasteros. Consideraba que aquella acogida constituía una de las mejores expresiones del carácter andaluz y afirmaba que cualquier persona que hubiera permanecido siquiera unas horas en Andalucía conocía perfectamente la generosidad y la cordialidad con que eran recibidos los visitantes.

Para el diario Sol, el Casino de La Línea representaba mucho más que una sociedad recreativa. Era una institución profundamente integrada en la vida de la ciudad, comprometida con su desarrollo económico, implicada en la defensa de sus intereses colectivos y solidaria con los sectores más desfavorecidos de la población. Al mismo tiempo, actuaba como centro de convivencia para las principales personalidades locales y como carta de presentación ante cuantos viajeros acudían a conocer una ciudad que, apenas medio siglo después de su nacimiento, sorprendía por su dinamismo económico, su intensa vida social y la extraordinaria capacidad organizativa demostrada por instituciones como el Casino.

Más de un siglo después, este reportaje constituye una fuente documental de extraordinario interés para comprender el papel desempeñado por las sociedades recreativas en la España de comienzos del siglo XX. En el caso de La Línea, el Casino aparece retratado no sólo como un espacio dedicado al ocio y al esparcimiento, sino como una auténtica institución cívica que participó activamente en la construcción de la identidad de la ciudad, en la defensa de sus reivindicaciones y en la articulación de una sociedad que encontraba en sus salones uno de los principales centros de encuentro, representación y solidaridad.


  La Patria y La Línea

Artículo publicado en el periódico SOL de Madrid el miércoles 12 de julio de 1922 en su página 6



(Palabras del discurso del diputado a Corles D. José Luis de Torres, en el Congreso, en la sesión del día 30 de junio último, defendiendo la concesión de la zona franca a La Línea de la  Concepción.).

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                                     ..................................................................................
Y así, poco a poco, dignificados por el trabajo, los habitantes de La Línea dirigieron todas sus iniciativas a engrandecer la población en que vivían, y, por lo mismo que estaban tan inmediatos a suelo extranjero, en ellos existió siempre, con intensidad admirable, el cariño para su Patria, para su España . . .........

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La Línea es una población de sesenta mil almas; es la ciudad española más próxima a. Gibraltar. Su fundación data del año 1872*, en que se segregó de la

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