domingo, 26 de julio de 2026

¿Sabías Que...? En la Velada de 1975 Antonio Cruz de los Santos escribió "Don Cascarrabia y su Esposa en la Feria"

 






DON CASCARRABIA Y SU ESPOSA EN LA FERIA

Los personajes de esta fábula no son ficticios, son tan reales como ustedes y como yo. Pero no trate de localizarlos, porque están reproducidos infinidad de veces en los cincuentones que, pese a todos los pesares, sienten la llamada de la fiesta como si sólo tuviesen veinte años. Oigámosles.

CASCARRABIA: Aquí hay demasiada gente; no se puede andar. ¡Eh!, oiga, a ver si mira donde pone los pies! ¡No te digo?... ¡Pero si todavía no saben ni andar!

ESPOSA: Déjalo, hombre, no hagas caso.

—Tú como siempre; que no haga caso. Si por ti fuera no te importaría que nos aplastasen.

—Vamos a ver, ¿qué adelantas con protestar, si esto es lo normal en las muchedumbres?

—¿Pero tú comprendes que se puede aguantar que lo pisen a uno? (Una voz) ¡Cerveza fresca!... ¡No quiero cerveza! ¡Agua fresca de la fuente del Avellano!... ¡No, no quiero agua, ni quiero cerveza!

EN LA PLAZA DE TOROS

—Atiende a la corrida, hombre, que va a empezar.

—Pues eso es lo que hace falta, que empiece, pero que dando cates a los que molesten a los demás.

—Mira, mira, ya están desfilando;

—¿A eso llamas tú desfile?, eso es una birria, ¿no ves a ese torero que parece ir detrás de un arado? ¡Pero, hombre, quién ha visto... (Suena el clarín) Y ahora que salga un becerro... ¡no lo digo yo! ¡eso es una cabra!

—Cállate, hombre, vaya tarde que me estás dando. Te vas a quedar ronco.

—¿Pero tú no ves que el bicho está en la edad del biberón? (Suenan aplausos). ¡No, señor, no! ¿De qué? Esas faenas no están bien... ¡El pie, que está metiendo el pie...!

—Tú sí que estás metiendo la pata. ¡Cállate de una vez!

—¿No ves que tío más malo? (Voces de olé y aplausos) ¿Qué es lo que aplauden? ¿pero cuándo ha visto esta gente torear toros de verdad, no ahora! (Una voz: Y ahora, que dice usted) (Palmas) —Yo digo que (Palmas) Yo digo que esa faena no vale na. Usted sí que no entiende de toros ni de na.—El que no sabe lo que habla es usted... ¿Qué yo no entiendo de toros? El ignorante es usted, so tío malage...

—¡Cállese si no quiere que le dé un guantazo!

—¿A mí, un guantazo a mí?

—¡Ay! qué irritación me estás dando. Por Dios, deja a la gente en paz.

—¡Sí!, a usted le doy yo un guantazo! (Suena un bofetón) —¡Ay!, que ese tío me ha dado una torta...

—Ay, madrecita, qué sufrimiento.

—¡Soltarme! ¡Soltarme, que a ese tío me lo como. Que a mí no ma habido quién me toque la cara... Y ese tío, dejadme! ¡que no se vaya! ¡que no se vaya, que voy a devolverle la torta!...

—Déjalo; ya se fue. ¡Qué tarde me estás dando!

—¿Sí? Pues mira la que me han dado a mí. (Una voz) —Y que ha sido una torta de las de ahora... —¿Quién ha sido ese que ha hablado! ¡Venga, que yo le vea!

—No salgo contigo más ni a coger monedas de cinco duros. ¡Ay, qué tarde me estás haciendo sufrir!

—Ya te lo decía yo: hoy no se puede ir a ninguna parte; el mundo está lleno de gamberros, (Palmas y música) Vámonos, esto no se puede aguantar.

EN LA BULLA DEL PASEO

—¡Ea, ahora metidos en la bulla!... y lo peor es que no avanzamos un paso... Y aguante usted empujones... ¡no lo digo yo! ¡Esto no se puede tolerar!

—Cálmate, hombre, ya saldremos de aquí.

—Sí, saldremos, saldremos... naturalmente que saldremos, no faltaría más! Y tú, como siempre, que aguante que espere... ¡Ay, ay, ay que pisotón me han dado! ¿Quién, quién ha sido?

—No hagas caso, hombre; a mí también me han pisado y no digo nada.

—No quiero que le hagas nada pobrecito, ¿no ves que es un niño?

—Que no le haga nada ¿eh?

—¡Ay! Me ha dao una patá en la espinilla y se me escapa! (una voz) —No empuje usted, amigo.— ¿Amigo? Yo no soy amigo de usted.— Ni hace falta que lo diga.

—No hagas caso; sigue, hombre, salgamos de aquí...

EN UN BAR

—¿Tú crees que esta bien pagar doce duros por cuatro gambas y dos cervezas calientes? ¿está eso ni medio bien?

—Estamos en feria, todo se pone más caro, es natural ¿no te parece?

—Me parece natural que suban algo, pero elevar los precios al mil por cien es un robo descarado.

—Por favor, hombre, que ya tengo las gambas en la boca del estómago ¿un trabuco? Allí, cuando menos tiene uno la oportunidad de defenderse.

—¿Quién, yo?! ¡Ni hablar del peluquín! ¡ni faltaría más! ¡no faltaría más! Los gastos corren a cuenta del novio de tu hija, que me dio mil pesetas y las entradas de la corrida.

—De nuestro futuro yerno, debes decir.

—Eso, déjalo para otra ocasión, que la niña es muy pava, y mientras no la vea ante el cura en el altar, no debemos cantar victoria.

—Calla, no digas eso... nos pueden oír, habla más bajo.

—Vaya, que tampoco puede uno decir lo que siente, ni desahogarse siquiera. Está buena la cosa. (Voces de pregoneros) ¡Patatas fritas!... No queremos patatas. ¡Agua fresca!... No, no queremos agua.— El limpia, ¿Le limpio caballero? —No, no quiero que me limpien, no quiero, ¡no! A ver si se enteran de una vez! —El globito, el pitito, para el nene, para la nena— No queremos globitos; no queremos nada, no tenemos nene.

—No hagas caso, hombre. Los vendedores no te ofrecen para que les contestes si no quieres; ellos pasan de largo y en paz.

—No me negarás que es chocante esta invasión de vendedores... ¡No, no quiero retratarme, ni quiero gaseosa, ni caramelos, ni agua, ni pitos, ¡¡¡NO QUIERO NADA!!! —El globito para el nene, para la nena... Eh! oiga eche para otro lado el palo ¿Pues no me iba metiendo el palo en un ojo? Habrése visto... ni que estuviera ciego. ¡Ea, vámonos ya, quitémonos de aquí. Vamos a sentarnos en cualquier sitio donde estemos tranquilos.

—Yo también quiero sentarme, me duelen los pies. El novio de la niña dijo que fuéramos a la caseta por si queríamos bailar un poco.

—Bueno, sí, pero...

—Pero, ¿qué?

EN LA CASETA

¡Ay que ver! Me has hecho salir a la pista... estoy avergonzado ¡Mira qué bailando a mis años!

—No gruñas. ¡Ya no te acuerdas de tus buenos tiempos, cuando nos traías locas a las muchachas de la calle?

—No me lo recuerdes, parienta. Si volvieran aquellos tiempos... con la experiencia que hoy tenemos y con muchos años menos... Si las cartas se jugaran dos veces...

—Termina las frases ¿qué es lo que quieres dar a entender? ¡Vamos, habla!

—Pues... que no me volvería a casar si no es contigo, so fea, que no sé de dónde sacas la paciencia para aguantar a este cascarrabia.

—No es paciencia, es que te quiero tal como eres, sin quitarte ni ponerte nada.

—La verdad; no te entiendo.

—Está clarito, hijo mío. Con tu carácter de erizo chamuscado no hay peligro de que otra mujer te haga cucamonas ¿me entiendes ahora? Y además porque eres un ogro de pega, porque después de gruñir un poco te vuelves suave y dulce como un niño.

—¡Ay! ¡ayyyyy!

—¿Qué te pasa?... ¡me has asustado!

—Que me has pisado el callo, ea caramba... y tú pesas como un hipopótamo aburrido.

—Dispensa, hombre, ha sido sin querer.

—No faltaba más que eso, que hubiera sido queriendo... ¡No lo digo yo!

EN LA BUÑOLERÍA

—Mozo!... aquí, por favor. Sí, aquí. Sírvanos cuatro docenas de buñuelos.

—¿Cuatro? ¿te has vuelto loco?

—Tú te callas. He dicho cuatro docenas y basta.

—¿Pero quién se los va a comer?

—Lo he dicho, o te callas o pido ocho docenas.

—Es que tú no sabes lo que dices...

—Sshhiisss, a callar... o pido dieciséis docenas.

—Está bien, tú ganas, me callo.

—Así me gusta.

—¿Qué haces ahora?

—Busco las gafas, quiero leer la lista de precios, y no las encuentro.

—Te las dejarías en casa. Yo te lo leeré. Café, 15 pesetas; Cacao, 15 pesetas.

—Oye, rica, ¿has leído bien?

—Copa de coñac, 30 pesetas...

—Nada hombre, que está resultando cierto lo del atraco sin trabuco.

—Aguardiente, 30 pesetas. Los precios de las bebidas varían según las marcas. Buñuelos, la docena cuarenta pesetas...

—¡Buff! ¡Buff!...

—¡Qué te pasa! ¡qué te ocurre!... toma un poco de agua...

—Ay, Ay, vidita, ya... ya se me pasó... creí que me ahogaba ¿Qué, que dijiste de los buñuelos; creo que no oí bien. ¿No te has equivocado? Lee, bien por tu salud.

—He leído bien, no me he equivocado. Aquí dice: docena de buñuelos cuarenta pesetas.

—Que me vuelve... que me vuelve el ahogo... agua, dame agua.

—Bebe y serénate que no es para tanto.

—Ya, ya pasó ¡Qué abuso! esto es el colmo. Oiga camarero...

—¿Para qué quieres el camarero?

—Para decirle las cuatro verdades que nadie le ha dicho.

—Antes de irnos voy a decirle al camarero que estos precios son un robo descarado. Quiero desahogarme diciéndole lo que se merece.

EN CASA

¡Qué cansada vengo!

—Y yo. ¡mira ésta! O tú no crees que a nuestros años un día de feria es cualquier cosa?

—Estoy muertecita. Los pies me hierven.

—Ahora que...

—No digas nada; sé lo que ibas a decir: que en casa lo hubiéramos pasado mejor, que ya no estamos para estos trotes; que has pasado una tarde de perros, que...

—Mujer, que no es por ahí.

—Como si yo no te conociera. ¡Vamos, hombre!

—Que no, caramba, que estás equivocada, lo que quiero decir es que hoy no me cambio ni por el marajá de Karputala; he disfrutado, me he paseado con mi vieja al brazo por el real de la Feria, he bailado como si tuviera veinte años y... me he peleado con todo el mundo.

—¿Te has vuelto loco?

—Ni lo co ni nada, lo que has oído. Dile a tu hija y a su novio que el próximo domingo iremos a los toros, después de cenar en cualquier caseta, bailaremos, nos subiremos en los carruseles, nos divertiremos, porque yo convido y eso estoy dispuesto a echar la casa por la ventana.

ANTONIO CRUZ

ÁREA — Viernes, 11 de julio de 1975

Extraordinario de Feria — La Línea






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