La defensa de La Línea en las Cortes: José Luis Torres Beleña y la batalla parlamentaria por una Zona Franca (30 de junio de 1922)
El 30 de junio de 1922 se desarrolló en el Congreso de los Diputados una de las intervenciones parlamentarias más significativas relacionadas con la historia económica de La Línea de la Concepción. En aquella sesión, el diputado José Luis Torres Beleña, representante del distrito de Algeciras, tomó la palabra para exponer ante la Cámara la difícil situación que atravesaba el Campo de Gibraltar y, de forma muy especial, la ciudad de La Línea.
Su discurso no se limitó a una simple petición administrativa. Constituyó una extensa defensa de una población que, a su juicio, sufría las consecuencias de unas circunstancias económicas excepcionales y que necesitaba una respuesta urgente por parte del Estado. El eje central de su intervención fue la propuesta de crear una Zona Franca o Depósito Comercial Franco, medida que consideraba imprescindible para asegurar el futuro de la ciudad.
Una ciudad construida alrededor de Gibraltar
Torres Beleña comenzó describiendo las particularidades de La Línea. Recordó que se trataba de una población relativamente joven que había experimentado un crecimiento extraordinario desde su fundación. Durante décadas, buena parte de su prosperidad había estado ligada a la actividad económica de Gibraltar, donde miles de trabajadores españoles encontraban empleo en el Arsenal, en los muelles, en los depósitos de carbón y en numerosos servicios relacionados con la actividad portuaria y militar británica.
Aquella circunstancia había permitido el desarrollo de la ciudad y el sostenimiento de miles de familias. Sin embargo, los cambios que se estaban produciendo en la colonia británica estaban reduciendo progresivamente las oportunidades de trabajo para los obreros españoles. El resultado era un incremento constante del desempleo y una creciente preocupación social.
El diputado explicó que la situación afectaba especialmente a los trabajadores más humildes, que veían desaparecer las posibilidades de empleo que durante años habían encontrado al otro lado de la frontera. Para una ciudad cuya economía dependía en gran medida de esa realidad, el problema adquiría proporciones alarmantes.
El drama de la emigración
A medida que avanzó su intervención, Torres Beleña describió las consecuencias humanas de aquella crisis. Según expuso ante la Cámara, numerosos vecinos se estaban viendo obligados a abandonar sus hogares para buscar oportunidades en otros lugares.
Argelia, Marruecos francés y distintos países de América se habían convertido en destinos habituales para muchos trabajadores del Campo de Gibraltar. Aquella emigración no respondía a un deseo de aventura ni a la búsqueda de mejores condiciones de vida, sino a una necesidad imperiosa de supervivencia.
El diputado presentó esta realidad como una auténtica tragedia social. Familias enteras quedaban separadas y numerosos jóvenes abandonaban su tierra ante la falta de perspectivas laborales. La emigración aparecía como la única salida para muchos hogares que no encontraban recursos suficientes para subsistir.
Una población laboriosa y patriótica
Lejos de ofrecer una imagen de dependencia o resignación, Torres Beleña quiso destacar las virtudes de los habitantes de La Línea. Describió a los linenses como una población trabajadora, emprendedora y profundamente vinculada a España.
Insistió en que el crecimiento de la ciudad había sido fruto del esfuerzo de sus vecinos y de su capacidad para aprovechar las oportunidades económicas existentes. Recordó que en pocas décadas La Línea había pasado de ser un pequeño núcleo de población a convertirse en una de las ciudades más importantes de la provincia de Cádiz.
En varios momentos de su intervención rechazó los prejuicios que, desde algunos sectores, asociaban a la ciudad con intereses extranjeros o con una supuesta falta de sentimiento nacional. Según afirmó, los linenses habían demostrado reiteradamente su españolidad y merecían el mismo apoyo que cualquier otra población del país.
La falta de tierras y de alternativas económicas
Uno de los aspectos más importantes del discurso fue el análisis de las limitaciones estructurales que sufría La Línea.
Torres Beleña explicó que el término municipal era extremadamente reducido y que apenas disponía de tierras cultivables. A diferencia de otras localidades que podían absorber parte del desempleo mediante actividades agrícolas, La Línea carecía de esa posibilidad.
La escasez de terreno hacía imposible desarrollar una economía agraria capaz de proporcionar trabajo a miles de obreros. Las pequeñas huertas existentes resultaban insuficientes para afrontar una crisis de aquellas dimensiones.
Esta circunstancia convertía a la ciudad en un caso excepcional que requería medidas igualmente excepcionales. A juicio del diputado, el Gobierno no podía aplicar las mismas soluciones previstas para otras regiones porque la realidad linense era completamente distinta.
Las restricciones aduaneras como obstáculo al progreso
El parlamentario dedicó una parte importante de su intervención a denunciar las limitaciones impuestas por la legislación aduanera.
Según explicó, las Ordenanzas de Aduanas prohibían el establecimiento de determinadas industrias dentro de una franja próxima a la frontera. Esta normativa afectaba directamente a La Línea y a parte del término municipal de San Roque.
Como consecuencia de estas restricciones, numerosas iniciativas empresariales no podían desarrollarse en la zona. La ciudad quedaba atrapada en una situación paradójica: no disponía de agricultura suficiente para generar empleo y tampoco podía industrializarse debido a las limitaciones legales existentes.
Torres Beleña sostuvo que aquella normativa, diseñada para prevenir el fraude y el contrabando, terminaba castigando injustamente a una población que necesitaba con urgencia nuevas oportunidades económicas.
La propuesta de una Zona Franca
Llegado este punto, el diputado presentó la solución que defendía ante las Cortes.
La creación de una Zona Franca permitiría establecer depósitos comerciales, industrias de transformación y actividades mercantiles orientadas al comercio internacional. Gracias a esta medida podrían instalarse empresas dedicadas al procesamiento de materias primas y al intercambio de mercancías con Marruecos y otros mercados cercanos.
Torres Beleña argumentó que la privilegiada situación geográfica de La Línea constituía una ventaja extraordinaria que estaba siendo desaprovechada. Convertir la ciudad en un centro comercial de carácter franco permitiría atraer inversiones, crear empleo y diversificar la economía local.
Para el diputado, aquella propuesta representaba la única alternativa realista capaz de responder a la magnitud de la crisis que atravesaba la comarca.
La oposición del Gobierno
La propuesta fue respondida por el ministro de Hacienda, Francisco Bergamín, quien reconoció la existencia de dificultades económicas en la zona y manifestó su disposición a estudiar posibles medidas de apoyo.
No obstante, el ministro rechazó la idea de establecer una zona franca. Argumentó que una medida de ese tipo podría favorecer el contrabando y generar nuevos problemas fiscales para el Estado. Además, expresó el temor de que una mayor libertad comercial terminara reforzando la influencia económica de Gibraltar sobre el territorio español.
Aquellas objeciones reflejaban una preocupación que llevaba años presente en distintos organismos de la Administración. La proximidad de Gibraltar hacía que cualquier iniciativa económica relacionada con la frontera fuese examinada con especial cautela por parte de Hacienda.
Un alegato final en defensa de la ciudad
Lejos de resignarse, Torres Beleña insistió en que los riesgos señalados por el Gobierno no podían justificar la inacción.
Recordó que numerosos expertos habían estudiado anteriormente la posibilidad de implantar un régimen especial para la comarca y sostuvo que los beneficios económicos superarían ampliamente los posibles inconvenientes.
Su discurso terminó convirtiéndose en una apasionada defensa de La Línea y de sus habitantes. Reclamó que el Estado atendiera las necesidades de una población que había contribuido al desarrollo nacional y que ahora solicitaba apoyo para superar una situación extraordinariamente difícil.
El rechazo de la propuesta y su legado histórico
Finalmente, la Cámara no tomó en consideración la proposición defendida por Torres Beleña. La creación de una Zona Franca para La Línea quedó descartada y la iniciativa no prosperó.
Sin embargo, el debate dejó una profunda huella en la historia de la ciudad. A través de aquella intervención quedaron reflejadas muchas de las cuestiones que marcarían la evolución económica del Campo de Gibraltar durante décadas: la dependencia laboral respecto a Gibraltar, la búsqueda de alternativas industriales, las limitaciones derivadas de la frontera y la necesidad de medidas específicas para una comarca con características únicas.
Más de cien años después, aquel discurso continúa siendo uno de los testimonios parlamentarios más importantes sobre la problemática económica de La Línea de la Concepción. La intervención de José Luis Torres Beleña permanece como un ejemplo de la defensa realizada desde las Cortes en favor de una ciudad que luchaba por encontrar un camino propio de prosperidad y desarrollo.
| De Izquierda a derecha José Cruz Herrera, Luis Ramírez Galuzo, José Luis de Torres Beleña, Cayetano Ramírez y Francisco Ramos Fernández de Córdoba |
El Sr. TORRES BELENA: Perfectamente; pues entonces,
con la venia de la Presidencia, voy a apoyar mi proposición, lamentando no
poder ser sobrio al exponer, porque la índole del asunto quizá me exija ser
extenso.
Señores Diputados, como primer firmante de la proposición
que se ha leído, me cabe el honor de apoyarla, a pesar de que todos y cada uno
de los dignísimos parlamentarios que, libremente, han puesto su firma tras la
mía, podrían, mejor que yo, infinitamente mejor que yo, defender la justa causa
que la proposición entraña.
Esta proposición, Sres. Diputados, más que a una excitación,
más que a una petición, más que a una demanda circunstancial dirigida al Poder
público, encamínase a llamar la atención del Gobierno de S. M. sobre la crítica
y difícil situación en que se encuentra una comarca española, amenazada de
riesgos de alguna gravedad que pudieran resultar inevitables en plazo no
lejano, por lo que es imprescindible y necesario marcar un rumbo para que,
dentro estrictamente de la ley, en la órbita de la esfera legal, pueda
desenvolverse la vida de un pueblo condenado a la ruina si persisten las
actuales circunstancias y urgentemente no se pone remedio al mal que puede
provocarla.
Yo, señores, no tendría necesidad de molestar la atención de
mis compañeros evocando antecedentes, porque bien reciente está un debate en el
que expuse con toda clase de detalles y con toda clase de argumentos cuál era
la angustiosa situación del Campo de Gibraltar, donde hay alguna urbe populosa
que, viviendo hasta ahora al amparo del trabajo de una vecina población
extranjera, ve que ese trabajo va disminuyendo por semanas, por días, por
horas, creándose con ello en la clase jornalera una situación que ahora, en
estos críticos momentos, es difícil, pero que quizá mañana sería mortal si ese
trabajo llegara a paralizarse por completo y la previsión del Gobierno,
atendiendo los clamores de los de allí y las advertencias de los de aquí, no
buscase medios legales y prácticos para sustituirlo.
La Línea de la Concepción es de las poblaciones del
Campo de Gibraltar la que más directamente sufre la hondísima crisis que
atraviesa hoy aquella región. Esa ciudad cuenta entre sus habitantes con un
contingente obrero de notoria importancia numérica, y la mayor parte, casi la totalidad
de los trabajadores que en La Línea tienen su albergue ganan su sustento con el
trabajo del puerto de Gibraltar, especialmente en los servicios del Arsenal y
en la carga y descarga de carbón para los buques surtos en la bahía, trabajo
que ha ido poco a poco disminuyendo, y eso, unido a otras circunstancias, entre
ellas a la exclusión del obrero español en algunas de las industrias de la
plaza y a la limitación de otras labores, obliga al obrero, habitante de La
Línea, a ir poco a poco abandonando esa población, pues no le queda otro
recurso que emigrar.
Esa emigración se realiza en condiciones lamentables, una
vez que no pueden salvaguardarse los que se ven obligados a abandonar el suelo
patrio con la observancia de las prescripciones a las que forzosamente deben
sujetarse los embarques en puertos españoles. Nuestras Autoridades, por no
afectar a su jurisdicción, difícilmente pueden actuar cuando el obrero español al
que es sumamente fácil el paso de aquella frontera sin necesidad de documento
alguno y con medios sobrados para proveerse de los que se exigen en un puerto
extranjero, para dar con sus cuerpos en los entrepuentes y bodegas de buques de
distintas nacionalidades, no cuentan con otro amparo que el del Consulado de su
país, que no puede multiplicarse ni atender con la solicitud que quisiera a
cuantos sobre sus dignos y escasos funcionarios pesa.
La emigración, repito, es uno de los males que produce la
falta de trabajo, y esta emigración, que no puede encauzarse ni orientarse,
como ya en otro debate he dicho; hacia nuestra zona de protectorado en
Marruecos, porque no se encuentra hoy en condiciones para poder recibir a los
trabajadores, menos aún puede encauzarse al interior de nuestra Patria, porque
precisamente de diferentes regiones de la Península emigra a diario, atraída,
muchas veces, con falaces ofrecimientos la clase trabajadora. Por eso esta
emigración se dirige a la Argelia, a la zona del protectorado francés de
Marruecos o a la América del Sur, y no siempre en condiciones ventajosas, ni
mucho menos, para los infelices emigrantes.
La población de La Línea de la Concepción tiene un
censo real, efectivo, de cerca de 70.000 almas. Hace poco más de setenta años,
cuatro barracones fueron los cimientos, la base, por decirlo así, de aquella
población, que ha ido creciendo y desarrollándose hasta el punto de haber
llegado a ser la tercera de la provincia de Cádiz, y esa población está
compuesta en su totalidad de gente trabajadora, porque allí todos trabajan, y
con la ayuda del trabajo se han creado modestas fortunas, se ha ido poco a poco
desarrollando el comercio y adquiriendo medios de vida las profesiones
liberales.
La Línea ha necesitado para su bienestar, para su
desarrollo, de Gibraltar, del trabajo de Gibraltar, pues nadie ignora que en
dicha plaza se construyeron obras que consumieron muchos millones, y en todas
ellas el trabajo español, que tenía La Línea por hogar, fué el principal
factor; pero también hay que reconocer que Gibraltar en todas las épocas ha
necesitado y necesita de La Línea.
Y así, poco a poco, dignificados por el trabajo, los
habitantes de La Línea dirigieron todas sus iniciativas a engrandecer la
población en que vivían, y, por lo mismo que estaban tan inmediatos a suelo
extranjero, en ellos existió siempre, con intensidad admirable, el cariño a un
perfecto desastre, en España; no puede seguir esto así, y mientras el
Parlamento no provea a esa necesidad con la urgencia que la misma necesidad
exige por una ley bien sea la que está presentada o modificándola en la forma
que el Parlamento acuerde, pero sin una provisión inmediata a esa necesidad
urgente, no tendrá solución el problema, porque repare S. S. en que las
Compañías no hacen estas cosas por gusto; su interés es que las mercancías
lleguen a tiempo, y que no haya reclamaciones, que han alcanzado cifras
fantásticas, como he tenido ocasión de decir al tratar de, contendiendo, con
mucho honor para mí, con S. S. De modo que esta es la consecuencia ineludible
de la situación de desorganización en que nos encontramos en España en materia
de transportes: se trata de ser o no ser, y hay que resolver.
El Sr. NÁCHER: Pido la palabra.
El Sr. PRESIDENTE: La tiene S. S. para rectificar.
El Sr. NÁCHER: Para dar las gracias al Sr. Ministro
de Fomento por su solicitud, y, al mismo tiempo para encarecerle que si esas
gestiones no dieran resultado, prosiga en su laudable empeño, y, al propio
tiempo, significar que me reserve la Mesa la palabra para el próximo día, con
objeto de hacer una pregunta al Sr. Ministro del Trabajo respecto a la cuestión
social agraria de Motril, que está en estos momentos alcanzando tal magnitud,
que bien pudiera dar lugar a días de luto, si el Poder público no interviene en
forma adecuada.
Medidas para solucionar la crisis por que atraviesa el
Campo de Gibraltar, y especialmente la ciudad de La Línea de la Concepción
Leída nuevamente la proposición no de ley del Sr. Torres
Beleña, relativa al expresado asunto (Véase el Apéndice 3.º al Diario número
13), dijo:
El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Torres Beleña tiene la
palabra para apoyar su proposición.
El Sr. TORRES BELEÑA: Señor Presidente, yo he de
rogar a S. S. que me permita plantear una cuestión previa.
La proposición que he de apoyar es de gran trascendencia
para una importante región española; quizá sea oportuna una declaración de
Gobierno, y aunque el Gobierno no está, como siempre, muy dignamente
representado en el banco azul, es posible que sea la voz de su ilustre jefe, o,
por lo menos, la del Sr. Ministro de Hacienda, la que deseen escuchar, al par
que yo, las significadas personalidades cuyas firmas avaloran esta proposición.
Sometiéndome anticipadamente a lo que decida la Presidencia,
puesto que para acatar sus disposiciones soy siempre el primero, desearía que
se aplazara unos momentos el debate, puesto que ha anunciado su venida el Sr.
Presidente del Consejo de Ministros, quien ayer me ofreció hacerse cargo del
contenido de nuestra demanda, y sin faltar al Reglamento, puesto que podría
apoyarla antes de entrar en el Orden del día, podría aceptarse ese breve
aplazamiento.
El Sr. PRESIDENTE: En el aplazamiento no hay ninguna
dificultad. En lo que sea tan sólo por algunos momentos, sí pudiera haberla,
porque vamos a entrar en una interpelación que yo no sé el tiempo que invertirá
y que pudiera exigir que el derecho del señor Torres Beleña se trasladara a
otro día, si es que no quedaba tiempo bastante después de la interpelación. De
modo que S. S. puede optar, sin comprometerme, porque no depende de mi
voluntad, si no, con mucho gusto lo haría, a que dentro de pocos momentos pueda
su señoría apoyarla, una vez iniciado el debate a que he aludido.
El Sr. TORRES BELEÑA: Yo, Sr. Presidente, he dicho
que de antemano me someto a lo que la Presidencia acuerde, pero he de hacer
observar que quizá la declaración que yo deseo que surja del banco azul sería
más concreta haciéndola el Jefe del Gobierno o el Ministro del Ramo y la
discusión estaría más en armonía con la finalidad que la proposición entraña,
pues no he de limitarme a molestar la atención del Congreso, haciéndole
escuchar un discurso más, sino después de hacer resaltar la justicia de la
demanda y obtener una categórica declaración de Gobierno, que aunque
significara una repulsa habría de fundamentarse y razonarse.
El Sr. PRESIDENTE: Pues puede aplazarse; pero yo no
respondo de que quede tiempo después para que S. S. la apoye, en cuyo caso
quedaría para la próxima sesión, o sea el martes, en que haya horas destinadas
a ruegos y preguntas.
El Sr. TORRES BELEÑA: Pues como es probable que
vengan a la Cámara el Sr. Presidente del Consejo o el Sr. Ministro de Hacienda,
si no tiene inconveniente la Presidencia iré desarrollando la tesis y
exponiendo antecedentes, por si entretanto cualquiera de ellos se digna llegar
a tiempo de contestarme. Con ello molestaré un poco más a la Cámara. Considero
preciso hablar en la sesión de hoy, porque quizá la índole de los debates que
están pendientes y que van a irse desarrollando, absorban por completo la
atención del Congreso y no resulte pertinente ni oportuno en las próximas
sesiones intercalar una discusión sobre tema más secundario. Por tanto, Sr.
Presidente, prefiero, a un aplazamiento indeterminado, apoyar la proposición,
cumpliendo, como sabe S. S., un deber ineludible, resultante de un imperativo
mandato.
El Sr. PRESIDENTE: Pues apoye el señor Torres su
proposición, sin perjuicio de que si el Sr. Presidente llega a tiempo, recoja
para su Patria, para su España, dándose el caso extraño de que, a pesar de la
proximidad y del trato íntimo y continuo con súbditos ingleses, es raro,
contadísimo, el habitante de La Línea que hable otra lengua que la lengua
castellana.
Pues bien: en esa ciudad española todos los ojos se vuelven
hoy al Parlamento español, esperando que sus iniciativas sean acogidas por el
Gobierno de la Nación y constituyan un rayo de esperanza que disipe negruras y
alarmas, harto justificadas, que asaltan a todos aquellos habitantes, mucho más
cuando han visto cerrarse el camino a peticiones legítimas, apoyadas por mí,
durante muchos años, cerca de las Cortes y de los Gobiernos; cuando aún hieren
sus oídos palabras pronunciadas por labios de Consejeros de la Corona, que
parecían encaminadas a destruir todas sus esperanzas, para que, ensanchada la
órbita de trabajo honrado, llegara aquel pueblo a su completa dignificación.
Los firmantes de la proposición sometida en estos instantes
a la Cámara pretenden que se estudie una solución práctica al conflicto que
ahora renace, que se busquen medios para que en La Línea, en San Roque, se
pueda, por lo menos, vivir, y esos medios se esbozan en el texto de la
proposición que defiendo, en la que no se pide que el Congreso, no ya exija ni
señale al Poder público en forma imperativa lo que debe hacerse para que la
crisis en el Campo de Gibraltar latente no continúe, sino que sólo de la Cámara
se suplica que ruegue al Gobierno de S. M., en vista de tan excepcionales
circunstancias, que estudie, a ser posible, entre otros remedios urgentes, la
manera de aplicar a aquella región las disposiciones legales que regulan los
depósitos comerciales y las zonas francas.
No se trata, Sres. Diputados, de una petición que al
formularse pueda causar extrañeza y ser objeto de la más insignificante
repulsa; porque tales anhelos, reflejados en unas cuantas líneas en la
proposición que se debate, han sido estudiados, meditados, por las insignes
personalidades que conmigo suscriben la demanda, y que no la hubieran suscrito
si se tratase de utopías o exabruptos. Es una petición justa, una petición
absolutamente legal y, sobre todo, absolutamente necesaria, como no he de
cansarme de demostrar a los Sres. Diputados.
El término municipal de La Línea de la Concepción es muy
reducido; puede decirse que el término municipal es la urbe, o sea toda la
parte urbanizada, elegida, como se merece, por cuantos la visitan, como elogian
a las Corporaciones que administran los intereses comunales, por la limpieza y
policía de sus principales calles y por estar atendidos mejor que en algunas
capitales de provincia todos los servicios municipales. Actualmente se está
construyendo un hospital civil, iniciativa de una celosa autoridad militar, del
coronel Díaz Enríquez, que cuando esté terminado habrá muchas
poblaciones de primera categoría que no lo tengan igual. Y sólo se debe su
creación a las dádivas del vecindario y a las subvenciones de las Sociedades
populares. Allí la beneficencia y la enseñanza son atendidas en cuanto permite
el presupuesto municipal; hay una oficina de urgencia y una instalación
admirable debida a la caritativa institución de la Cruz Roja, con todo el
material necesario y sin subvención alguna ajena a la población.
El Ayuntamiento de La Línea de la Concepción ha tenido la
virtud del ahorro. ¿Qué poco puede decirse esto de todos los Municipios de
nuestra Nación! ¡Qué satisfactorio sería poder decirlo! Y la prueba de lo que
indico está en que acaba de adquirir una finca magnífica, ya construida,
rodeada de jardines, para Palacio municipal, invirtiendo en ella sus economías,
como las invirtió antes adquiriendo el mercado público, que explotaba una
entidad particular. En ese Palacio se han cedido construcciones anejas a
Corporaciones dedicadas a la enseñanza. Eso demuestra que la Administración municipal
de La Línea de la Concepción se preocupa de cumplir sus deberes y su actuación,
susceptible siempre de mayor mejora, encamínase a solucionar problemas locales,
como la traída de aguas y el saneamiento urbano, que parecían hasta hace poco
insolubles.
Pero, como he dicho, aquel término municipal es reducido; es
decir, que no hay, como en otras poblaciones, terrenos de cultivo de extensión
bastante para explotaciones agrícolas que contribuyeran a que en la población
viviesen en mejores condiciones. Sólo hay unas cuantas huertas que surten a la
población y a Gibraltar y que poco a poco han ido formándose.
A pesar del anhelo constante de los habitantes de La Línea
de la Concepción para establecer allí centros industriales y fabriles, existe
una imposibilidad legal para lograrlo. Hay un valladar para que esos anhelos se
realicen, y es la prescripción de nuestras Ordenanzas de Aduanas que impiden el
establecimiento de fábricas y centros industriales a menos de 10 kilómetros de
la frontera, y como La Línea de la Concepción empieza y nace en la misma
frontera inglesa, no ya a todo su término municipal, sino hasta al mismo
término municipal de la inmediata ciudad de San Roque, alcanza el veto del
precepto férreo y a la vez arcaico, de las Ordenanzas de Aduanas, que impiden
que allí pueda haber medios para que la vida industrial se desarrolle en la
forma que se desarrolla en todas las poblaciones nacientes.
De no modificarse ese precepto como tantas veces he
intentado y de no llegarse a soluciones que armonicen los intereses fiscales
con la realidad, resultará que la vida industrial de La Línea no podrá nunca
llegar a ser lo que merece ser, porque quien no ha podido aquí conseguir, a
pesar de sus esfuerzos, la total habilitación de una Aduana, menos podrá
conseguir la derogación de disposiciones aduaneras que sólo tienen vida ante el
santo temor a la defraudación.
Resulta demostrado, Sres. Diputados, que es imposible que
los males presentes creados por las circunstancias en que se encuentra aquella
población puedan tener solución, ni fomentando la agricultura, por mucha
intensidad que se le quisiera dar, porque falta el suelo cultivable, que es la
primera materia, y menos tampoco por el desarrollo de la vida industrial,
porque de no existir las trabas fiscales, por la proximidad de Marruecos, en
los terrenos areniscos que circundan La Línea de la Concepción podrían establecerse
fábricas, telares mecánicos, para poder surtir en condiciones ventajosas, con
los productos que allí se manufacturaran y se elaboraran, a la región africana,
dada la facilidad de los transportes y su baratura, puesto que esos productos
podrían transportarse aunque fueran en veleros, sin tener que sufrir el
encarecimiento de crecidos fletes.
No existe, pues, más que una solución, y es la que se indica
en la proposición sometida al Congreso.
Existen disposiciones legales que regulan la creación de
zonas francas, el establecimiento de depósitos comerciales, y yo pregunto a la
Cámara y al Gobierno: ¿es que es por ilegal irrealizable esa solicitud, esas
ansias del pueblo de La Línea de tener una zona franca para que en ella se
pudieran establecer factorías, establecimientos y medios industriales para
transformar las primeras materias? Voy a examinarlo bajo dos aspectos: bajo el
aspecto político y bajo el fiscal o aduanero.
Sería impolítico si atentase al interés patrio, por tratarse
de fronteras y proyectarse sobre La Línea la sombra del Peñón.
Pero de tal índole ni existe ni puede existir inconveniente
alguno que altere la más insignificante fibra del sentimiento nacional.
Así lo han entendido también los firmantes de la
proposición, todos ellos tan españoles como yo; no digo más, porque no hay
quien me aventaje en el amor ferviente a la Patria. Por la vecindad a la plaza
inglesa no hay el peligro más insignificante, y los hechos lo demuestran hasta
la saciedad. Aquellos prejuicios arcaicos, aquellas ideas que en otros tiempos
pudieron justificar ciertos recelos, hoy han desaparecido en absoluto. Durante
años y años se llegó hasta privar a La Línea de todo medio de comunicación. Se
reputaba casi como un delito de lesa patria hablar, no ya de construcción de
carreteras, sino hasta de intentar componer caminos y veredas, y la vía que
comunicaba La Línea y Gibraltar era vergonzosa.
A poco de jurar, en 1910, el cargo de Diputado, y cumpliendo
el compromiso que contraje con mis electores del distrito de Algeciras de
procurar por todos los medios que aquella región saliese del aislamiento, y que
entre San Roque y La Línea se construyese una carretera decorosa, hube de oír
en un despacho oficial, a persona de gran prestigio, a hombre de gran cultura y
de probados servicios a nuestra Patria, el consejo amistoso de que variase de
rumbo; que no solicitase carreteras o caminos para el Campo de Gibraltar, sino
más bien que se abriesen simas y zanjas, porque La Línea era un barrio inglés,
y era atentar contra la Patria, que estaba por encima de todo interés regional
o político, el que aquella población tuviera fácil comunicación con la Península.
Yo quedé anonadado y estupefacto cuando, de labios tan
prestigiosos como los que estas palabras pronunciaban, de persona para mí de
respeto y autoridad, se me aconsejaba que cesara en absoluto en mis gestiones,
y que tenía que abjurar de mis errores y faltar a los compromisos contraídos
con mis electores. Afortunadamente, el prejuicio se borró mediante una
actuación intensa y el altísimo amparo de quien desde puesto elevadísimo veía
con clarividencia y justicia el problema, y las Cortes de 1910 votaron lo
preciso para que cesara el aislamiento de aquella zona, y el Poder ejecutivo
hubo de cumplimentar lo que acordó el Parlamento y sancionó S. M. el Rey.
Tengo la esperanza de que la misma gestación tenga el arduo
problema del depósito o de la zona franca, que daría medios extraordinarios de
vida a aquellas gentes laboriosas y honradas, dignas del apoyo de los Poderes
públicos, y no del olvido y del desvío con que se reciben sus súplicas. Si
hubiera el más insignificante temor de que el interés patrio resultase
lesionado, ni aun ligeramente ensombrecido, tengan los Sres. Diputados por
seguro que, a pesar de mi representación, no sería yo quien apoyase tal demanda,
y hubiera sido el primero en oponer una negativa cerrada a quienes me la
hubieran formulado; pero todos los firmantes de la proposición estamos
plenamente convencidos de que si prosperase, si el Gobierno atendiera el ruego
que en ella se formula (puesto que la proposición se limita a pedir que el
Gobierno, con urgencia, estudie, pero ni siquiera que ejecute), si saliera del
banco azul una palabra de esperanza, serviría para calmar la excitación de los
ánimos de los habitantes del Campo de Gibraltar, que, por actuaciones
parlamentarias no lejanas, se creen condenados a la miseria, y se han dirigido
a hombres de buena voluntad del Parlamento, a las primeras figuras de la
política, para que apoyen, en estas horas de tribulación y de amargura para
aquéllos, las pretensiones que sin vocerío rebelde, sino con clamor digno y
sereno, formulan, y sepan de una vez si el Gobierno de España está con ellos o
los repudia como a hijos espurios.
Nada que afecte al altísimo sentimiento de la Patria se
opone para que el Gobierno en este instante aconseje se tome en consideración
esta proposición. En cuanto al interés fiscal, las últimas palabras de la
proposición dicen claramente que sus firmantes aspiran a que los intereses del
Tesoro se salvaguarden en forma que no pueda haber el menor riesgo para esos
sagrados intereses. Lo que se solicita del Gobierno es que, armonizándolos con
la concesión que se pretende, se adopten aquellas medidas necesarias para que
con todo celo defiendan al Fisco los que deben defenderlo.
¿Dónde está el riesgo para los intereses fiscales? ¿Es que
siempre va a surgir el interés aduanero, o el de aquellos que lo dirigen o
monopolizan, para oponerse a la más insignificante de las concesiones que
pretende obtener La Línea de la Concepción?
Es verdaderamente irritante, señores Diputados, que cuando
se viene aquí año tras año defendiendo una causa justa con el tesón que emplea
todo aquel que cree que cumple con su deber, el tope, el valladar, la barrera
que se oponga a que se acuerden disposiciones fiscales justas, lo constituya el
interés aduanero.
Pero ¿quién atenta a ese interés aduanero? Ya en otro debate
lo he dicho. Esos altos funcionarios que lo invocan son los primeros
interesados en que se cumplan las leyes, y con las leyes dictadas sobre materia
para evitar el fraude si todos cumplen sus deberes. ¿Qué miedo les puede dar el
que se habilitasen las ventanillas de la Aduana para el adeudo de toda clase de
mercancías? ¿Qué les podía importar que, de prosperar la petición que ahora se
sostiene, retrocediera la Aduana unos centenares de metros más hacia el
interior, para que estuviera establecida de modo que las aguas inglesas no
azotasen, como hoy azotan, los cimientos de la actual Aduana?
Mucho más atrás, estaría emplazada en terrenos bañados por
aguas españolas, y de esta forma actuaría con más eficacia el Resguardo
marítimo, y sería más eficaz también la vigilancia de la frontera, aun cuando
hoy no cabe mayor vigilancia, pues por las puertas de la Aduana sólo puede
entrar lo que se deje entrar.
Sabe muy bien la Cámara que no puede haber defraudación, que
no puede existir esa defraudación aduanera sin complicidades; y de existir
complicidad, con habilitación, sin habilitación, con zona franca o con recinto
amurallado, se defraudará al Tesoro. Por eso, señores Diputados, ha sido mayor
mi estupefacción cuando año tras año, visitando los despachos de los Sres.
Ministros de Hacienda —la mayor parte de ellos personas que me dispensaban una
amistad sincera—, después de oír que sentían por la petición que les formulaba
vivísima simpatía y les convencía con mis argumentos, después, tras la
inevitable conferencia del Ministro con los defensores de la Renta, surgía la
obligada negativa a mis pretensiones.
Tras esa conferencia, el Diputado no iba ya a pleitear por
una causa legítima; el Diputado no formulaba un ruego, creyendo de buena fe que
se limitaba a servir únicamente los intereses del pueblo; el Diputado era ya
una persona sospechosa, que no venía inconscientemente a apadrinar y proteger
intereses bastardos de los que preparaban sus ataques a los intereses sagrados
del Tesoro, en lo más sagrado que para el Tesoro puede haber: en la recaudación
del impuesto de Aduanas.
La Cámara me perdonará que no ahonde en lo que pueda tener
relación con la defensa de los intereses fiscales, porque, Sres. Diputados, si
tocamos este tema —lo digo sinceramente— acaso no pueda dominarme. Yo procuro
siempre decir aquello que deba decir; pero a veces la pasión se exalta y el
freno que la prudencia suele poner en los labios desaparece. Entonces el
apasionamiento se desborda y se pueden hacer manifestaciones que acaso sean
inconvenientes.
Por eso, porque este tema es escabroso, no lo quiero tocar.
Me basta con haberlo iniciado para que todos los Sres. Diputados traduzcan mis
palabras.
El mayor anhelo de La Línea de la Concepción, la
mayor de las finalidades que pretende es: que desaparezca el estigma infamante
que pesa sobre aquella región laboriosa y digna, que, como es natural, aspira
solo a desarrollarse, a vivir y desenvolverse. ¿Es que solamente por la
frontera de la plaza de Gibraltar puede atentarse a los intereses del Tesoro?
Hacer semejante aseveración constituye un lugar común que, desgraciadamente, se
repite; yo lo he escuchado, a veces con amargura, y otras con indignación,
porque, al fin y al cabo, me cabe la honra de representar muchos años en el
Parlamento aquel territorio.
Señores Diputados, yo me he deleitado hojeando las páginas
de un novelista ilustre de nuestra Patria, de un escritor valenciano de
renombre mundial, y he leído, como seguramente muchos de los que me escuchan,
la novela “Flor de Mayo”, donde se describe el contrabando que, con una
intensidad verdaderamente pasmosa, se hace en otros parajes de la costa
levantina, y no hace mucho he leído también telegramas de Prensa donde se
hablaba hasta de cuestiones personales surgidas entre distintos representantes
del Fisco; en la región nordeste, precisamente por algo que pudiera
relacionarse con la mayor o menor vigilancia, o con la mayor o menor impunidad
de los dedicados a defraudar al Tesoro.
En esos mismos periódicos se han publicado hace poco
telegramas extensos, dando cuenta de grandes alijos por parte bien lejana de La
Línea de la Concepción. Dice un refrán: “Camino robado, camino seguro”. Es
muy fácil, Sres. Diputados, echar sobre una región el peso infamante de
calificativos que no merece, y que, en cambio, todos esos atentados a los
intereses del Tesoro se cometan en sitios que nada tienen que ver con aquellos
lugares citados; con lo propio, a los cuales parece que se les quiere aislar
para que, en forma alguna, obtengan las ventajas que se conceden a los demás.
¿Y para qué volver a hablar de la célebre Sociedad
contrabandista, de 20 millones de capital, descubierta por el Sr. Cambó?
Tampoco tenía su domicilio en La Línea.
Señores, pido perdón a la Cámara por la extensión dada a mis
palabras, con el exclusivo objeto de hacer tiempo para que llegaran el señor
Presidente del Consejo o el Sr. Ministro de Hacienda, a quienes, cumpliendo el
encargo de mis representados, hube de exponer sus deseos, haciendo llegar hasta
ellos sus clamores. Puesto que ya se encuentra en la Cámara el Sr. Ministro de
Hacienda, innecesario es que espere la llegada del Sr. Presidente, jefe del
Gobierno, y pueda ya, Sres. Diputados, ahorraros la molestia de seguir
escuchándome.
Conozco bien —con amargura tengo que decirlo— el pensamiento
de S. S., Sr. Ministro de Hacienda, pero tengo que seguir cumpliendo con mi
deber y solicitar que una voz autorizada cierre en absoluto el paso a las
pretensiones de toda una comarca o tenga para ella algún aliento de justicia.
Es preciso que la Cámara forme juicio, y éste no puede
formarse escuchando a una sola de las partes; es preciso que oiga la otra voz,
que en este caso tiene importancia grandísima, por ser la del Gobierno, a la
cual después, modesta y sinceramente, como siempre, opondré la réplica adecuada
a su respuesta.
Aunque supongo lo que me va a contestar, espero la respuesta
del Sr. Ministro para deducir de ella las oportunas consecuencias. Y no digo
más.
El Sr. Ministro de Hacienda (Bergamín): Pido la
palabra.
El Sr. PRESIDENTE: La tiene S. S.
El Sr. Ministro de Hacienda (Bergamín): La
proposición de mi particular amigo y correligionario el Sr. Torres tiene dos
extremos, a uno de los cuales se adhiere el Gobierno de una manera
incondicional. Todo lo que sea fomentar por cualquier medio que esté al alcance
del Estado elementos de vida para la población de La Línea, tan digna como
todas las demás de España de la atención del Poder ejecutivo, tiene desde luego
nuestro absoluto beneplácito, y esperamos que se traduzca en algo concreto de
petición para demostrar que no es vana la promesa, y que los hechos responderán
a las palabras.
Pero la orientación que tiene en el segundo extremo, aquella
de establecer en La Línea una zona franca, es, a mi juicio, tan digna de
estudio, como que de antemano todo Ministro de Hacienda sentiría respecto de
ella una gran prevención. No hay que olvidar dónde se encuentra La Línea, que
sin poder remediarlo es el punto de choque necesario, indispensable, entre los
elementos que en Gibraltar no se preocupan mucho del cumplimiento de nuestras
leyes fiscales y las ambiciones y el deseo natural que todo el mundo tiene de
aprovechar las ventajas que eludir el impuesto fiscal proporciona.
Extender con una zona franca la esfera de acción de
Gibraltar sería en un doble aspecto peligroso: en el aspecto puramente fiscal,
peligrosísimo; pero en otro orden de ideas, aún más grave el peligro, porque
sería extender el radio de acción de la plaza de Gibraltar a toda esa zona que
se le diera como zona franca. Y claro está, en ese último extremo de la
proposición, el Gobierno no puede aceptarla, ni permitir que sea tomada en
consideración, a no ser que la Cámara opinara lo contrario.
El Sr. TORRES BELEÑA: Pido la palabra.
El Sr. PRESIDENTE: La tiene S. S. para rectificar.
El Sr. TORRES BELEÑA: Me había anticipado a la
respuesta de mi respetable amigo el Sr. Ministro de Hacienda, y ya me adelanté
a cuanto se relacionaba con ese temor que asalta al Sr. Bergamín, que es el que
para mí tiene más importancia, porque aun cuando lo que pueda relacionarse con
el interés fiscal y con ese temido choque de in tereses legítimos y falsos, no deja de
tener gravedad, mucha mayor la tiene, Sr. Ministro de Hacienda, lo que S. S. ha
manifestado, o sea el temor del Gobierno de que la petición que la proposición
entraña pueda dañar un interés que está por encima de todos los intereses.
El Sr. Bergamín conoce admirablemente el Campo de Gibraltar,
conoce La Línea de la Concepción y conoce Gibraltar, y sabe perfectamente que
lo que se pretende, que lo que se busca en la proposición es precisamente lo
contrario de lo que él teme. Hoy día, ¿no entran y salen los individuos que en
Gibraltar habitan, con toda libertad? ¿No tienen propiedades del otro lado de
la frontera? ¿No pueden usar de sus derechos al amparo de la Constitución y de
las leyes? ¿No es de hecho La Línea una prolongación de Gibraltar? ¿Es que
puede dañar la zona franca al interés patrio? Lo único que puede haber es que
la proximidad permita que aquellos que en la zona franca se dediquen o
pretendan defraudar al Tesoro lo hagan como hoy pueden hacerlo en las
inmediaciones de Port-Bou e Irún, en Navarra y en la raya de Portugal. Eso
ocurrirá en las proximidades de todas las fronteras, en España y en todas las
naciones que tengan fronteras.
Su señoría ha obtenido hace poco de la Cámara sanciones muy
duras contra los delitos de defraudación y contrabando, y me parece que a La
Línea de la Concepción, al revés, de aquella región que yo represento sólo han
salido placemes, a pesar de la dureza de muchos de esos preceptos, y es por la
razón suprema de que al que no trata de delinquir poco le importa que sean más
o menos duros los castigos que se impongan al que falta a sus deberes, y por
eso la inmensa mayoría de la población no se ha preocupado ni ha acudido a su
representante para que viniera aquí con enmiendas, ni formulase siquiera la más
pequeña indicación en el seno de la Comisión de Hacienda, de la cual me honro
en formar parte, para que se atenuase ninguno de los preceptos consignados en ese
proyecto ya aprobado del Gobierno de S. M.
Su señoría tiene medios: con disponer que aquellos que
sirven o deben servir los intereses del Fisco cumplan estrictamente con su
deber, está adelantando mucho camino para disipar esos temores que asaltan a S.
S.; pero no es caritativo, en estos momentos, el cerrar la puerta tan en
absoluto a la esperanza que ha hecho concebir a mis representados el haber
redactado esa proposición en forma tan moderada y con finalidad tan modesta,
pues en ella se deja en libertad al Gobierno para poder llegar a esa finalidad
en la forma que estime más conveniente.
¿Por qué razón esa repulsa? ¿Por el interés político? ¿Es
que pretendemos los firmantes de la proposición regalar a Gibraltar o a la
nación inglesa un pedazo del territorio patrio? Pues el depósito franco y la
zona franca son remedios indicados, antes que por este Diputado, por alguien
que representa al Gobierno de S. M.
Al Sr. Ministro de la Gobernación entregó no hace mucho el
gobernador militar del Campo de Gibraltar, el digno general Villalba, una
Memoria explicando lo hondísimo de la crisis que allí se atraviesa, cómo había
bajado la recaudación por consumos en La Línea, cómo la vida era allí imposible
y cómo el único medio, ya que había dificultades para la habilitación de la
Aduana, era conceder algo, dentro de la esfera del derecho y de la legislación,
para que allí se pudiera vivir.
En segundo lugar, se nombró por el Sr. Cambó un alto
empleado, titulado defensor de los intereses del Tesoro contra el fraude... (El
Sr. Presidente agita la campanilla.) Voy a terminar, Sr. Presidente, y le
ruego a S. S. que no me toque la campanilla; ya sé que S. S. está sufriendo al
ver el sufrimiento que me produce la defensa de una causa justa y la forma en
que ha sido recibida por el Gobierno.
Decía que este funcionario de gran retribución, de gran
renombre, de gran inteligencia y de una hoja de servicios intachable, que al
mismo tiempo es un general que viste el honroso uniforme militar, ha dicho en
todas partes y en todas las formas —no sé si lo dijo en papel de oficio, porque
no soy de los iniciados en las cuestiones de Gobierno— que el único remedio
para que La Línea no perezca es establecer la zona franca.
Me parece, señores, que con estos precedentes y después con
las firmas de las ilustres personas que han secundado mi demanda y autorizan la
proposición, que son todas ellas españoles de corazón, podría S. S. haber
buscado otro argumento y no apelar al interés patrio para fundamentar su
negativa. Se trata no de un mezquino interés político ni de un minúsculo
interés de partido, ni de un insignificante interés de distrito; se trata de
algo más grave, más importante y de mayor trascendencia.
El Sr. Ministro de Hacienda, en nombre del Gobierno, sólo
ofrece a La Línea de la Concepción que el Gobierno verá la manera de que
aquella situación no continúe; mucho más hubiera agradecido a su señoría que
hubiera añadido algunas palabras que hubieran servido de consuelo a aquella
comarca, porque, dado el gran talento de S. S. y los medios de que dispone,
bien podía haber indicado cuál podría haber sido la solución que el Gobierno
ofrecía para intentar un remedio al mal.
Lamento no poder compartir mi opinión con el criterio de su
señoría, que no puede satisfacer a aquellos en cuyo nombre hablo. Mis
representados ya saben lo que pueden esperar de este Gobierno conservador.
Por eso yo, Sres. Diputados, solicito de la Cámara que sobre
ella se pronuncie. Tengo que cumplir hasta el fin con mi deber y con el mandato
recibido. Entrego la proposición a aquellos que me honraron suscribiéndola y
honraron a la región que represento considerando justa y legítima su petición.
Ellos considerarán si es o no oportuna una votación. No puedo decir más
respecto a la proposición; lo único que hago es no retirarla.”
Hecha la oportuna pregunta por el señor Secretario (Ruiz
Valarino), no fue tomada en consideración la proposición.