Un paseo a La Línea de la Concepción visto por un visitante en 1884 (11 de junio de 1884)
El periódico gibraltareño El Mono, en su edición del 11 de junio de 1884, publicó una curiosa crónica firmada por Serafín bajo el título «Un paseo a La Línea de la Concepción». El artículo relataba, con tono satírico y costumbrista, la visita realizada por el autor a la ciudad linense durante los días previos a la Velada y Fiestas, ofreciendo una visión muy particular de la población y de algunos de los problemas urbanos que presentaba en aquellos años.
La jornada comenzó en el establecimiento denominado Universal, propiedad de Federico Bado, donde el cronista tomó café y fumó un cigarro antes de recorrer la población. Desde allí descendió por la calle Real y realizó una breve parada en la plazuela del Mercado.
Según explicaba, uno de los principales objetivos de la visita era comprobar el funcionamiento de los llamados coches Ripert, un sistema de transporte urbano que había despertado gran curiosidad. Sin embargo, al llegar descubrió que aquellos vehículos todavía no estaban prestando servicio. Tras avanzar algunos pasos apareció finalmente uno de aquellos carruajes, descrito de forma poco elogiosa por el articulista, que ironizaba sobre su aspecto envejecido y desvencijado.
A pesar de las críticas, decidió subir al vehículo y completar el trayecto hasta la entrada de La Línea. Allí comenzó una de las partes más pintorescas de la narración. El cronista describía el intenso tráfico de carruajes que se concentraba en los accesos a la población y afirmaba que los peatones se veían obligados a realizar constantes maniobras para evitar ser atropellados. Aprovechaba la ocasión para reclamar una mayor vigilancia municipal que evitase posibles accidentes.
Superado aquel primer inconveniente, el visitante continuó su recorrido por la ciudad. Llamó especialmente su atención la abundancia de buñolerías instaladas en distintos puntos de la población, establecimientos que, según relataba con humor, despertaban inmediatamente el apetito de cualquier paseante.
Más tarde llegó a una plaza donde encontró dos grandes barracas dedicadas a espectáculos y diversiones populares. La descripción que realizaba de aquellas instalaciones resultaba elogiosa, destacando sus dimensiones, la calidad de su construcción y el ambiente festivo que comenzaba a respirarse con motivo de las celebraciones próximas.
Desde allí ascendió hacia la plaza principal y continuó recorriendo distintas calles. La calle Real fue objeto de una descripción especialmente detallada. El cronista quedó impresionado por la decoración instalada con motivo de las fiestas: arcos triunfales, escudos, farolillos venecianos y otros adornos embellecían el recorrido, ofreciendo una imagen que consideraba digna de admiración.
No obstante, también encontró aspectos criticables. En uno de los tramos observó que el suelo había sido cubierto con abundante hierba, una práctica habitual en determinadas festividades para reducir el polvo y refrescar el ambiente. Sin embargo, el articulista consideró que aquella solución resultaba incómoda para los viandantes, ya que producía tropiezos y dificultaba el tránsito.
El momento más polémico de la visita llegó cuando el autor contempló una manifestación pública de carácter religioso que se desarrollaba en plena calle. La escena provocó una dura crítica por parte del cronista, que expresaba abiertamente su desacuerdo con aquel tipo de actos y los interpretaba como una muestra de atraso cultural. Su comentario reflejaba claramente el tono satírico y anticlerical característico de buena parte de la prensa liberal y republicana de la época.
A partir de ese instante, confesaba que el entusiasmo inicial desapareció y que la alegría de la visita quedó empañada. Según relataba, abandonó la población con una impresión contradictoria: por un lado admiraba la belleza de los adornos festivos, la animación de las calles y el esfuerzo realizado para embellecer la ciudad; por otro, mantenía sus críticas hacia algunos aspectos de la organización urbana y determinadas manifestaciones sociales y religiosas que había presenciado.
La crónica concluía con una despedida sencilla —«Hasta otro día»— y constituye hoy un interesante testimonio sobre la imagen que ofrecía La Línea de la Concepción en junio de 1884, en vísperas de sus tradicionales fiestas. A través de las observaciones de aquel visitante pueden apreciarse tanto los esfuerzos de embellecimiento urbano realizados por las autoridades y vecinos como las peculiaridades de la vida cotidiana en una población que continuaba creciendo y consolidándose en las últimas décadas del siglo XIX.
¿Sabías que...?
El autor de este relato inició su visita tomando una taza de café en el Café Universal, uno de los establecimientos más conocidos de la calle Real, convertido ya en aquellos años en un punto de encuentro habitual para vecinos y visitantes de La Línea.
| Paseando por La Línea en la calle Real (IA) |
UN PASEO A LA LINEA DE LA CONCEPCION.
Comimos: tomamos una agradable taza de café en el espacioso y elegante Universal, propiedad de D. Federico Bado; encendimos un excelentísimo cigarro procedente de la tabaquería de los Sres. Stagueto y Silva, y veloces como el rayo tomamos Calle Real abajo hasta hacer una corta parada en la plazuela del Mercado.
Eran las cuatro.
Nuestra visita se afanaba por descubrir un algo, cuyo algo no existía, ó, al ménos, no estaba en estado de satisfacernos.
Este algo, eran los coches Ripert, que luego nos enteramos no habían empezado aún á funcionar, no sabemos por qué motivos.
Lamentando esta contrariedad, dimos algunos pasos y se nos presentó un cochero ¡qué cochero! de fijo había pasado sino toda su vida, la mayor parte, limpiando el hollín de las chimeneas, á juzgar por lo tiznado que estaba.
Acercó el vehículo, si así puede llamársele á un coche viejo y carcomido tirado por un penco muerto, y después de habernos advertido con cierta socarronería que cobraba á real de plata por asiento, entramos en el infernal carruaje (dimos con el nombre), y un salto aquí, una embestida allá, nos encontramos vivos, al parecer, en las puertas de La Línea.
Nos apeamos y… ¡aquí fué Troya! Ni Lagartijo, Cara-ancha, Mazantini y cuantos toreros célebres hay en España, dan más pases de muleta, verónicas y quites que los que nosotros nos vimos obligados á dar para evitarnos el ser atropellados por los carruajes; tal es la agitación pírra que se forma de estos en aquella entrada, atenuatoria en alto grado la vida del pacífico transeunte.
(Entre paréntesis, Sr. Alcalde: las puertas requieren alguna más vigilancia; estando los coches estacionados con orden pudieran evitarse desgracias que de otro modo son muy fáciles de acaecer.)
Pasado este peligroso peligro, que pudo haber sido causa de desgracias desagradables, (¡oh, Guardián!) y después de haber sufrido un ataque registratorio-descortés por un carabinero, entramos en la población.
Amantes ante todo al antropofagonismo (¡bonita frase!) nuestra vista se dilató en la inmensidad de las buñolerías que figuraban en primer término á la izquierda. ¡Qué ricas tiendas! ¡Qué buñoleras, tan regordetas y coloradas! Vamos, vamos, que la boca se nos hace agua. (No te sonrias maliciosamente, lector, que aludimos á los buñuelos, no á las buñoleras, sin embargo de que estas no nos desagradaban cuidado.)
Después… después fué ¡la mar! lo que vimos en aquella plazuela, mereciendo especial mención dos magníficas y bien suntuosas pabellón, adornado con elegancia y buen gusto, destinado, según nos dijeron, á albergar lo más distinguido y elegante de aquella villa. ¡Qué honor para una dechumbre improvisada! ¡Qué gozo no experimentaría aquel piso al sentir el divino efecto producido por las delicadas pisadas de las lindísimas jóvenes que al compás de los armoniosos acordes de la música se deleitarían esparciéndose en multitud de parejas!
Pero abandonemos estos embriagadores pensamientos, y con ellos la plaza alta y entremos en calle Real.
Ah!... bellísimo, sublime, encantador es el golpe de vista que presenta esta calle! Arcos triunfales, escudos, adornos de diversas formas, multitud de farolillos venecianos simétricamente colocados, en fin, el buen gusto desafiando á la elegancia, cuyo reto es admitido por ésta, á juzgar por las innumerables y agradabilísimas jóvenes que se pasean extasiadas de admirar tanta belleza.
¡Pum! tropezó y cayó! ¿Quién demonio tuvo la humorada de alfombrar la calle con estas yerbas? preguntó uno á nuestro lado. Y tenía razón el hombre, porque á los pocos pasos advertimos que la yerba se hacía montañas, capaces de hacer sufrir un rudo batacazo al más fornido transeunte.
Seguimos adelante, pero de pronto hirió nuestro oído una estentórea voz que decía: «¡guarde!» «moneda por moneda!» «¡peseta por peseta!» «¡duro por duro!». Un rayo que hubiera caído á nuestras plantas nos hubiera hecho menos efecto que las anteriores palabras.
Otro, paréntesis. Sr. Alcalde: el asqueroso vicio del juego, expuesto públicamente, es el más desgraciado antítesis de la cultura de los pueblos. Basta y sobra.
Pero aun el cielo nos tenía reservado el último golpe, el golpe más fatal. Cuando nos separábamos precipitadamente del antedicho lugar, donde se rendía culto al más depravado vicio, en presencia de las mismas autoridades, héte aquí que nos encontramos frente á frente con la procesión. Nuestro primer intento fué huir ó refugiarnos en cualquier establecimiento durante pasada ésta; más fué imposible; el inmenso gentío que se agolpó nos cortaba la retirada y tuvimos que resignarnos á presenciar un acto pantomímico revestido con la más supina ignorancia.
Y aquí nos tienen ustedes, carísimos lectores, obligatoriamente arrodillados, con la cabeza descubierta, tan solo sometidos á la razón de la fuerza, pues de otro modo, nuestras rodillas, aunque débiles, jamás se hubieran inclinado para reverenciar al más ridículo padrón de la civilización y el progreso.
Pero, señores; ¿no es una injusticia, una arbitrariedad que no conoce límites, el forzar la conciencia del individuo en medio de una vía pública, obligándole (si á manos viene á fuerza de sablazos) á inclinarse y reverenciar un acto en el cual no cree porque es una pura patraña y cuya tendencia concluye únicamente á ridiculizar la religión?
¡Y vergüenza tanta!
Desde este momento, el placer huyó de nosotros; la alegría se transformó en tristeza, y ni aún tuvimos gusto para detenernos á admirar los preciosos fuegos artificiales que, según nos cuentan, presentaron un efecto maravilloso.
Hasta otro día.
Serafín.
Publicado en el periódico gibraltareño El Mono, 11 de junio de 1884.