El 6 de junio de 1925, la revista satírica La Tijera, publicación semanal editada en La Línea de la Concepción bajo la dirección de F. Sedeño, dedicó uno de sus artículos principales a criticar duramente la forma en que se estaba llevando a cabo la recogida de perros vagabundos en la ciudad. Bajo el título «A los señores munícipes», el texto constituía una denuncia pública dirigida directamente a las autoridades municipales y reflejaba una creciente sensibilidad ciudadana hacia el trato dispensado a los animales.
La publicación describía una escena que, según su cronista, había sido presenciada pocos días antes en plena vía pública. El autor calificaba el espectáculo como cruel y vergonzoso, impropio de una población que aspiraba a considerarse moderna y civilizada. Desde las primeras líneas, el artículo mostraba una fuerte carga crítica al afirmar que semejantes prácticas parecían más propias de territorios atrasados que de una ciudad española de la década de 1920.
La actuación del lacero municipal
La crítica se dirigía específicamente contra el empleado encargado por el Ayuntamiento de capturar los perros abandonados que deambulaban por las calles. El articulista no cuestionaba la necesidad de controlar la presencia de animales vagabundos, pero sí el método utilizado para ello.
Según relataba el periódico, el lacero municipal actuaba en plena calle de Gibraltar, una de las principales arterias urbanas de la ciudad, y además en una hora de intensa circulación de personas. Cuando localizaba a uno de los perros, le lanzaba un lazo de alambre que quedaba sujeto a las patas traseras del animal.
La descripción de la escena era especialmente detallada y buscaba provocar una reacción de indignación entre los lectores. El cronista explicaba que el alambre, al cerrarse, se incrustaba en la piel del perro, produciéndole cortes y heridas. El dolor hacía que el animal intentara escapar desesperadamente, aumentando todavía más las lesiones provocadas por la tensión del lazo.
Una escena presenciada por numerosos vecinos
El artículo relataba cómo, al resistirse el perro capturado, el operario recurría a una barra o bastón de hierro con la que golpeaba repetidamente al animal. Los golpes, según la descripción publicada, alcanzaban el hocico, el lomo y otras partes del cuerpo de la bestia.
La escena era presentada como un espectáculo público de gran dureza. El cronista señalaba que el animal aullaba de dolor mientras sangraba abundantemente y que numerosas personas observaban la actuación con evidente compasión y disgusto.
La indignación del articulista aumentaba al considerar que aquellos hechos no se desarrollaban en un lugar apartado, sino en una de las calles más transitadas de la ciudad, ante la mirada de vecinos, comerciantes y transeúntes.
La imagen de la ciudad ante los visitantes
Uno de los aspectos más significativos del artículo era la preocupación por la imagen exterior de La Línea. El autor destacaba que entre los espectadores no solo había vecinos de la localidad, sino también varios ciudadanos británicos que casualmente transitaban por aquella zona.
La observación no era casual. La Línea mantenía una intensa relación cotidiana con Gibraltar, por lo que la presencia de ciudadanos ingleses era habitual. El cronista consideraba que estos visitantes podían llevarse una impresión muy negativa de la ciudad al contemplar escenas de violencia contra los animales realizadas además por un empleado público.
En consecuencia, el artículo advertía que aquella actuación perjudicaba el prestigio y el buen nombre de la población, cuestión especialmente sensible en una localidad fronteriza que dependía en buena medida de sus relaciones económicas y sociales con Gibraltar.
Una llamada a métodos más humanitarios
La crítica de La Tijera no se limitaba a denunciar los hechos, sino que proponía implícitamente una reflexión sobre los procedimientos empleados por la administración municipal.
El articulista reconocía que la existencia de perros abandonados podía constituir un problema urbano, pero se preguntaba si no existían fórmulas menos crueles para controlar esa situación. En varios pasajes del texto apelaba a la humanidad de los gobernantes locales y a la consideración tradicional del perro como compañero fiel del ser humano.
La publicación reclamaba procedimientos más dignos y menos violentos para retirar de la vía pública a los animales vagabundos, entendiendo que el fin perseguido por el Ayuntamiento no justificaba el sufrimiento innecesario que se estaba causando.
La crítica satírica como instrumento de control social
Este artículo constituye un buen ejemplo del papel desempeñado por la prensa local durante los años veinte. Aunque La Tijera se definía como una revista satírica, sus páginas servían con frecuencia para fiscalizar actuaciones de las autoridades, denunciar abusos o llamar la atención sobre problemas cotidianos que afectaban a la ciudadanía.
La crítica dirigida a los munícipes no perseguía únicamente corregir el comportamiento de un empleado municipal concreto, sino también cuestionar la falta de supervisión por parte de las autoridades responsables de los servicios públicos.
En este sentido, el artículo reflejaba una concepción moderna de la opinión pública, según la cual la prensa podía actuar como intermediaria entre los ciudadanos y la administración local.
Un testimonio de la sensibilidad social de la época
Más allá del episodio concreto, el texto posee un notable interés histórico porque evidencia que ya en la década de 1920 existían en La Línea manifestaciones de sensibilidad hacia el bienestar animal. Aunque las normas de protección animal estaban todavía muy lejos de las actuales, la reacción del cronista demuestra que determinadas prácticas comenzaban a ser percibidas como incompatibles con una sociedad que pretendía considerarse civilizada.
La denuncia publicada el 6 de junio de 1925 constituye, por tanto, un pequeño pero significativo reflejo de la vida cotidiana linense durante el primer tercio del siglo XX. A través de sus páginas se observa cómo cuestiones aparentemente menores, como la captura de perros vagabundos, podían generar debate público, críticas a la administración y reflexiones sobre la imagen y el grado de civilización de una ciudad que continuaba creciendo y transformándose en aquellos años.
| Lacero en la Plaza de Cruz Herrera (IA) |
Transcripción Literal
La Tijera
Revista Satírica semanal
La Línea, 6 de Junio de 1925 — Núm. 637
A los señores munícipes
El cronista ha presenciado hace pocos días un espectáculo, que por su crueldad y vulgarismo, parece más propio de lugares inexplorados del África central, que de países cultos y civilizados cual debe serlo el nuestro.
Y para mayor escarnio, el acto era cometido por un funcionario público, modesto, sí, pero funcionario al fin, que ostenta en el desempeño de su cargo la representación de un poder y de un organismo oficial.
Se trata del lacero municipal para cazar los perros vagabundos.
¿No hay más forma posible de darse a esa caza que la empleada hasta hoy y por el cronista vista?
Porque si es así, preferible es que se dejen vagar a su libre albedrío a los canes, por hampones que sean y por sucios que estén.
Figúrense ustedes, señores munícipes, que en plena calle de Gibraltar, lugar céntrico, y en hora de la mañana en que mayor es el paso de personas por dicha calle, se presenta el lacero acompañado de un guardia, y al ver un perro, le lanza el lazo de alambre sujetando al animal con su nudo corredizo por las patas traseras.
Como el alambre al ajustarse fuertemente a las patas, corta y rasga la piel del animal, éste naturalmente se revuelve contra el opresor, y entonces el lacero haciendo uso de un bastón de hierro, la emprende furiosamente a golpes con el perro, en el hocico, en el lomo, en la frente; y la sangre de la pobre bestia mana abundantemente, y el animalito aúlla con acento lastimero y el público, compadecido protesta y el héroe municipal sigue impávido en sus crueles funciones, que por lo visto llevan el marchamo oficial,
¿Qué tal?
Y todo ello presenciado no sólo por varios vecinos, sino por algunos ingleses que casualmente por allí transitaban, y que seguramente se llevarían de nosotros, visto el acto odioso, una opinión que en poco o en nada habrá de favorecernos.
Por humanidad, por el buen nombre de nuestra población, por amor a ese pobre animal amigo fiel del hombre, ¿no pueden emplearse otros procedimientos menos crueles, para quitar de la circulación los perros vagabundos?
Porque señores munícipes, el espectáculo del otro día fue mucho espectáculo...
Por falta de espacio, nos vemos obligados a dejar para el próximo número, varios trabajos de importancia, entre ellos, unas notas referentes al acto celebrado en la Atunara para festejar varios amigos la vuelta a La Línea, del distinguido señor don Fernando González Marrero, y otro trabajo referente a los espectáculos del Teatro Cómico.
Paciencia y hasta el número que viene.
Se necesita
UN APRENDIZ
que sepa leer y escribir, para esta imprenta.