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lunes, 8 de junio de 2026

¿Sabías que…? Tal día como hoy 11 de junio, en 1884, un visitante describía su paseo por La Línea de la Concepción


 






Un paseo a La Línea de la Concepción visto por un visitante en 1884 (11 de junio de 1884)

El periódico gibraltareño El Mono, en su edición del 11 de junio de 1884, publicó una curiosa crónica firmada por Serafín bajo el título «Un paseo a La Línea de la Concepción». El artículo relataba, con tono satírico y costumbrista, la visita realizada por el autor a la ciudad linense durante los días previos a la Velada y Fiestas, ofreciendo una visión muy particular de la población y de algunos de los problemas urbanos que presentaba en aquellos años.

La jornada comenzó en el establecimiento denominado Universal, propiedad de Federico Bado, donde el cronista tomó café y fumó un cigarro antes de recorrer la población. Desde allí descendió por la calle Real y realizó una breve parada en la plazuela del Mercado.

Según explicaba, uno de los principales objetivos de la visita era comprobar el funcionamiento de los llamados coches Ripert, un sistema de transporte urbano que había despertado gran curiosidad. Sin embargo, al llegar descubrió que aquellos vehículos todavía no estaban prestando servicio. Tras avanzar algunos pasos apareció finalmente uno de aquellos carruajes, descrito de forma poco elogiosa por el articulista, que ironizaba sobre su aspecto envejecido y desvencijado.

A pesar de las críticas, decidió subir al vehículo y completar el trayecto hasta la entrada de La Línea. Allí comenzó una de las partes más pintorescas de la narración. El cronista describía el intenso tráfico de carruajes que se concentraba en los accesos a la población y afirmaba que los peatones se veían obligados a realizar constantes maniobras para evitar ser atropellados. Aprovechaba la ocasión para reclamar una mayor vigilancia municipal que evitase posibles accidentes.

Superado aquel primer inconveniente, el visitante continuó su recorrido por la ciudad. Llamó especialmente su atención la abundancia de buñolerías instaladas en distintos puntos de la población, establecimientos que, según relataba con humor, despertaban inmediatamente el apetito de cualquier paseante.

Más tarde llegó a una plaza donde encontró dos grandes barracas dedicadas a espectáculos y diversiones populares. La descripción que realizaba de aquellas instalaciones resultaba elogiosa, destacando sus dimensiones, la calidad de su construcción y el ambiente festivo que comenzaba a respirarse con motivo de las celebraciones próximas.

Desde allí ascendió hacia la plaza principal y continuó recorriendo distintas calles. La calle Real fue objeto de una descripción especialmente detallada. El cronista quedó impresionado por la decoración instalada con motivo de las fiestas: arcos triunfales, escudos, farolillos venecianos y otros adornos embellecían el recorrido, ofreciendo una imagen que consideraba digna de admiración.

No obstante, también encontró aspectos criticables. En uno de los tramos observó que el suelo había sido cubierto con abundante hierba, una práctica habitual en determinadas festividades para reducir el polvo y refrescar el ambiente. Sin embargo, el articulista consideró que aquella solución resultaba incómoda para los viandantes, ya que producía tropiezos y dificultaba el tránsito.

El momento más polémico de la visita llegó cuando el autor contempló una manifestación pública de carácter religioso que se desarrollaba en plena calle. La escena provocó una dura crítica por parte del cronista, que expresaba abiertamente su desacuerdo con aquel tipo de actos y los interpretaba como una muestra de atraso cultural. Su comentario reflejaba claramente el tono satírico y anticlerical característico de buena parte de la prensa liberal y republicana de la época.

A partir de ese instante, confesaba que el entusiasmo inicial desapareció y que la alegría de la visita quedó empañada. Según relataba, abandonó la población con una impresión contradictoria: por un lado admiraba la belleza de los adornos festivos, la animación de las calles y el esfuerzo realizado para embellecer la ciudad; por otro, mantenía sus críticas hacia algunos aspectos de la organización urbana y determinadas manifestaciones sociales y religiosas que había presenciado.

La crónica concluía con una despedida sencilla —«Hasta otro día»— y constituye hoy un interesante testimonio sobre la imagen que ofrecía La Línea de la Concepción en junio de 1884, en vísperas de sus tradicionales fiestas. A través de las observaciones de aquel visitante pueden apreciarse tanto los esfuerzos de embellecimiento urbano realizados por las autoridades y vecinos como las peculiaridades de la vida cotidiana en una población que continuaba creciendo y consolidándose en las últimas décadas del siglo XIX.

¿Sabías que...?

El autor de este relato inició su visita tomando una taza de café en el Café Universal, uno de los establecimientos más conocidos de la calle Real, convertido ya en aquellos años en un punto de encuentro habitual para vecinos y visitantes de La Línea.


Paseando por La Línea en la calle Real (IA)



UN PASEO A LA LINEA DE LA CONCEPCION.

Comimos: tomamos una agradable taza de café en el espacioso y elegante Universal, propiedad de D. Federico Bado; encendimos un excelentísimo cigarro procedente de la tabaquería de los Sres. Stagueto y Silva, y veloces como el rayo tomamos Calle Real abajo hasta hacer una corta parada en la plazuela del Mercado.

Eran las cuatro.

Nuestra visita se afanaba por descubrir un algo, cuyo algo no existía, ó, al ménos, no estaba en estado de satisfacernos.

Este algo, eran los coches Ripert, que luego nos enteramos no habían empezado aún á funcionar, no sabemos por qué motivos.

Lamentando esta contrariedad, dimos algunos pasos y se nos presentó un cochero ¡qué cochero! de fijo había pasado sino toda su vida, la mayor parte, limpiando el hollín de las chimeneas, á juzgar por lo tiznado que estaba.

Acercó el vehículo, si así puede llamársele á un coche viejo y carcomido tirado por un penco muerto, y después de habernos advertido con cierta socarronería que cobraba á real de plata por asiento, entramos en el infernal carruaje (dimos con el nombre), y un salto aquí, una embestida allá, nos encontramos vivos, al parecer, en las puertas de La Línea.

Nos apeamos y… ¡aquí fué Troya! Ni Lagartijo, Cara-ancha, Mazantini y cuantos toreros célebres hay en España, dan más pases de muleta, verónicas y quites que los que nosotros nos vimos obligados á dar para evitarnos el ser atropellados por los carruajes; tal es la agitación pírra que se forma de estos en aquella entrada, atenuatoria en alto grado la vida del pacífico transeunte.

(Entre paréntesis, Sr. Alcalde: las puertas requieren alguna más vigilancia; estando los coches estacionados con orden pudieran evitarse desgracias que de otro modo son muy fáciles de acaecer.)

Pasado este peligroso peligro, que pudo haber sido causa de desgracias desagradables, (¡oh, Guardián!) y después de haber sufrido un ataque registratorio-descortés por un carabinero, entramos en la población.

Amantes ante todo al antropofagonismo (¡bonita frase!) nuestra vista se dilató en la inmensidad de las buñolerías que figuraban en primer término á la izquierda. ¡Qué ricas tiendas! ¡Qué buñoleras, tan regordetas y coloradas! Vamos, vamos, que la boca se nos hace agua. (No te sonrias maliciosamente, lector, que aludimos á los buñuelos, no á las buñoleras, sin embargo de que estas no nos desagradaban cuidado.)

Después… después fué ¡la mar! lo que vimos en aquella plazuela, mereciendo especial mención dos magníficas y bien suntuosas pabellón, adornado con elegancia y buen gusto, destinado, según nos dijeron, á albergar lo más distinguido y elegante de aquella villa. ¡Qué honor para una dechumbre improvisada! ¡Qué gozo no experimentaría aquel piso al sentir el divino efecto producido por las delicadas pisadas de las lindísimas jóvenes que al compás de los armoniosos acordes de la música se deleitarían esparciéndose en multitud de parejas!

Pero abandonemos estos embriagadores pensamientos, y con ellos la plaza alta y entremos en calle Real.

Ah!... bellísimo, sublime, encantador es el golpe de vista que presenta esta calle! Arcos triunfales, escudos, adornos de diversas formas, multitud de farolillos venecianos simétricamente colocados, en fin, el buen gusto desafiando á la elegancia, cuyo reto es admitido por ésta, á juzgar por las innumerables y agradabilísimas jóvenes que se pasean extasiadas de admirar tanta belleza.

¡Pum! tropezó y cayó! ¿Quién demonio tuvo la humorada de alfombrar la calle con estas yerbas? preguntó uno á nuestro lado. Y tenía razón el hombre, porque á los pocos pasos advertimos que la yerba se hacía montañas, capaces de hacer sufrir un rudo batacazo al más fornido transeunte.

Esperamos que yerbas criminales
no volverán á tapizar mas suelos.

Seguimos adelante, pero de pronto hirió nuestro oído una estentórea voz que decía: «¡guarde!» «moneda por moneda!» «¡peseta por peseta!» «¡duro por duro!». Un rayo que hubiera caído á nuestras plantas nos hubiera hecho menos efecto que las anteriores palabras.

Otro, paréntesis. Sr. Alcalde: el asqueroso vicio del juego, expuesto públicamente, es el más desgraciado antítesis de la cultura de los pueblos. Basta y sobra.

Pero aun el cielo nos tenía reservado el último golpe, el golpe más fatal. Cuando nos separábamos precipitadamente del antedicho lugar, donde se rendía culto al más depravado vicio, en presencia de las mismas autoridades, héte aquí que nos encontramos frente á frente con la procesión. Nuestro primer intento fué huir ó refugiarnos en cualquier establecimiento durante pasada ésta; más fué imposible; el inmenso gentío que se agolpó nos cortaba la retirada y tuvimos que resignarnos á presenciar un acto pantomímico revestido con la más supina ignorancia.

Y aquí nos tienen ustedes, carísimos lectores, obligatoriamente arrodillados, con la cabeza descubierta, tan solo sometidos á la razón de la fuerza, pues de otro modo, nuestras rodillas, aunque débiles, jamás se hubieran inclinado para reverenciar al más ridículo padrón de la civilización y el progreso.

Pero, señores; ¿no es una injusticia, una arbitrariedad que no conoce límites, el forzar la conciencia del individuo en medio de una vía pública, obligándole (si á manos viene á fuerza de sablazos) á inclinarse y reverenciar un acto en el cual no cree porque es una pura patraña y cuya tendencia concluye únicamente á ridiculizar la religión?

¡Y vergüenza tanta!

Desde este momento, el placer huyó de nosotros; la alegría se transformó en tristeza, y ni aún tuvimos gusto para detenernos á admirar los preciosos fuegos artificiales que, según nos cuentan, presentaron un efecto maravilloso.

Hasta otro día.

Serafín.

Publicado en el periódico gibraltareño El Mono, 11 de junio de 1884.




martes, 2 de julio de 2019

Sabías Que ... en julio de 1884 fueron expulsado 7.000 trabajadores españoles de Gibraltar en represalia, por el Cordón Sanitario en La Línea
















Fue de no pocos comentarios la determinación adoptada por el Gobernador Genera de Gibraltar contra millares de españoles que vivían o trabajaban accidentalmente en aquella plaza.

Era probable que la medida estuviera ajustada a derecho, y que por lo tanto no hubiera nada que reclamar en este concepto. Pero desde luego se veía que obedecía a un espíritu poco conforme con las tradiciones de hospitalidad del pueblo inglés y que era una cruel respuesta a las disposiciones sanitarias de las autoridades españolas a las procedencias llegadas a Gibraltar.

Parecía, además, que la expulsión se llevó a cabo en forma demasiadamente dura pues tratándose de arrojar de una plaza a 7.000 personas que representaban el 40 o 50 por 100 de la población, los principios mas elementales de buena vecindad aconsejaban dar avisos y señalar plazos que hubieran hecho menos sensibles las consecuencias de lo mandado por aquel Gobernador.

"Puestos en el camino de las represalias, tal vez no fuéramos nosotros los que peor librasen si nos hubiéramos cortado los infinitos abusos que se toleraban desde hacía muchos años, abusos a que debe Gibraltar su desarrollo y su movimiento mercantil, como a la naturaleza y al arte de los ingenieros ingleses en su poderío militar. "

No se aconsejó al Gobierno que aceptara esa lucha y que hiciera valer los derechos que nos asistían. Lo único que se pedía es que viera el modo de amparar a los infelices expulsados de Gibraltar que vagaban por la Línea y su campo, con lo cual se evitaba un peligro para el orden y para la salud pública, además de haber una obra humanitaria y justa.

Por su parte Gibraltar daba explicaciones al hecho en una carta a la prensa española:

“Muy señor mío: Casi iodos los periódicos de la corte han dado la noticia da que el gobierno inglés había expulsado de Gibraltar a todos los españoles, entre ellos 7.000 trabajadores.

Cada uno ha comentado a su modo la noticia, que es del todo inexacta.

En primer lugar los trabajadores españoles que había en Gibraltar no llegaban a 2.000, incluyendo albañiles, carpinteros, pintores, cargadores de carbón, etcétera etc.; de modo que, por lo pronto, la cifra de los llamados expulsados resulta algo exagerada. En segundo lugar, todos los españoles que tenían licencia para residir en Gibraltar han quedado.

Lo que si ha sucedido y no debe confundirse ni exagerado los hechos, es que los trabajadores, como todos los extranjeros, para entrar en Gibraltar y creo que ocurre los mismo en Ceuta, necesitan un tiquete, que así se llama, el cual les es facilitado por la policía.

Naturalmente, al establecerse el cordón, ya no podían entrar esos trabajadores en Gibraltar y como no podían entrar, menos podían residir en dicha plaza, puesto que no tenían licencia para ello.

Claro es que el gobierno inglés no iba a proporcionar hospedaje a esos 2.000 trabajadores pues Gibraltar no es tan grande para poder contener además de su guarnición y sus habitantes, 2.000 hombres más, y ser ese hacinamiento causa quizás del desarrollo de alguna enfermedad. Cree que en igualdad de circunstancias hubiéramos hecho lo mismo.

No pudiendo, pues, los trabajadores permanecer en Gibraltar, se vinieron a España; pero no porque fueran expulsados, sino porque la ley no les permitía residir en dicha plaza."

Seguía comentando la prensa al respecto:

Hasta el año 1868 estaba completamente prohibido construir ni reparar edificio alguno en La Línea; desde 1868 acá, cada uno se permitió edificar donde quiso y como quiso, siendo los dueños de fincas, en su mayoría inmensa, hijos de Gibraltar. Así se formó este pueblo de la Línea, llamándose independiente de San Roque, si mal no recordamos, el año 1870. ¿Si hubiera estado vigente la ley que rigió hasta el año 1868, tendríamos hoy que lamentar la calamidad existente? Seguramente que no; porque entonces no hubiera venido a habitar en esta tanto trabajador ni tanta otro que no lo es.

Por tanto, píense y medite un poquito el Gobierno y tome algunas medidas, con objeto que no vuelvan a repetirse las calamidades que hoy todos lamentamos.

Levante el Gobierno una barrera que nos separe por completo de ese pedazo de nuestra nación, que se llama Gibraltar, aíslelo y prohíba terminantemente la importación y exportación; establezca en Cádiz depósitos flotantes de carbón; inhabilite la Aduana de la Línea, pues este pueblo no tiene razón de ser y vuelva a su estado primitivo, y es cada uno procurará volver al pueblo de donde vino. Preocúpese alguna vez el Gobierno, que haga menos política y se ocupe más del bien y conveniencia de los pueblos, y ese Gobierno merecerá e1 aplauso de todos los españoles.”


En la sesión que celebró el 24 de Julio la Cámara de los Comunes, le preguntó Mr. Wodehouse, si era cierto, como se había preguntado en el Senado español, que las autoridades de Gibraltar habían prohibido la entrada en la población a 5000 españoles, en represalias de las medidas Contra el cólera que el Gobierno de España había tomado.

El interpelado Mr. Ashley, contestó:

—No es cierto; la medida tomada por las autoridades de Gibraltar no es de represalia, sino de necesidad. Allí no se ha impedido ni se impide la entrada de los españoles en la forma de siempre. Antes el Gobierno de España permitía a los españoles que Iban á Gibraltar volver por la noche a La Línea; pero después los oficiales españoles de la frontera prohibieron este retorno. Entonces las autoridades do Gibraltar impidieron la entrada en la plaza a los que no pudieran volver libremente a territorio español, para no verse obligado, caso de que se declare el cólera, a alojar, mantener y emplear a aquellos extranjeros, que por ser tantos en número, hubieran creado, sumados á la población de Gibraltar, una situación difícil.


El Día (Madrid. 1881). 19-7-1884
El Imparcial (Madrid. 1867). 9-7-1884
La Época (Madrid. 1849). 29-7-1884, n.º 11.509

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