miércoles, 10 de junio de 2026

¿Sabías que...? Tal día como hoy, 12 de junio, en 1968, El sonido de la muerte aterrorizaba a los espectadores del Parque de Verano de La Línea

 









La proyección de El sonido de la muerte en los cines de La Línea de la Concepción (12 de junio de 1968)

El miércoles 12 de junio de 1968, los aficionados al cine de La Línea de la Concepción pudieron encontrar en la cartelera local una variada oferta cinematográfica distribuida entre las distintas salas de la ciudad. Entre todas las películas anunciadas destacaba especialmente El sonido de la muerte, una producción española que combinaba elementos de terror, misterio y ciencia ficción, y que se exhibía en el Parque de Verano dentro de la programación de estrenos de aquella jornada.

La cartelera publicada para ese día reflejaba la intensa actividad cinematográfica que mantenían los cines linenses durante los años sesenta. El Imperial Cinema proyectaba Matt Helm, agente muy especial; el Cine Levante ofrecía La escapada; el Cine Nuevo exhibía Los matones; mientras que el Parque de Verano apostaba por una de las producciones más singulares del cine fantástico español de la época: El sonido de la muerte.

La película había sido estrenada originalmente en 1965 bajo la dirección de José Antonio Nieves Conde, uno de los realizadores más importantes del cine español de posguerra. Conocido por obras tan relevantes como Surcos o El inquilino, Nieves Conde se adentró en esta ocasión en un género poco habitual dentro de la cinematografía nacional: el cine de monstruos y aventuras científicas.

La historia comenzaba en una remota región montañosa de Grecia. Allí, tres veteranos aventureros llevaban años buscando un legendario tesoro oculto. La expedición estaba formada por André, interpretado por Antonio Casas; el científico Doctor Asilov, encarnado por James Philbrook; y Dorman, papel asumido por José Bódalo. Junto a ellos viajaban otros personajes que terminarían desempeñando un papel fundamental en el desarrollo de la trama, entre ellos Pete, interpretado por Arturo Fernández, María, encarnada por Soledad Miranda, y Sofía, personaje interpretado por Ingrid Pitt.

Tras localizar la entrada de una antigua caverna, los expedicionarios utilizaron explosivos para abrirse paso hacia el interior. Sin embargo, la detonación provocó algo mucho más inquietante que el descubrimiento de un tesoro. Entre los restos de roca aparecieron dos enormes huevos fosilizados que parecían pertenecer a una criatura prehistórica desconocida.

Al romper accidentalmente uno de aquellos huevos, los exploradores liberaron una forma de vida que había permanecido atrapada durante millones de años. Se trataba de un ser extraordinariamente peligroso que poseía una característica tan sorprendente como aterradora: era completamente invisible.

A partir de ese momento, la búsqueda de riquezas quedó relegada a un segundo plano. La película se transformó en una angustiosa lucha por la supervivencia. Los protagonistas comenzaron a ser perseguidos por una criatura que nadie podía ver pero cuya presencia se manifestaba mediante un estremecedor rugido que resonaba entre las montañas y anunciaba la proximidad de una nueva víctima.

El elemento más original de la producción residía precisamente en esa invisibilidad del monstruo. Lejos de constituir una limitación argumental, aquella circunstancia se convirtió en el principal recurso dramático de la película. Los espectadores nunca contemplaban claramente a la criatura, pero podían percibir sus efectos: puertas que se abrían violentamente, objetos desplazados por una fuerza desconocida, huellas inexplicables y ataques mortales que dejaban tras de sí cuerpos mutilados y un profundo sentimiento de inquietud.

Aquella solución narrativa tenía un origen eminentemente práctico. El reducido presupuesto de la producción impedía crear un monstruo convincente mediante los efectos especiales disponibles en la época. En lugar de ocultar esa limitación, los realizadores decidieron convertirla en una virtud artística, construyendo toda la atmósfera del filme alrededor de aquello que no podía verse.

La música y los efectos sonoros desempeñaron por ello un papel esencial. El compositor Luis de Pablo, una de las figuras más destacadas de la música contemporánea española, elaboró una banda sonora innovadora que contribuía decisivamente a aumentar la sensación de amenaza. Los inquietantes rugidos de la criatura se convirtieron en el auténtico protagonista de la película y dieron origen al propio título de la obra.

Mientras el monstruo invisible continuaba cobrando víctimas, los supervivientes se refugiaban en una casa aislada intentando descubrir la naturaleza de la amenaza. La tensión crecía progresivamente entre los miembros del grupo, que comenzaban a sospechar unos de otros mientras buscaban desesperadamente una forma de destruir a un enemigo imposible de localizar.

Entre los intérpretes sobresalía especialmente la presencia de Arturo Fernández, quien ya se había consolidado como una de las figuras más populares del cine español. Aunque posteriormente alcanzaría una enorme fama por sus papeles elegantes y seductores en comedias y series de televisión, en esta película desarrolló un registro diferente, participando en una historia dominada por el suspense, el peligro y la supervivencia.

Junto a él destacaba también la presencia de Soledad Miranda, actriz que años más tarde se convertiría en uno de los rostros más reconocibles del cine fantástico europeo. Igualmente significativa resultaba la participación de Ingrid Pitt, futura estrella del cine de terror británico producido por los estudios Hammer.

La producción fue rodada parcialmente en los Estudios Ballesteros de Madrid y en diversos parajes de la provincia de Guadalajara, cuyos paisajes sirvieron para recrear las montañas griegas donde se desarrollaba la acción. El director de fotografía Manuel Berenguer aprovechó los contrastes del blanco y negro para reforzar el ambiente inquietante y misterioso que dominaba toda la narración.

Con el paso de los años, El sonido de la muerte terminó convirtiéndose en una auténtica película de culto dentro del cine fantástico español. Lo que inicialmente fue una modesta producción realizada con recursos limitados acabó siendo valorado por críticos y aficionados como un ejemplo de ingenio cinematográfico, capaz de transformar las dificultades presupuestarias en una poderosa herramienta narrativa.

Cuando la película llegó a las pantallas del Parque de Verano de La Línea de la Concepción en junio de 1968, los espectadores pudieron disfrutar de una propuesta muy diferente a las habituales producciones de aventuras, comedia o drama que dominaban las carteleras de la época. Su mezcla de terror, ciencia ficción y misterio ofrecía una experiencia singular que aún hoy continúa ocupando un lugar destacado dentro de la historia del cine fantástico español.

La proyección de El sonido de la muerte constituyó así una muestra más de la diversidad cinematográfica que podía encontrarse en los cines linenses durante aquellos años, cuando las salas de la ciudad seguían siendo uno de los principales espacios de ocio y reunión para varias generaciones de espectadores.

Tal día como hoy, los aficionados linenses al cine de terror acudían al Parque de Verano para escuchar “El sonido de la muerte”, una inquietante aventura que convirtió el misterio y el suspense en protagonistas de la noche.






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