lunes, 13 de julio de 2026

¿Sabías que…? Tal día como hoy, 13 de julio, La Línea seguía recordando la noche en que el pánico hizo creer a toda la ciudad que se había escapado una leona de la feria

 










Prólogo

Las ferias y veladas forman parte de la memoria sentimental de los pueblos. Constituyen mucho más que unos días de diversión: son el escenario donde varias generaciones han compartido alegrías, ilusiones, encuentros familiares y anécdotas que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en auténticas leyendas populares. La Velada y Fiestas de La Línea de la Concepción ha sido, desde sus orígenes, uno de esos espacios donde la vida cotidiana se transformaba durante unos días en un universo lleno de luces, música, olor a buñuelos, pregones, circos, barracas y espectáculos que permanecieron grabados para siempre en la memoria colectiva de los linenses.

Entre todas aquellas historias transmitidas de generación en generación, pocas alcanzaron tanta popularidad como la del supuesto escape de una leona durante una noche de feria. Durante décadas, el episodio fue recordado en conversaciones familiares, tertulias y reuniones de amigos, mezclándose los hechos reales con las exageraciones propias del relato oral. Como sucede con tantos acontecimientos populares, el paso del tiempo fue añadiendo detalles, modificando circunstancias y convirtiendo un incidente concreto en una de esas narraciones que terminan formando parte del patrimonio inmaterial de una ciudad.

Antonio Cruz de los Santos supo comprender el extraordinario valor que encerraban estas pequeñas historias aparentemente intrascendentes. Cronista apasionado de La Línea, dedicó buena parte de su vida a recoger los recuerdos de quienes habían vivido los acontecimientos, contrastarlos con documentos y testimonios y transformarlos en relatos llenos de humanidad, donde la historia y la tradición oral conviven de forma natural. Su obra constituye hoy una de las principales fuentes para conocer no sólo los grandes acontecimientos de la ciudad, sino también la vida cotidiana de sus habitantes, sus costumbres, sus formas de divertirse y esa manera tan particular de entender la convivencia que caracterizó a varias generaciones de linenses.

La estampa titulada «¡Se ha escapado la leona!» representa perfectamente ese modo de escribir. Más que limitarse a narrar un hecho concreto, el autor reconstruye con enorme riqueza de detalles el ambiente de la antigua Velada de La Línea. El lector pasea junto a la multitud bajo las arcadas iluminadas con carburo, escucha los pregones de los vendedores ambulantes, contempla las barracas de feria, los teatros, los circos, los tiovivos, los puestos de turrón y las buñolerías, sintiendo el calor del levante y el bullicio de miles de personas que acudían desde toda la comarca, Gibraltar, Ceuta o incluso Tánger para disfrutar de las fiestas.

Ese magnífico ejercicio descriptivo convierte el relato en un auténtico documento etnográfico. Gracias a él es posible conocer cómo era físicamente el antiguo Paseo de la Velada, qué diversiones existían, cuáles eran las atracciones más populares, cómo funcionaban los pequeños espectáculos ambulantes, cuáles eran los precios habituales o incluso cuáles eran las bebidas refrescantes que consumía el público durante las calurosas noches del mes de julio. Cada página constituye una fotografía literaria de una ciudad desaparecida que sólo permanece viva en la memoria de quienes la conocieron.

Pero la verdadera fuerza del relato reside en la forma en que Antonio Cruz de los Santos aborda el célebre episodio de la leona. Lejos de conformarse con repetir una tradición popular, el autor actúa casi como un investigador. Primero reproduce la versión legendaria, aquella que el pueblo fue transmitiendo durante décadas, con toda la intensidad dramática del pánico colectivo, las carreras, las barracas derribadas, los heridos, el caos y la confusión. Después, una vez captada la atención del lector, desmonta cuidadosamente la leyenda recurriendo a los testimonios de quienes realmente vivieron el suceso, explicando cómo una falsa interpretación del rugido de la fiera y las heridas sufridas por un muchacho terminaron desencadenando una estampida de consecuencias espectaculares.

Ese equilibrio entre memoria popular e investigación histórica constituye una de las mayores virtudes de Antonio Cruz de los Santos. Nunca desprecia la tradición oral, porque sabe que forma parte inseparable del patrimonio sentimental de un pueblo, pero tampoco renuncia al rigor documental cuando dispone de testimonios suficientes para aproximarse a la realidad de los hechos. Gracias a esa metodología consigue ofrecer al lector dos historias simultáneas: la leyenda que permaneció viva durante generaciones y la explicación histórica que permite comprender cómo nació aquella leyenda.

Resulta igualmente admirable la capacidad del autor para retratar a los personajes anónimos que dieron vida a aquella feria. Vendedores ambulantes, buñoleros, músicos, feriantes, artistas de barraca, empleados de los circos, familias enteras paseando por el Real o el pequeño Antoñito Vázquez Macías —que pasaría a ser conocido para siempre como «el niño de la leona»— aparecen descritos con una cercanía que permite al lector sentirse partícipe de aquella noche inolvidable. No existen protagonistas heroicos; el verdadero protagonista es el propio pueblo de La Línea, con sus costumbres, sus miedos, su capacidad para exagerar los acontecimientos y, finalmente, para reírse de sí mismo convirtiendo una tragedia potencial en una copla carnavalesca que sobrevivió durante décadas.

La publicación de esta estampa permite recuperar una de las páginas más entrañables de la historia popular linense. No se trata únicamente de recordar un curioso incidente ocurrido hace más de un siglo, sino de conservar una forma de narrar la ciudad que hoy prácticamente ha desaparecido. Antonio Cruz de los Santos escribía desde el conocimiento directo de las personas, de las calles y de las tradiciones, dejando un testimonio que trasciende el simple relato anecdótico para convertirse en una auténtica memoria colectiva de La Línea de la Concepción.

Por ello, estas páginas deben leerse no sólo como una narración amena o como una curiosidad histórica, sino también como un homenaje a aquella ciudad bulliciosa que crecía alrededor de su Velada y Fiestas, donde miles de personas compartían unos días de alegría bajo las luces del Real. En ellas permanece viva una época en la que la feria era el gran acontecimiento anual, capaz de reunir a toda la comarca y de generar historias que, como la de la célebre leona, acabarían formando parte del imaginario colectivo de generaciones enteras de linenses.

La recuperación y difusión de textos como éste constituye, además, un acto de justicia hacia la figura de Antonio Cruz de los Santos, uno de los grandes narradores de la memoria local. Su legado continúa permitiendo que los lectores actuales recorran la antigua La Línea con la misma emoción con la que él escuchó aquellas historias de boca de sus protagonistas. Gracias a su extraordinaria capacidad para observar, investigar y contar, sucesos que pudieron perderse para siempre permanecen hoy vivos, recordándonos que la verdadera historia de una ciudad no sólo se escribe en los documentos oficiales, sino también en las pequeñas vivencias de sus vecinos, en las tradiciones populares y en esos relatos que, entre la realidad y la leyenda, terminan convirtiéndose en parte inseparable de la identidad de un pueblo

Luis Javier Traverso





Capítulo 51



¡SE HA ESCAPADO LA LEONA!

-Estampa Linense-

Fotografía generada por IA



¡Se ha escapado la leona! ¡Se ha escapado la leona! Gritaba la gente enloquecida por el pánico huyendo del Paseo de la Velada que segundos antes ocupaba feliz y despreocupada.

    Bajo las cuatros arcadas de luces de carburo, apretujados entre vendedores que preguntaban: ¡Agua fresca de de la fuente del Avellano!, ruletas martingaleras y puestos de joyería fina a 0’25 céntimos la pieza de oro desfilaba la multitud con paso lento, cansado, sin preocuparse gran cosa de las preciosas turroneras que les ofrecían las ricas golosinas alicantinas, ni de las tiendas de abanicos que exponían rumbosas las mejores galas de su artesanía, sino que más bien parecía buscar un lugar libre donde sentarse para dar descanso a los atormentados pies.

    Los tinglados con pretensiones de casetas, los cafés y buñolerías se encontraban repletas de gentes sentadas en torno a los veladores tomando zarzaparrilla con gaseosa  de “mebli”, o limonada relativamente fresca. Dichosos los que podían encontrar una mesa con algunas sillas en “la Austriaca”, o en el Casino de La Línea, o en la caseta del Ayuntamiento.

    El público sudoroso y sofocado por el pegajoso viento de levante penetraba en todos los rincones y barracas de La Velada atestando el teatrillo del “Gran Pope”, parándose ante la barraca del “Hombre que hecha fuego por la boca, come carbón y bebe petróleo”, el cual se anunciaba con voz gangosa y acento extranjero pese a ser natural de La Línea y haber nacido en el  Cerro de la Vieja. Un poco más allá otro espectáculo del mismo jaez atraía a la gente: “La Mujer Barbuda” de adiposa mole, y le seguían “Mister Plunk” el indostánico fakir de pega que permanecía enterrado sin comer ni beber  durante cuarenta días –de las noche u horas de la madrugada no decía nada-, a continuación la barraca del “Tragasables”, después la individualista figura del “Tío de las vistas”, un pobre hombre que llevaba colgado del cuello un mísero cajón provisto de una lente por el que los pequeñuelos contemplaban en el interior del armatoste litografías de la batalla de los Castillejos, el descubrimiento de America la muerte de Pepe-Hillo, el bombardeo de Cataluña y el terremoto de Lisboa. A continuación se alzaba el “Tiovivo” con salvajes corceles del oeste Americano que galopan al son de la alegra música de órgano escoltado por personajes de peluca y casaca al estilo del siglo XVII o arrancados de la corte del Rey Sol.´

    Las buñolerías no deban abasto para servir los buñuelos a real la docena, ni atender la bulliciosa clientela de familias enteras que buscaban ansiosas un refugio donde descansar un rato.

    Los circos relumbrantes de luces de carburo y presididos de orquestas con predominio de trompetas y tambores tragaban insaciables a la muchedumbre que se repartía bajo los agobiantes toldos recalentados por el sol de julio, tomando asiento en las empinadas graderías o en las apretujadas sillas en torno a las pistas.

    Por todas partes gritos, voces, pregones rifando, vendiendo, cantando, teniendo el contrapunto de los estampidos de cañoncitos inofensivos, el chasquear de látigos, los rugidos de fieras acosadas por domadores, fogonazos de magnesio y las repiqueteantes campanas de los teatros anunciando la próxima función. Y, gente, mucha gente, demasiado gente llegada de todos los pueblos de la comarca, de Gibraltar, incluso de Ceuta y de Tánger.

    La Línea en aquellos días, recién terminadas las obras del puerto y los diques de la vecina plaza inglesa, contaba según el censo efectuado a ojo de buen cubero sus sesenta mil habitantes.

    Hacia pocos años que se celebraba la Feria en el huerto de Pedro Vejer.

Anteriormente se montaba en la Explanada de Alfonso XIII y calle Real rematando en la Plaza de la Iglesia. Después la trasladaron a la Calle del Cuartel extendiéndose por el parque de la Victoria y la Banqueta de Poniente. Hasta que por fin el Ayuntamiento adquirió en propiedad el antiguo huerto de Pedro Vejer que denominó Paseo de la Velada.

    Este lugar ha resultado el más indicado porque está en el centro de la ciudad, tiene buenas calles confluentes y la Plaza de Toros al final del real de la feria. En los últimos años parece haber quedado pequeño dado el incremento y la importancia que va tomando la fiesta. Pero aún puede ampliarse más, basta con extender la techumbre de luces en un paseo circular en torno a la Plaza de Toros y desviar durante la semana de feria el tráfico rodado por las calles adyacentes. Hay sitio suficiente para instalar numerosos barracones y carruseles.

    Más volvemos al día en que se escapó la leona. Entramos en la Velada, formemos parte de la muchedumbre de paseantes.

    ¡”El agua diabólica”! ¡Señores, pasen al interior, conozcan los efectos maravillosos del “agua diabólica”. Por diez céntimos nada más puede usted ganar un duro, ¡¡un duro, si señor! ¡un duro! Todo lo que tiene que hacer es meter la mano en la tina del agua y sacar el duro que no está clavado al recipiente, ¡véanlo! El pregonero, vestido con un estrafalario atuendo que recuerda a los alquimistas de la Edad Media, saca la moneda del barreño y lo enseña al público. Sean más listos que el “agua diabólica” que no les permitirá llevarse el duro. ¡Inténtelo! Y, desde luego, no faltaban incautos que considerándose listos metían la mano en la tina pero coger el duro. Un oportuno golpe de manivela de una magneta oculta comunicaba una descarga eléctrica al agua que proporcionaba al incauto un calambrazo capaz de achicar al más valiente.

    Junto a esta barraca había otra donde por diez céntimos podía ver todo el mundo la maravilla de las maravillas, el más asombroso de todos los inventos, la máquina parlante de Edison. En efecto, en sesión continua se mostraba, sobre una mesa, un fonógrafo de bocina descomunal, el abuelito de los actuales tocadiscos, movido por manivela y que gastaba agujas de acero gordas como clavos.

    La riada humana todo lo invadía: puestos de juguetes, de turrón, de abanicos, de baratijas, los circos, los teatros, las buñolerías y casetas de baile, los casinos, barracas y bares, los columpios, los “tiovivos”, el tobogán, la noria monumental. Por todas partes gentes apretadas, sudorosas, cansadas de dar vueltas por el real de la feria. Las barracas de tiro al blanco a base de escopetas o pelotas de trapo no tenían suficiente espacio para atender a los parroquianos. Todo era un cuerpo compacto, una muchedumbre espesa ansiosa de divertirse.

    En uno de esos momentos, una señora que llevaba a un hijo en brazos se acercó demasiado a la jaula de los leones. La leona, mansurrona de siempre, sacó en aquella ocasión el brazo por entre los barrotes arañando al niño en la cara. Al grito que dio la pobre mujer al ver a su hijo ensangrentado se unió el rugido de la fiera. Y como un disparo a bocajarro brotó de todos los pechos al terrible grito de ¡Se ha escapado la leona! ¡La leona! ¡La leona! ¡Se ha escapado la leona! El público del recinto de las fieras emprendió veloz carrera dominado por el pánico que contagió a los de fura que, a su vez, gritaban electrizados por el miedo. Y todo el mundo corrió enloquecido, tirándose de cabeza a través de las endebles lonas de las barracas, arrollando los veladores  con los servicios, tumbado los tenderetes y puestos, derramando por los suelos las mercancías, atropellando cuanto encontraba delante, pisando a los caídos, rompiendo mesas y sillas. Por las calles confluentes la riada adquirió magnitud de torrente que eliminaba cuanto encontraba a su paso, destruyendo los puestos de turrón, tumbando carromatos, hundiendo o aplastando las casetas, tirando postes y esparciendo por los suelos miles de objetos que nadie trataba de recoger, abandonando a su suerte a los que caían presa de convulsiones o ataques de nervio ya fuesen niños, ancianos o mujeres.

    Pasado los primeros instantes de pánico se produjo una extraña clama silenciosa teniendo por fondo el llanto desesperado de algún pequeño abandonado, o los gritos enronquecidos de alguna pobre mujer que había perdido a la familia y la llamaba co acento de loca. Poco a poco el ambiente fue llenándose de voces pidiendo socorro, de llantos mal sofocados, de maldiciones y blasfemias.

    Y como ocurre siempre, una vez que se convencieron que todo había sido producto de una falsa alarma, una jugarreta del diablo, que la leona no se había escapado, que permanecía tranquila en su jaula, los más osados alardearon de valor socorrieron a los caídos, ayudaron a las mujeres y hasta con un poco de chunga pregonaron zapatos, bolsos, sombreros, conforme los recogían del suelo.

    En aquel momento la feria presentaba un desastroso aspecto, de ruina, algo así como si hubiese sufrido los efectos de un ciclón americano.

    Poco a poco fueron acudiendo los guardias municipales, los camilleros de la de la Cruz Roja, la Guardia Civil y autoridades. Se organizaron puestos de socorro y durante horas atendieron a los pobres desgraciados que padecían magullamientos o heridas.

    ¿Ocurrió el desastre tal como lo he descrito? ¿Cuál fue la realidad? ¿Se escapó la leona? O ¿Solo fue una falsa alarma y una explosión de pánico? De todo hubo. La verdad y la fantasía se han mezclado una vez más. Lo cierto es que la estampía se produjo más o menos como se ha descrito, que la leona no se escapó, que permaneció en la jaula con gandulera apatía ajena a la catástrofe producida a su alrededor, que la mujer llevando al niño en brazos no se acercó a la jaula porque tal mujer no existió jamás.

    Cotejando mis notas del suceso puedo establecer aproximándome mucho a la verdad lo siguiente…

    Pero empecemos por el principio. El final de la calle del Clavel en su desembocadura a la explanada era estrecha y formaba un ángulo recto. Este trozo de calle se ensanchaba conforme avanzaba hasta las calles del Sol y del Águila con las que hacía esquinas. El primer establecimiento, que participaba de la Explanada y de la calle Clavel era “El conejo”, un despacho de bebidas, le seguía una tienda de objetos de metal: velones, plancheros, peroles, tenazas, etc. Todo muy reluciente. Por la misma fachada seguían otras tiendas en las que predominaban las freidurias, terminando en la pañería de Cascales esquina a la calle del Sol. Enfrente, partiendo de la esquina de la del Águila se encontraba la bodega de los Ramírez a la que continuaban otras tiendecillas, fondas freidurías y casa de comida de humilde categoría, hasta terminar desembocando en la Explanada. Una de estas casas de comida y freiduría, que daba frente al establecimiento de Cascales era conocida por la fonda de “Las nieves”. No era ese precisamente su título, puesto que no lo tuvo nunca, sino que así la designaban porque su propietario trabajó en su mocedad en una fábrica de hielos y de ahí le vino el apodo que más tarde heredó la fonda. Paraban en este establecimiento el personal empleado del circo, no sé si el director también.

    El nieto del propietario de la freiduría, Antoñito Vázquez Macia, que apodaron hasta su muerte “el niño de la leona”, servía a los parroquianos, bromeaba con ellos y gozaba oyendo los comentarios de los sirvientes del circo. Pero lo que más encantaba al pequeño era lo relacionado con las fieras, deshaciéndose en preguntas sobre los elefantes, los osos, los monos y sobre todo de los leones.

    El día del suceso, Antoñito con toda la familia, estrenó un traje nuevo y así, de gran gala, se fueron al estudio fotográfico donde posaron en un grupo. Después marcharon a dar una vuelta por la feria a pesar de ser media tarde. Regresaron a la fonda antes de la hora de la comida para atender a los clientes habituales y al aluvión de forasteros.

    Terminado el trajín y recogidos los servicios se le ocurrió a Antoñito llevar a los leones el sobrante de las comidas. Entró en el departamento de las fieras sin llamar la atención por ser conocido de los porteros y guardianes. Frente a la jaula de los leones abrió el paquete y su dispuso a echar parte del contenido en el interior de la jaula. La fiera más cercana a los barrotes sacó el brazo arañando al niño en la cara, pecho y brazo al tiempo que lanzaba un espantoso rugido. Los que vieron la escena gritaron a su vez y se alejaron corriendo mientras que los empleados del circo acudían veloces a retirar el niño que chorreando sangre lloraba al pie de la jaula.

    Bastó un segundo para que se produjese la confusión más espantosa. ¡La leona! ¡La leona! Gritaba la gente en su huida. Grito que el pánico convirtió en ¡Se ha escapado la leona! ¡se ha escapado la leona!

    Llevaron al imprudente chaval a su casa. Su padre no consintió que lo trasladaran a la Casa de Socorro. Lavaron al pequeño con agua sublimada para evitar la posible infección que no llegó a producirse. Bastó aquella cura para que el daño no pasase de unas cicatrices que Antoñito ostentaría orgulloso hasta el momento de su muerte muchos años después.

    El director del Circo fue de los primeros que acudieron a la fonda. Puso a disposición de la atribulada familia de Antoñito toda su ayuda y recursos, prometiendo hacer frente a todos los gastos que se ocasionasen e indemnizar al pequeño. Pero el padre del chaval, informado por su hijo y comprendiendo que toda la culpa era del niño, rehusó la ayuda que cordialmente se le ofrecía.

    Y así terminó el suceso conocido por “CUANDO SE ESCAPO LA LEONA”.

¿Ocurrió de esta forma? Por mi parte, yo creo sinceramente que así sucedió. Las personas que protagonizaron el caso –familiares y testigos- coinciden en sus declaraciones, salvo en algunos detalles que no modifican en nada el conjunto. El punto donde más discrepan es en el año en que tuvo lugar el desastre, mientras que unos dicen que fue en el 1911 otros aseguran que fue en el 1913, y no faltan los que opinan que ocurrió en el 1914. También hay los que no se acuerdan en absoluto del año en cuestión cosa que se comprende porque a los setenta años la memoria suele fallar con frecuencia.

    Y por último. El recuerdo de aquella noche de pesadilla todavía permanece en la mente de los viejos que, además del miedo, recuerda la trilla canarvalera con que despiadadamente se mofaba de sí mismo. Que empezaba así:


                                           Este año por feria
                                           Estamos asustaos
                                           Cuando decía la gente
                                           Que la leona se había escapao

    Y, colorín colorado…
                                               
                                                      Antonio Cruz de los Santos



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